Aquel día las aves estaban inquietas, revoloteaban indecisas, desorientadas, como si se hubieran perdido en el cielo, ellas que controlan sus dominios desde el principio de los tiempos. Las hojas de los árboles en aquel invierno en el sur del país no se movían como siempre, meciéndose al son de la escarcha, derritiéndose después al tímido sol del mediodía; el ambiente era pesado, se notaba cargado de una energía que irradiaba malas vibraciones; todo era muy extraño, casi como un mal presagio de lo que tenía que ocurrir, pero nadie sabía nada, nadie podía intuir lo que iba a pasar aquella madrugada; aunque Alya había tenido un dolor de cabeza horroroso todo el día, era de aquellos dolores que tenía muchas veces sin obedecer a una explicación; no era como los dolores de cabeza que sentía desde siempre y que la inutilizaban para todo, este era otro dolor pesado, nervioso, su hipersensibilidad le indicaba que algo podía suceder pero nunca sabía de qué podía tratarse, siempre lo achacaba a su permanente preocupación y sentido de la responsabilidad, que afectaba a su estado nervioso, a su extrema sensibilidad, que agudizaba y magnificaba todos los estados de ánimo y sentimientos por nimios que fueran.
El día había transcurrido con mucho ajetreo en la biblioteca; se había juntado una visita de unos colegas bibliotecarios del norte, más los estudiantes que finalizaban los exámenes y diversas consultas de usuarios externos sobre muchos y variados temas, además de sus tareas internas, pero no se quejaba, sólo pensaba en lo que había sido su jornada laboral; eso era habitual en su lugar de trabajo, la biblioteca pública más grande de la ciudad, con unos fondos antiguos magníficos, más muchas obras de referencia y obras actuales que hacían el deleite del público fiel que cada día acudía y llenaba las instalaciones. A todo esto se sumaba la preparación de una visita a la biblioteca de expertos en mosaicos que asistirían a un congreso internacional organizado por el Museo de Arqueología de Hatay, toda la plantilla de la biblioteca estaba muy excitada y emocionada al mismo tiempo. Alya se encargaba de coordinar al equipo de voluntarios y eso la tenía muy entusiasmada, a pesar de ese terrible dolor de cabeza que había sentido todo el día.
Los voluntarios eran un grupo de jovencitas y jovencitos de diferentes institutos de secundaria de la ciudad y de entre todos ellos Alya había congeniado mucho con Leyla, una joven que le recordaba a ella misma a su edad: tímida, gran lectora, amable y dulce, siempre dispuesta a ayudar a los demás a pesar de su aspecto de pajarito asustado. Leyla le había colaborado en muchas tareas en las semanas precedentes al congreso, que iba a celebrarse en unos días. Ambas habían hecho un buen trabajo de promoción, gracias a la inestimable ayuda de Yusuf y Hatice, los especialistas en fondos antiguos de la biblioteca.
Hacía unas semanas que Alya y el grupo de voluntarios y voluntarias habían tenido la oportunidad de visitar de nuevo el Museo de Arqueología de Hatay, uno de los más importantes del mundo que conservan mosaicos de la época romana, cercano a la biblioteca, y habían podido hablar con el director y los restauradores; asimismo realizaron una visita guiada y explicativa con una de las personas que más conocían los mosaicos de aquel museo. Todos habían estado allí, icono de su ciudad, que fue ampliado en 2011 con un nuevo edificio que fue inaugurado en 2014.
Alya había estado en diversas ocasiones en el antiguo museo con sus padres cuando era pequeña y juntos recorrían sus patios y rincones repletos de objetos de la Antigüedad, que iban explicando a la curiosa y lectora Alya.
Aún recordaba las diminutas teselas de colores que llenaban los suelos como alfombras hechas de piedrecitas en vez de hilos, y ella siempre se preguntaba cómo habían podido realizar aquellas obras de arte con los medios con los que contaban, pero de lo que estaba convencida era de la paciencia que se necesitaba para llevar a cabo aquella labor, como todos los trabajos artesanales, y cuán necesitados estamos de paciencia en este mundo nuestro de rapidez tecnológica donde el mismo instante es pasado. Las horas transcurren de otro modo para las personas que se dedican a un trabajo artesanal, como también pasan las horas de forma distinta para las que leen con asiduidad.
Alya y Leyla hablaban de muchos temas, aunque les encantaba conversar sobre libros; la bibliotecaria le recomendaba obras a su joven discípula lectora, ya que eso la hacía muy feliz: cuando un libro te encanta, deseas compartir ese entusiasmo con otra persona lectora y quieres que lo lea y le guste tanto como a ti, que disfrute con cada una de sus páginas, que sus palabras se deshagan en su boca como si de un dulce se tratara, que viva en esa vida de papel lejos de la realidad de aquel momento; que no piense en nada ni en nadie, ni en el dolor de cabeza que tenía a Alya secuestrada, ni en los malos presagios que se cernían en el cielo de Antakya aquel día funesto.
Los libros nos ayudan a crecer, a soñar que los mundos imposibles y lejanos son posibles; la fantasía que inunda las páginas de un libro nos ayuda a desarrollar nuestros propios mundos fantásticos, potencia la memoria, incentiva el conocimiento... Y nunca estamos solos si estamos con un libro entre nuestras manos. Leer se hace en soledad pero en realidad nunca estamos solos si leemos, porque estamos inmersos en mundos repletos de personajes fascinantes, vivimos sus aventuras como propias, nuestra imaginación se dispara hacia lugares insospechados...
Vivimos otras existencias como si fuera la nuestra, de tan reales que nos parecen. Nos sumergimos en la ficción como si buceáramos en un fondo marino sin fin.
Alya leía mucho desde pequeña, los libros eran su pasión, su hábitat natural, y cuando llegó el momento de elegir una carrera y una profesión no dudó en saber enseguida que quería trabajar rodeada de libros, que los libros fueran sus compañeros de ocio pero también de oficio, ese que le aportaba tantas satisfacciones cada día desde hacía ya unos años, después de terminar la carrera y empezar a trabajar en aquella fantástica biblioteca.
Por la tarde, la joven bibliotecaria se había despedido de sus compañeros de trabajo, a Leyla y los voluntarios los había visto por la mañana y habían ultimado detalles de la visita esperada.
Aquella noche, después de la cena, Alya se quedó leyendo bastante rato, pese a aquel terrible dolor de cabeza que no la había abandonado en todo el día y para el que ya se había tomado un analgésico hacía horas, sin mucho resultado. Estaba leyendo una novela histórica que precisamente giraba en torno a aquellos preciosos mosaicos del museo de su ciudad del que se sentía tan orgullosa, como todos sus conciudadanos; le gustaba mucho y seguía leyendo página tras página, estaba tan enfrascada en la historia que olvidaba aquel malestar continuo que había sentido durante todo el día, pero se hizo tarde y tuvo que dejar la novela para el día siguiente porque debía dormir.
La noche seguía reteniendo aquellos malos presagios que flotaban en el aire hasta que en la madrugada, mientras ella dormía, toda la ciudad sumida en el sueño reparador, un poderoso estruendo surgido de las fauces de la tierra tronó de forma tan intensa y demoledora que destruyó todo. No hubo tiempo de nada, los edificios se desplomaban como los naipes en un absurdo juego del destino, las vidas partían sin darse cuenta de la magnitud de la tragedia; los gritos aterradores rompían el silencio de la noche, el fuego lo invadía todo, ruidos atronadores de explosiones se escuchaban por todos lados, los llantos de los niños desgarraban el alma...
Eran las 4:17, hora local en Turquía, y un terremoto de magnitud 7.8 había destruido el mundo de Alya, de su ciudad, de muchas más ciudades, de su país que aún llora a sus muertos. Al día siguiente, a las 13:24, hora local, otro terremoto de magnitud 7.5 destruía más aún aquellas zonas. Llegaron a haber más de mil réplicas.
Las páginas del libro de la vida de la joven bibliotecaria estaban aún en blanco, pero aquel día éste se cerró de golpe, sin tiempo para poder escribir ni una línea más, ningún párrafo, ni una palabra, ni una sola sílaba, a causa de la fuerza aplastante de la naturaleza que devora cuanto encuentra a su paso: un monstruo subterráneo arrancó las hojas del libro de miles de vidas, sueños rotos como los de Alya y sus colegas de la biblioteca, las de esos jóvenes voluntarios para un congreso que nunca se llevó a cabo...
Vidas enterradas bajo escombros, libros destrozados por las llamas de todas las bibliotecas de los lugares arrasados por esos terribles seísmos.
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