Kurosu
Toda su vida, Joaquín sintió que no pertenecía a su cuerpo. A los treinta, comenzó a tallar madera, obsesionado con las cruces. A los cincuenta, su piel se agrietaba como la corteza de un árbol viejo, y cada noche soñaba con raíces. Una tarde, ya incapaz de mover las piernas, le pidió a su hijo que lo atara a una cruz que él mismo había construido. Nadie lo vio después de esa noche. Al amanecer, encontraron la cruz sola, con un suave aroma a carne podrida y savia.
Billie Holiday
El gobierno, en su infinita bondad, decidió eliminar los domingos, ese día maldito en que los viejos se desmoronaban como casas viejas y los jóvenes caminaban sin rumbo, cargando la soledad en los bolsillos. Lo anunciaron un sábado, y la gente recibió la noticia con alivio, como quien se deshace de un mal presagio. Al amanecer del lunes, los pájaros cantaron más fuerte, y las flores se abrieron con fervor, pero algo se sintió roto, ausente. La ausencia del domingo se volvió un eco permanente en las semanas, un vacío inexplicable. Nadie volvió a morir de soledad.
El celajero
Llegó una noche oscura, como un susurro de viento que nadie esperaba. Cayó en el desierto, donde la tierra cruje de vieja y los arbustos tiemblan de miedo. Los hombres del pueblo lo vieron al amanecer, un ser tan raro que sólo pudieron sentir terror. Le dispararon sin decir palabra, y lo enterraron en una fosa de tierra seca, bajo un cielo que no conocía su nombre.
Pero la tierra tiene sus propias costumbres, y la muerte aquí tiene memoria. El ser, desconocido hasta en su muerte, despertó como un fantasma enredado en los rezos y cuentos de los viejos. Se desliza por los caminos, silbando un lamento extraño, y su sombra danza entre los cactus, como buscando un hogar que la tierra no le quiso dar.
Escala Richter
En ese pueblo, la gente sentía cuando la recordaban. Pedro corría por el campo cuando el recuerdo lo sacudió. Cayó al suelo, sin aire, como si alguien lo sostuviera desde lejos.
Biblia
La anciana, desde su sillón, contemplaba la ventana. Sabía que su vida seguía un patrón extraño, como si cada paso estuviera escrito desde antes. De niña, el mundo fue vasto y sin límites, pero con los años, sintió que cada pérdida la arrastraba hacia un desierto invisible. La muerte de su esposo fue un giro definitivo; esa noche, al quedarse sola, entendió que todo seguía un ciclo inevitable, como un libro antiguo que repite su trama en cada lector.
Con el tiempo, se volvió una obsesión: encontraba señales en los detalles más ínfimos, como si su historia avanzara hacia un final predestinado. El viento soplaba en ciertos días, la luna parecía guiñarle un ojo, y ella buscaba algún resquicio de libertad en esas señales.
Esa tarde final, sintió el aire cambiar, casi como si el universo contuviera la respiración. Miró al cielo y, por un momento, creyó escuchar en la brisa: “La gracia de nuestro Señor...”. Pero el viento se apagó, y la frase quedó incompleta.
- Cinco microrrelatos de Jasson Cerrato - sábado 7 de diciembre de 2024


