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Tres microrrelatos de José Fernando Suárez Isaza

martes 7 de enero de 2025
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En sus marcas, listos...

Ocho de la mañana. La multitud se aglomera im­pa­ciente, observa sus relojes, cruza miradas competitivas... Se abren las puertas del gran almacén dando la largada: una maratón sin marcas qué romper, pero con muchas marcas por comprar.

El desespero cunde en los partici­pantes ávidos de las mejores ofertas. Empujado por la turba recorro sin querer las secciones repletas de gangas: Hogar, Vestuario, Cosméticos, Electrodomésticos...

Innumerables tentáculos pretenden asirse a un mismo ob­jeto de felicidad. Los ejércitos consumis­tas tropiezan, las registradoras revientan y yo, en­tre sudores fríos, no en­tiendo qué diablos hago en semejante remolino si apenas preguntaba por el baño.

 

Maestro Joel

—Tenemos llamada —dijo el maestro Joel—. ¿Quién habla, de dónde...?

—Barrio El Salado. Soy Maribel —la voz sonó lejana, timorata.

—¡Alegría, hijita de Dios! Dame tu fecha de na­cimiento, la mano al corazón.

Al escucharla con­tinuó en el tono conveniente a su propósito.

—Me la tienen alumbrada, claveteada... ¡Mucha envidia a su alrededor!

Un silencio cabizbajo, suplicante aguardaba.

—Juegue este número y me visita pronto. El ta­lismán sagrado y unos baños le darán prosperi­dad. Vaya con Dios, hermana. ¿Tenemos lla­mada?...

Y colgó Maribel.

¡Alumbrada! ¡Claveteada!... Desvelada pen­sando qué empeñar en la mañana para pagar por sus afamados servicios.

 

Las manos en la masa

...entonces, olvidada en la mesa, dejó la masa dis­puesta a hacerse empa­nadas: las campanadas llamaban a misa de seis. Una intuición —filoso cu­chillo que se apresta— se alzó ligera en los ojos desafiantes de María. Salió volando como del pe­rol el aceite que quema.

No halló su hombre en la iglesia, mas un dis­gusto del azar —incómodo el momento— le hizo topar con la moza, vampiresa por antonomasia. En el barrio corría como agua el rumor que por ha­berla hallado él más hermosa, sumiso, la había hecho su musa.

Jamás pudo el infiel imaginar que faltaría a su úl­tima promesa.

José Fernando Suárez Isaza
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