Hace un instante, eras un hombre común. Tomabas un café en el Starbucks de Rambla Catalunya, sin más expectativas que volver pronto y acompañado a casa. De repente, se cuela por la puerta una ráfaga de sonido que te atraviesa el cuerpo como si fuera metralla. Ha pasado mucho tiempo, pero la canción sigue dentro de ti. Con poco esfuerzo, recuerdas la letra completa y la tarareas bajito. Vuelves a tus años de universitario de finales de los setenta, recuerdas las carreras ante los “grises”, mientras polucionabas la ciudad con ideas nocivas encarceladas en octavillas, y casi te atrapan y te detienen y te llevan al acuartelamiento, y te dan de hostias hasta que empiezas a escupir los nombres de los que eran y de los que no, y por qué no, el del dependiente homosexual de la mercería de tu abuela que te avergüenza ante los colegas del partido cuando te lo cruzas bajando Layetana. Y por qué no, también, al cabrón de padre que te engendró y a la puta madre que te parió, porque te has quedado ya sin nombres, y sin dientes. Y los golpes duelen, y mucho, porque ya no te machacan el cuerpo, ahora te cruzan el alma a navajazo cruzado. Pero tienes suerte y, en vez de ti, se llevan a otro que no conoces, que no sabes si iba con los tuyos, o simplemente pasaba por ahí. Y ese, que pasaba por ahí, se ve de pronto inmerso en una vorágine ajena. Y hostia a hostia delata a compañeros de clase, al maricón de la mercería de la esquina, a la dueña y al padre y la madre que lo trajeron al mundo. Y tú te libras otra vez de milagro, porque el otro reo muere de asco, de rabia, y de hemorragia interna. A ti te da igual, tú te conviertes en un ciudadano modelo, y opositas a funcionario de justicia y, en un instante, estás del otro lado. El traje te sienta bien, y vas de café en café, de fiesta en fiesta, de pija en pija, de año en año... Y un día te sientas a la mesa del Starbucks de Plaza Catalunya ante un café demasiado caliente y una porción de tarta de queso que, impúdica, rebosa mermelada de frambuesa y que te hace pensar en otras cosas impúdicas con aquella a la que esperas, que no es tu mujer, ni tu amante todavía. Ramble on! Ramble on, oh sometimes I grow so tired... Ramble on, and now’s the time, the time is now... Te quitas la chaqueta y no sabes qué has hecho con la corbata. Y no te importa porque es 25 de mayo, porque es el día del Apocalipsis y hay que elegir un bando. Y decides que ya no quieres llevar sobre tus hombros el peso ligero de tu anodina vida. Quieres vibrar, quieres dejar atrás la estrella de la muerte y las tropas del imperio, quieres volver a formar parte del diezmado ejército rebelde. Estás hastiado de tanta normalidad, de tu hedor a hombre corriente. Reúnes el valor suficiente y te precipitas hacia un futuro incierto. Atrás quedan tu alarde de gula, tu uniforme de hombre gris, quien tenía que llegar, y algo parecido a un hogar. Una vez en la calle, te sorprendes desafiando de nuevo tu formación cartesiana y siguiendo tu propio pulso hasta territorio comanche: Ramble on! Hace un instante habrías huido de un tipo como tú, del tipo que siempre fuiste y al que recuperaste sentado en una cafetería cuando una ráfaga de música ametralló tu cerebro y pasó ante ti toda tu vida pasada en diapositivas de baja resolución y te diste cuenta de que no te quedaba más futuro que la escalera de Jacob mecánica y unirte al paso acompasado de los esclavos de los inframundos de Metrópolis. Te atreves a gritar: “NO”, y te levantas de la silla que te agarra con fuerza, que no quiere soltar su presa, y te diriges con paso firme a vivir la vida que te negaste cuando aprobaste aquellas oposiciones que te robaron las pequeñas y las grandes elecciones. Tu libre albedrío lo succionó la Ley de Procedimiento Administrativo, y tus ambiciones se redujeron a alcanzar el nivel de técnico de grado A por promoción interna. Pero hoy dijiste: “Ramble on”, y te decidiste a vivir.
- Ramble on! - jueves 6 de febrero de 2025


