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Prosas breves de Carmen Zeta

sábado 29 de marzo de 2025
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Zombi Antígona

Morir conmigo misma, abandonada y sola...
Julia de Burgos
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo...
César Vallejo

Vengo a desenterrar cadáveres, no muertos. Los muertos son inertes, fríos, insensibles. Están terminados, finitos, tiesos, apagados. Los cadáveres, siguen muriendo... queda en ellos una luz, un soplo de vida. Algo no los deja morir del todo, morir en paz. Voy a encaminarlos hasta su última morada, para llevarlos a la muerte definitiva. Una tarea quimérica, colosal. Déjame con mi propio absurdo. Antes debo limitar mi búsqueda. Sé que no podrán ser muchos porque estaré expuesta a la persecución cuando las autoridades, sordas, ciegas y mudas ante la injusticia, se enteren de lo que pretendo. No seré sólo el punto de mira de los “benefactores de la patria”, también tendré que enfrentar a los malos cristianos que justifican horrores a expensas de la fe. Lo que quede de mi corta existencia debe servir para algo. Me concentraré en mis hermanas. En las que mueren a diario a manos de sus amantes, en las desaparecidas, en las que tiran a una laguna con una roca amarrada al cuello, en las que son repudiadas por andar de noche solas, en las que acaban con su vida manteniendo una relación insana por miedo al qué dirán, en las que perecen en una clínica ilegal de abortos, en las que expiran poco a poco porque la sociedad no les permite el acceso a la educación, en las que son obligadas a casarse en contra de su voluntad, en las niñas violadas por sus familiares, en las niñas forzadas a contraer matrimonio con un adulto para cumplir con la tradición, en las asesinadas a causa de la maledicencia de las redes sociales y tantas otras... Harpócrates me ayudará a enfrentar a todos los Creontes porque ni los dioses pueden permanecer impávidos ante tanta iniquidad. Nací para unirme en el amor, no para el odio... Contra cualquier tormenta cotidiana, paso a paso, seremos legión. Una legión de Antígonas grandiosas, justicieras, audaces. No nos importará cuántas veces nos maten; seguiremos aquí, resucitando.

 

Parker

Los recuerdos nos hacen travesuras. Cuando tratamos de apresarlos se escabullen. Abrí el baúl —literal— y busqué la foto. Pasé horas buscándola. Nada. En cambio, me topé con las cartas que recibí en esa época. Las leí... No te sientas obligada a contestarme... Cartas de los setenta. Tenía dieciocho. Ha llovido mucho desde entonces y es extraño que algunas presencias aparezcan con tanta nitidez... Gracias por decirme “te quiero mucho”, se oye bonito y se piensa más bonito... No sólo las personas, también los sentimientos... Me había sentido tan solo todo este tiempo y tu carta me ha llenado de vida.

Hace dos años, uno de esos días en que la añoranza hace nido... Ayer hablé con mi madre un rato. Era como si quisiera meterme por el cable del teléfono y llegar a mi terruño... y de repente viene a tu mente un olor, un sabor, una imagen... apareció. Hice una búsqueda en Facebook y lo encontré. Había publicado la foto y pensé: “Yo tengo esa foto”.

Es una foto en blanco y negro de 1973, la época en que estuvo en Vietnam. Está sentado detrás de un escritorio que tiene un cristal encima. Al fondo hay una puerta y una estantería con libros numerados. Lleva puesto su uniforme de gala del US Army (el mismo que tenía cuando llegó una tarde a mi casa, directo desde el aeropuerto, al finalizar la guerra). Yo estaba en el balcón de la casa conversando con un amigo, casi novio. Cuando lo vi bajar del taxi, corrí a abrazarlo. Un abrazo largo, sentido. Por cortesía, los presenté. Hubiera preferido estar sola. Bobby notó la incomodidad y, al poco rato, se despidió discretamente. ¿Por qué demonios no se despidió el otro? Me dolió mucho que por culpa de ella en cierto modo te haya perdido... Nos perdimos por un tiempo. Nos reencontramos una década después. Habían cambiado muchas cosas, para mal...

Sobre el lado derecho de su uniforme se ve con claridad la chapita con su apellido: Parker. Mira hacia la cámara. Hay un intento de sonrisa. Se destacan sus ojos claros y el hoyuelo marcado en su barbilla. Es probable que algún compañero tomara la foto. En primer plano, sobre el escritorio, sus manos, grandes y fuertes; en medio de ellas, una revista. En su muñeca derecha lleva un brazalete de cuero y en la izquierda, un reloj.

Parker era alto, delgado y blanco. Parecía gringo. Es una de las honrosas excepciones que he hecho en mi vida porque no me agradan los gringos y me encantan los negros. ¡Cuídate, Nena! (me gusta como se oye esa palabra). ¡Ne-na, mmmm!

 

Tapeo y copas

Viste la oferta. Los pasajes a Madrid estaban a un precio ridículo. Llamaste a Patricia para que te acompañara, reservaste en un hotelito en Puerta del Sol. El viaje fue una aventura desde el principio. Olvidaste que era la víspera de Acción de Gracias, el taponazo era impresionante y por poco las deja el avión. Una de las noches, se encontraron con dos chicas que llevaban tiempo en España y un chico que estaba estudiando allá. No los conocías. Él parecía embobado con tu amiga. Propusieron el tradicional recorrido de tapeo y copas.

En uno de los lugares, viste al hombre más hermoso del mundo. Conocías a los gitanos por Lorca, pero la visión, en vivo y a todo color —piel aceitunada, cabello largo ensortijado, ojos penetrantes, perfil de un dios— te dejó sin aliento. Lo contemplaste con tan descarada insistencia que una de las acompañantes se te acercó:

—No lo mires así, puede ser peligroso.

Transitaron por otros bares. En el último, había música de salsa. Patricia no quiso bailar y él te invitó. Te sorprendió que fuera buen bailarín. Al finalizar varias piezas, jadeante y sudorosa, fuiste al baño. Te tocaste la nariz y comprobaste que estabas piripi. Al salir, lo encontraste, te arrinconó a la pared, comenzó a besarte, te dejaste llevar... Tenías la mosca detrás de la oreja, eras el facsímil razonable.

Las chicas caminaban y bromeaban al frente. Súbitamente, él te agarró del brazo, se desviaron y te llevó a su apartamento. Allí, con un hombre fogoso y complaciente, disfrutaste dándole al cuerpo lo que es del cuerpo. Poco importó si pensaba en otra, no sacabas de tu mente al gitano.

(del libro Univers@s en breve; Editorial Areté Boricua, 2023).

 

Recuerdo del beso

a Carlos Vázquez-Cruz

Me extrañó el retraso. Siempre había sido superregular. La prueba casera dio positivo. Me negué a creerlo. Seguramente algo andaba mal. Hice ejercicios en exceso, tomé malta caliente, aspirinas, té de ruda. Nada. La angustia subía y la regla no bajaba. No era el momento, no estaba preparada para enfrentar reclamos ni para asumir la responsabilidad. En definitiva, no quería. Con el análisis de laboratorio salí de dudas. A los dos meses tomé la decisión e hice todos los arreglos. Cuando se acercó la fecha, dije que me iba de fin de semana a los baños de Coamo con unas amistades. Mi novio, quien se convertiría pronto en mi esposo, me acompañaría. Nos encontramos en el aeropuerto y tomamos una avioneta que acuatizó en la playa de la isla cercana. En otras circunstancias habría disfrutado la aventura. En la tarde, caminé sola hasta la clínica cerca del hotelito. Había otra muchacha, más o menos de mi edad, realizando el registro. Escuché que era su cuarta vez. ¡Dios! Yo esperaba que eso no me volviera a ocurrir. Sentí pena por ella ¿o por mí? Se volvió, nos miramos no sé si con tristeza o complicidad. Una enfermera se asomó y le hizo señas para que entrara.

La secretaria me llamó para el trámite y, al concluir, señaló la puerta.

—Pasa.

Sentí un vacío en el estómago, no había marcha atrás. Apenas me fijé en el lugar, frío, aséptico, una camilla. La enfermera me dio una pastilla y un vasito con agua.

—Desnúdate y ponte la bata.

La anestesia fue local. Me encontraba aturdida. Entró un doctor, le preguntó algo a la enfermera, cerré los ojos, oí la máquina de succión por unos minutos. Imaginé lo que sucedía, algo se desgarraba, se desprendía en fragmentos diminutos como una aspiradora limpiando el polvo.

Silencio. Abrí los ojos, el médico se quitaba los guantes y los tiraba en un recipiente. La enfermera me limpió, me ayudó a sentarme, me dio una toalla sanitaria.

—Descansa un rato.

No quería estar ahí. No quería pensar en... Hormigueo en las piernas, una punzada, me recosté en posición fetal y me adormilé. Desperté sobresaltada con el ruido de la puerta. La enfermera se acercó y preguntó si quería que me pidiera un taxi. Moví la cabeza afirmativamente y comencé a vestirme en cámara lenta.

Me sorprendió que el sol estuviera tan fuerte. El resplandor me provocó un leve mareo. El taxista se bajó diligente y me apoyó para entrar al auto. Llegué a la habitación arrastrando los pies, fui directo a darme una ducha. A lo lejos escuché: “¿Estás bien?”. Me pareció una pregunta estúpida.

Salí del baño, él todavía veía televisión.

—Tengo hambre.

Me miró con reproche o indiferencia.

—Vente.

 

La caminata en busca de comida fue agobiante. Él iba de prisa, yo apenas podía caminar, sangraba profusamente. Llegamos a una especie de chinchorro y comimos pollo frito con papas. Otra vez al martirio del recorrido. En el hotel, me di otro baño. Estaba rendida, me recosté a ver televisión, dormí poco y mal. En la mañana había menguado el sangrado, me dolía la cabeza y tenía un humor insoportable. Tarareé “Lo que comienza mal nunca termina bien”; debí hacerle caso a la intuición... pero me pudo la cabezonería.

Mientras hacíamos la fila en el aeropuerto vi a la otra chica. Tuve el impulso de acercarme, pero me contuve. Me vio, nos sonreímos cómplices. Me hubiera hecho bien abrazarla y besarla tal vez.

Él me dio un codazo para que adelantara en la fila. ¿Se puede recordar algo que no ha ocurrido? Siempre que llega a mi mente este momento, junto a una profunda tristeza, evoco ese beso que nunca nos dimos.

(del libro Amalgama tropical; Editorial Areté Boricua, 2023).

Carmen Zeta
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