A esas horas tan tempranas, las calles de Fonsagrada estaban vacías, no por el frío, ya que se encontraban a principios del mes de julio, ni porque la gente se hubiera ido a veranear a la costa, sino porque, simplemente, era demasiado pronto para abrir el Café Demetrio o el Cantábrico, o para que los niños se hubieran despertado.
Sin embargo, mi amigo Indalecio, un joven con mente de comando, ya recorría las calles por motivos que, seamos sinceros, nunca ha querido compartir.
Indalecio estaba cerca de su casa, en el Pico del Pueblo, cuando algo brillante sobre el depósito de agua llamó su atención. No fue el depósito en sí, una estructura muy alta, más que cualquier edificio del pueblo, incluida la iglesia; fue un destello que llegó hasta sus ojos y le hizo alzar la vista.
Allí, cerca del voluminoso depósito de cuatro patas, una nave fantástica, como escapada de una película de marcianos, parecía querer tratar alguna cosa con el gordo, inocente y pacífico depósito de agua.
Aquella visión dejó a Indalecio con la boca abierta. Lo que sucedió a continuación lo podrán saber si continúan leyendo. Tengan en cuenta que es difícil, aunque no imposible, que puedan obtener información más detallada del suceso si no es en la narración de estos recuerdos. Si tuvieran la paciencia de consultar la hemeroteca de los meses de julio de entre los años 60 y principios de los 70, probablemente encuentren en El Progreso alguna información relativa a lo que pasó, pero nunca, ni muchísimo menos, tan completa como la que pueden leer a continuación.
Cuando Indalecio se rehízo de la sorpresa era todo ojos, todo atención. Su mente de comando comenzaba a entrar en acción. Observó que lo que parecía una nave iluminada dejó de revolotear alrededor del depósito y descendió, lo que le hizo deducir, muy acertadamente, que la nave se había posado.
Mi amigo echó a correr, pero no hacia las cercanías del depósito, sino en dirección contraria, hacia donde vivía el alcalde, donde llegó pocos minutos después.
En el edificio de pisos donde vivía nuestro alcalde se había instalado recientemente un interfono, con lo que Indalecio, ni corto ni perezoso, pulsó el llamador y no tardó en desarrollarse un corto diálogo, más o menos de la siguiente manera:
—¿Sí?
—Soy Indalecio. Acabo de ver algo, algo muy importante y...
—Espera que te abro. Empuja la puerta —le respondió Ruchita, la joven esposa del alcalde.
Después de subir la escalera de dos en dos, llegó hasta la puerta, que ya estaba abierta, y exclamó con expresión alarmada:
—¡Tengo que ver al alcalde!
—¿Y luego, Indalecio? ¿Qué pasó?
—¡Es que he visto una cosa muy rara llena de luces al lado del depósito!
En eso, D. Ramiro, el joven alcalde de A Fonsagrada, se hizo visible.
—Pasa para dentro. Cierra la puerta —le dijo a su mujer—. A ver, ¿qué te pasa?
—D. Ramiro, que es verdad, que no sé si es un ovni o qué es, pero brillaba mucho, y volaba, y está al lado del depósito.
Después de pedir y dar explicaciones y exponer dudas y razonamientos más o menos llevaderos, se decidió citar al segundo alcalde y al municipal principal para iniciar juntos una exploración sobre el terreno. He de decir que no se pasó aviso a la Guardia Civil porque el alcalde consideró que por el momento era necesario ser prudente, mantener la compostura y no derivar hacia caminos que podrían llevarlos a terrenos administrativos no deseados.
Hacia allá se allegaron con D. Ramiro el segundo alcalde, Indalecio y el municipal principal. Ruchita, me consta que entonces era una ama de casa muy conservadora, se quedó en casa.
No sin temor y cuidado, se dirigieron hacia el depósito y, acercándose, vieron que, en efecto, había un resplandor tenue a su alrededor.
—Acabarán por ser unas maniobras del ejército —comentó un poco para sí D. Ramiro.
Ese pensamiento los animó a seguir hasta que, sorprendidos y alarmados, pudieron verlo.
Allí estaba, a la vista, un platillo volante. ¿Para qué tratar de buscar detalles? Era un platillo volante y a su alrededor había tres personas.
—No sé si eran marcianos o eran de Murcia —refería mi amigo cuando lo contaba con ese humor tan suyo—. Parecían personas normales que vestían monos como los de los mecánicos. Uno estaba más cerca del depósito y los otros dos cerca de su ovni como si estuvieran valorando una avería. Al vernos, nos hicieron una seña con la mano, no al estilo indio de película sino de manera más espontánea y familiar, y se acercaron. ¿Qué íbamos a hacer? Devolvimos el saludo y esperamos a que se acercaran.
—Buenos días —saludó educadamente el que estaba más adelantado.
Indalecio, después de tantos años, todavía recuerda los hechos, atónito. La situación no era para menos. Quizás su sorpresa, la rapidez y extrañeza de los acontecimientos no hacían fácil una respuesta que pudiese ser considerada lógica. Desde luego, era difícil prever el saludo cívico con el que los recibió el que parecía ser su líder.
La respuesta de nuestro municipal, una persona muy decidida, no fue menos cívica. Replicó al saludo con un vigoroso: “¡Aquí no se puede aparcar!”.
El alcalde, que era persona de natural calmo y negociador, detuvo con un gesto la réplica de su municipal y respondió también con un educado:
—Buenos días, señores. ¿Qué les ha traído por aquí?
—Pues esa es la cuestión. Este depósito de ustedes se parece a una estación madre como dos gotas de agua, y ahora sí que tenemos un problema.
—Un momento, un momento —pidió D. Ramiro—. ¿Quiénes son ustedes? Son del ejército, ¿verdad?
—Bueno, nosotros no tenemos ejército. Somos los tripulantes de este ovni.
—¿Americanos? —terció el segundo alcalde.
—¡No, no! Somos extraterrestres.
El municipal no pudo callar:
—Extraterrestres... ¡Ya!
En ese punto, el alcalde sugirió en voz baja a Fermín, el municipal, que les pidiera documentación.
Al mismo tiempo uno de aquellos forasteros comentó al que parecía su líder en voz tan baja que todos pudimos oír:
—Yo creo que a estos los podemos freír con un rayo y santas pascuas.
Afortunadamente la tensión empezó a disiparse al aparecer sonrisas en los rostros de los dos líderes y expresarse mutuamente ansias de diálogo y negociación.
—Pero, en definitiva —dijo D. Ramiro—, ¿de qué se trata?
—Trataré de explicarlo —dijo su líder—. En efecto, somos extraterrestres, pero compartimos esta parte de la galaxia con ustedes. Pueden considerarnos sus vecinos. Pasábamos cerca de su sistema cuando recibimos la señal de lo que parecía una de las estaciones madre que sirven de ayuda a los viajeros y decidimos acercarnos. Al hacerlo, comprobamos que la forma era la esperada, pero los otros parámetros no lo eran. Decidimos investigar cuando, en una maniobra imprevista, sucedió el percance. Tuvimos un abordaje que causó desperfectos mutuos que, cuando ustedes llegaron, estábamos tratando de concretar.
Tras un breve silencio en el que cada uno a su manera valoró aquella situación, D. Ramiro decidió ser práctico.
—Bien, sea como sea, aquí hay unos desperfectos causados por ustedes que hay que subsanar.
—Nosotros creemos que la causa del accidente está motivada por la forma de esta estructura y su situación desacostumbradamente alta. Es decir que, a nuestro parecer, somos nosotros los que debemos ser resarcidos por ustedes, los propietarios de este mamotreto.
—¿Mamotreto? —interrogó con viveza el segundo alcalde—. ¡Señor alcalde...!
—Tranquilicémonos todos. Usted, Fermín, cierre el área. El día avanza y no queremos que el problema se nos vaya de las manos. Ustedes, señores, acompáñenme a mi casa, a la alcaldía, y trataremos el asunto. ¿Les parece bien?
—Sí, conforme. Yo voy con usted. Mis dos compañeros se quedarán en la nave. Como usted dice, no queremos que esto vaya a mayores.
Ya en casa del alcalde, cómodamente sentados y amablemente acogidos, se conversó muy amistosamente sobre lo acontecido y las posibles soluciones que era conveniente aplicar. Con ello, ya acercándose la hora del almuerzo, el líder extraterrestre decidió volver a donde estaban sus compañeros ya que, según dijo, “era necesario supervisar y también tenerlos informados”.
—Todos los presentes comprendimos sus razones a la perfección —recuerda Indalecio—, así que después de citarse para esa tarde, D. Ramiro me pidió que acompañara a “nuestro ilustre visitante”. Así lo hice, no sin cierta aprensión. Por el camino fue haciéndome preguntas sobre el pueblo y sus gentes, cosa que yo consideré muy natural y que fui respondiendo lo mejor que pude. Después de cruzar el límite del área restringida, donde encontramos a Fermín y a su ayudante cumpliendo fielmente con su labor de policía, llegamos a donde estaban el depósito, la nave y los otros extraterrestres.
Fue en ese momento cuando mi amigo observó el único detalle que hacía diferente la apariencia de los extraños. Uno de los dos que se había quedado con su nave se hallaba muy cerca del depósito, en un sitio de penumbra, y al mirar hacia Indalecio y su acompañante, que se iban acercando, se iluminaron sus ojos como los de un gato. En lo demás nadie podría diferenciarlos de cualquier hijo de vecino.
Esa tarde, en casa del alcalde, se llevó a cabo la reunión que, aunque muy amistosa y agradable, concluyó sin ningún acuerdo.
Después de varias negociaciones y consultas se decidió crear una comisión que se encargara del asunto. Parece ser que posteriormente esa comisión se ramificó en subcomisiones. Se prolongaron y multiplicaron las reuniones y, al parecer, a pesar del deseo inicial del señor alcalde, el asunto, en cierto modo, “fue a mayores”.
Fue en aquella primera noche que se pudo ver cerca de la Pulpería Caldeira a los tres extraterrestres, acompañados por D. Ramiro, doña Rucha y el segundo alcalde, paseando y charlando familiarmente con una alegría algo sospechosa. Más tarde se les vio en el mismo Caldeira compartiendo pulpo y ribeiros.
Estuvieron varios días entre nosotros. Eran simpáticos y fueron bien acogidos por los vecinos de todas las edades.
De esta historia, que llegó a mí de primera mano, hasta donde yo sé, no trascendió más que a través de una pequeña referencia en un diario provincial. Por lo demás, la última vez que visité A Fonsagrada, el depósito continuaba en su sitio, como una atalaya. Acérquense ustedes si quieren comprobaciones in situ. Indaguen. No se sorprendan si en una de esas noches de heladas tan propias de esas tierras vean brillar unos ojos y no sean los de un gato ni los de un lobo.


