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El preciso instante

sábado 3 de mayo de 2025
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Me bajé del expreso nocturno a primera hora de la mañana en el apeadero de Castro Reale. El lugar estaba desierto y en completo silencio, como cabía esperar. Al pie de los raíles no había más que una caseta con techado de cañizo y un depósito elevado de agua del que colgaba una bandera del antiguo Reino de Sicilia desflecada, polvorienta y con los colores comidos por el sol. Los Nebrodi en estado puro. Esperé a que el tren se pusiera de nuevo en marcha y se perdiera de vista camino de Catania, y luego me quité la chaqueta y tomé el camino de tierra que llevaba al pueblo. Tenía cierta pendiente, pero estaba recién apisonado y discurría en su mayor parte a la sombra de los castaños, de manera que llegué al puentecillo de piedra sobre el Flascio en apenas diez minutos sin haber siquiera roto a sudar. Al otro lado del río, arriscadas en la ladera de un cerro rocoso, se apiñaban unas cuantas casas blancas con portalones de madera, ventanas adinteladas y balcones de forja. A primera vista no parecía un lugar muy prometedor, pero allí vivía Niccolò Lombardi y allí había que presentarse para escuchar lo que tenía que contar, conque me santigüé ante la imagen de la Madonna tallada en el pretil del puente, crucé a buen paso al margen opuesto del río y me fui derecho al antiguo molino reconvertido en hostería. Las puertas estaban abiertas de par en par, y en el umbral dormitaba hecho un ovillo un branchiero de tamaño descomunal. Pasé por encima con cuidado de no despertarlo y entré en el local dando los buenos días a las dos únicas personas presentes: una adolescente rolliza que trajinaba con desgana tras el mostrador y un hombre enjuto y canoso enfrascado en la lectura del Corriere que, a falta de otros clientes, por fuerza tenía que ser Niccolò. Ella me ignoró por completo, pero él se puso en pie al instante y dio un paso hacia mí sin el menor titubeo.

—Bienvenido a Castro Reale —saludó, tendiéndome la mano con una sonrisa.

—Siento el retraso —me disculpé mientras se la estrechaba—, pero la locomotora se averió a la altura de Randazzo y tardaron un buen rato en repararla.

—No se preocupe. Ese tren no ha cumplido su horario desde los tiempos de los Borbones.

—Aun así —dije—, me sabe mal haberle hecho esperar.

—En realidad... —empezó a decir Niccolò, pero se interrumpió de golpe al ver cómo aparecía en la puerta un hombre corpulento vestido con mono de trabajo que amagó una inclinación de cabeza apenas perceptible y se apresuró a sentarse en el rincón más oscuro del café para quedársenos mirando desde allí con una mezcla de resquemor y descaro que no daba precisamente buena espina.

—¿Le conoce? —pregunté a Niccolò.

—Es familia.

—Nadie lo diría.

—Nadie de fuera.

Me había ganado la pulla a pulso, de manera que me la tragué sin rechistar y guardé un prudente silencio mientras Niccolò sacaba un par de monedas del bolsillo y las posaba sobre el mostrador dando ostensiblemente la espalda a su pariente. Luego recogió su chaqueta del perchero, se caló la gorra hasta los ojos y se dirigió a mí en tono calmado pero tajante.

—Más vale que nos pongamos en camino antes de que empiece a apretar el calor.

Estaba fatigado por el viaje y me habría venido bien un respiro, pero en vista del panorama asentí sin poner objeciones y le seguí obedientemente en dirección a la puerta. Al toparse con el branchiero, Niccolò no se lo pensó dos veces y le dio un puntapié en el morro que le hizo levantarse de un brinco y dejar el paso libre de inmediato.

—No era tan fiero como parecía —pensé en voz alta.

—Nadie lo es —se limitó a sentenciar él mientras salíamos del local sin despedirnos. Fuera el sol lucía con fuerza y se había levantado una leve brisa que rizaba el agua del río y agitaba las sábanas colgadas a secar en el balcón de la hostería. Justo frente a nosotros, al otro lado de la explanada que hacía las veces de aparcamiento, dos gallinas escapadas de algún corral nos miraban fijamente con aire temeroso. Por un instante, temí que a Niccolò le diera por patearlas también a ellas, pero se limitó a ahuyentarlas con un grito y acto seguido se volvió hacia mí y señaló en dirección a una rampa sin asfaltar que ascendía a media ladera con una hilera de casas aterrazadas a un lado y una arboleda de naranjos en flor al otro.

—Por ahí se ataja hacia la plaza.

—¿Es donde está la escuela?

—Es donde está todo.

—Pues vamos allá.

Atravesamos la explanada y atacamos la cuesta sin apresurarnos y manteniéndonos en todo momento a la sombra de los naranjos. Aun así, se hizo más larga de la cuenta, y nos detuvimos a tomar aliento al llegar a un pequeño mirador sobre el río. Me asomé por encima de la baranda mientras Niccolò se secaba el sudor de la cara con su pañuelo y me quedé un buen rato contemplando las torrenteras que se desplomaban a pico por las laderas del Monte Colla y el Pizzo Tornitore para confluir en el cauce principal no muy por encima del puente.

—No me esperaba que el Flascio bajase tan crecido en pleno verano —comenté.

—Esto no es el llano. Allí abajo les sobra de todo menos el agua; aquí arriba, en cambio, nos falta de todo menos el agua.

—Puede que salgan ganando ustedes.

—¿Eso cree?

—Hasta cierto punto. No del todo.

—Lo mismo me pasa a mí —sentenció, y a continuación dio el descanso por concluido y reemprendió la marcha sin molestarse en pedirme opinión al respecto, de manera que me olvidé de las vistas sobre el Flascio y volví a seguir sus pasos jadeando y tragando polvo hasta que, a la vuelta de un recodo de la rampa, se desvió bruscamente para meterse en un callejón tan angosto que continuaba en sombra ya entrada la mañana. Al fondo se alzaba un arco de mampostería dedicado a San Pantaleone Martire bajo el que alguien había colocado una jardinera de buen tamaño atestada de adelfas que bloqueaba completamente el paso. Tuvimos que remangarnos y arrastrarla entre los dos hasta arrimarla a uno de los pilares para pasar bajo el vano y salir a una plaza amplia y soleada en la que, tal como había anticipado Niccolò, estaba todo: la casa consistorial, la escuela primaria, la iglesia porticada de los apóstoles Filippo y Giacomo, y una fuente barroca de mármol blanco con seis caños en hilera de los que manaba a borbotones el agua de los Nebrodi sobre la que Niccolò filosofaba tan acremente.

—Aquí fue donde se presentaron —declaró con gesto solemne—. Aquí mismo. Justo cuando daban las once en el reloj de la iglesia.

—¿Gabellotti?

—No. Simples campieri. Soldados rasos. Llegaron subidos en un jeep militar que habían robado a los americanos, dieron un par de vueltas a la plaza mirando a todo el mundo por encima del hombro y acabaron parándose delante de la escuela. Lo primero que hicieron nada más apearse fue saludar a la bandera de la fachada como buenos patriotas, y luego entraron en el edificio para irse directamente a la clase en la que estaba mi padre con los párvulos. Abrieron la puerta a patadas, se encararon con él y le ordenaron que los acompañara fuera. Mi padre no se lo podía creer. “¿En serio?”, dijo. “¿A plena luz del día, a la vista de todos?”. “De eso se trata precisamente”, contestó el que los mandaba. “De que no se quede nadie sin verlo”.

—Tiene su lógica, me temo.

—Me figuro que sí —replicó Niccolò—. Aunque no estoy seguro de que mi padre llegara a encontrársela.

No había acabado de decirlo cuando un anciano que pasaba por la plaza se fijó en nosotros y empezó a hacer gestos y visajes de lo más extraño.

—¿Otro pariente? —pregunté.

—En su momento estuvo a punto de serlo. Pero al final las cosas se torcieron.

El hombre se acercó arrastrando a duras penas una pierna tullida y se nos plantó delante con el rostro congestionado y casi sin aliento.

—Niccolò —balbuceó con voz temblorosa—. Niccolò Lombardi. ¿De verdad eres tú?

—El mismo. En carne y hueso.

—Qué mayor se te ve, Niccolò. Pareces un viejo. Un abuelo.

Niccolò no se dio por ofendido. Se limitó a cruzarse de brazos y soltar un suspiro casi inaudible.

—El tiempo pasa, Aldo. Para mí igual que para todos.

—¿Y Adriana? ¿También ella se ha vuelto una abuela?

—Adriana está muerta, Aldo. La enterramos hace ya dos años.

—¿Qué dices? ¿Muerta?

—Asististe al funeral, Aldo. Te sentaste en el primer banco, justo delante del ataúd.

El anciano dejó escapar un bufido y dio un paso atrás con una mueca de disgusto.

—Me engañas, Niccolò. Te burlas de mí.

Niccolò frunció el ceño y abrió la boca para objetar algo, pero en ese preciso momento irrumpió en la plaza un furgón destartalado que derrapó ruidosamente en la gravilla, derribó de un topetazo un cubo de basura y acabó frenando en seco en nuestras mismas narices. Al instante, una mujer menuda y demacrada se apeó con cara de pocos amigos y se dirigió al tal Aldo en un tono apremiante que no admitía réplica.

—Se acabó la fuga, padre. Nos vamos a casa.

—Me dicen que Adriana ha muerto —murmuró él con voz quejumbrosa.

—Claro que ha muerto —replicó ella, cogiéndole del brazo y tirando de él sin ningún miramiento—. Como tanta otra gente que conociste de joven. La próxima vez que te escapes más vale que te vayas derecho al cementerio. Allí te estarán esperando todos: ya lo verás.

El hombre enmudeció con expresión aturdida y se dejó conducir dócilmente hasta el furgón. Su hija le hizo subir empujándole de malos modos, y a continuación se volvió hacia Niccolò tratando de forzar un gesto conciliador.

—No le tomes en cuenta lo que haya dicho, Lombardi. Últimamente suelta lo primero que se le viene a la cabeza.

—Eso no es necesariamente malo.

—Ni tampoco bueno —sentenció ella, para acto seguido desentenderse de nosotros y meterse a toda prisa en el furgón mientras el viejo pegaba el rostro al cristal de la ventanilla y nos gritaba algo que no pudimos oír.

—Una mujer de armas tomar —observé.

—Eso le gusta pensar a ella.

A la aludida le faltó tiempo para poner el motor en marcha, y el furgón arrancó dificultosamente y traqueteó a trancas y barrancas calle abajo, dejándonos de nuevo solos al pie de la fuente bajo un sol de justicia.

—En fin —suspiró Niccolò—. ¿Por dónde iba?

—Entraron a por su padre.

—Sí. Acabaron sacándole de la clase prácticamente a rastras delante de todos los niños. Sin embargo, al salir del edificio se encontraron la plaza atestada de gente. Se había corrido la voz y todo el pueblo se había reunido a la puerta de la escuela. Podía haberse pasado lista: no faltaba nadie.

—Era un hombre apreciado, entiendo.

—Lo era. Había echado el resto combatiendo a los alemanes siendo casi un niño, y al acabar la guerra se dedicó en cuerpo y alma a organizar un sindicato de jornaleros para reclamar la parcelación de las tierras de arriendo en el valle.

—No se conformaba con sus clases.

—Pocos maestros lo hacían entonces. Para su desgracia, por lo general.

Dicho esto, Niccolò volvió a perder el hilo, esta vez por culpa de un camión de reparto con un megáfono instalado en el techo que entró en la plaza desde la calle principal y comenzó a girar lentamente en torno a la fuente atronando a todo el mundo con los acordes patrióticos de la Madreterra. Justo al pasar frente a nosotros, el conductor subió aún más el volumen y soltó una mano del volante para ponerse a arrojar octavillas al aire por la ventanilla abierta.

—No me lo puedo creer —suspiré—. ¿Otra vez estamos en campaña electoral?

—Otra vez, sí. Aunque no sé por qué se toman tantas molestias. Siempre acaban ganando los mismos.

—Incluso cuando pierden, me figuro.

—Especialmente cuando pierden.

El camión finalizó su ronda alrededor de la plaza y se detuvo con un chirrido de frenos al pie de la escalinata del ayuntamiento. El conductor se apeó sin molestarse en desconectar el altavoz, saludó al alguacil que montaba guardia en la puerta del edificio y se apresuró a descargar de la parte trasera una escalera de mano y una brazada de carteles de buen tamaño.

—También se acababan de convocar elecciones entonces —murmuró Niccolò con aire pensativo—. Las primeras después de la liberación, con los americanos aún en Palermo y los ingleses en Messina.

—De ahí quizá la visita de los campieri.

—Justamente. La guerra lo había vuelto todo del revés y nadie sabía de dónde iba a soplar el viento, así que la Cupola decidió terminar con las dudas y dejarle bien claro a la gente de la comarca quién mandaba. O, mejor dicho, quién seguía mandando.

Había poco de lo que sorprenderse: se trataba de una historia repetida una y mil veces. Salvando las distancias, el cometido de aquellos sicarios no difería en mucho del que tenía asignado el sujeto que en aquel instante se afanaba en colgar de lo alto de una farola un cartel gigantesco con el rostro sonriente y rejuvenecido del diputado Barone.

—Sin embargo —añadió Niccolò—, ese momento en que lo sacaron de la escuela y se encontraron de frente con el vecindario entero... Justo entonces las cosas habrían podido cambiar. Del todo y para siempre.

—Pero no cambiaron —pensé en voz alta.

—No cambiaron. El jefe de los campieri agarró a mi padre de la solapa y dijo alto y claro: “Hemos venido únicamente a por éste. Si nos vamos del pueblo con él, no volveréis a vernos por aquí. Si nos vamos sin él, estaréis en guerra con la Cupola. Todos y cada uno de vosotros”.

—¿Bastó con eso?

—Fue más que suficiente. Sus hombres formaron un círculo alrededor de los dos y se abrieron camino a empujones hasta el jeep sin que nadie se atreviera a plantarles cara. El jefe se puso al volante y los demás se subieron con mi padre en la parte trasera y le obligaron a arrodillarse mirando al suelo. Luego volvieron a saludar a la bandera y se largaron por la misma calle por la que habían venido con su misión cumplida y sin un arañazo en el cuerpo.

—¿Qué es lo que hicieron con él?

—Nada bueno. No se le volvió a ver jamás.

Llegados a ese punto, me pareció que cualquier otra pregunta habría estado fuera de lugar, de manera que cerré la boca y puse cara de circunstancias mientras Niccolò sacaba una petaca del bolsillo interior de su chaqueta y echaba un trago sin sentirse obligado a invitarme. En ese momento oímos un timbre a nuestra espalda, y al volvernos vimos acercarse a un cura pedaleando dificultosamente en una bicicleta plegable demasiado pequeña para su estatura.

—Se acabó el recreo —murmuró Niccolò un instante antes de que frenara con la suela de la bota, echara pie a tierra y se plantase ante él con expresión airada.

—Tengo todo en el almendral, Lombardi: las lonas, las varas, los sacos y el remolque. Lo único que falta eres tú.

—Esta misma tarde me pondré a ello —replicó Niccolò sin alterarse.

—No tengas el descaro de darme largas. O vas ahora mismo o no vas.

Niccolò esbozó una mueca de enojo pero no pronunció palabra. Se limitó a quedársele mirando con frialdad mientras yo trataba por todos los medios de encontrar algo que decir para quitar hierro a la situación. En vano: si lo había, estaba fuera de mi alcance.

—Te recuerdo —remachó el cura— que hay muchos en el pueblo dispuestos a recoger almendras. Y casi todos piden menos que tú.

—Casi todos le deben algo a usted, padre.

—En cambio a ti no te deben nada. Por eso no tendrán ningún problema en dejarte sin jornal.

Niccolò bajó la vista, tragó saliva y masculló algo para sí. Luego se volvió hacia mí y abrió los brazos en un gesto de impotencia.

—Ya ve cómo están las cosas —se excusó.

—No se apure —dije—. Lo primero es lo primero.

—Amén a eso —sentenció el cura, al tiempo que entregaba a Niccolò un juego de cuatro llaves de serreta roídas por el óxido.

—Cuatro candados nada menos —hizo notar Niccolò, sosteniendo el manojo en la palma de la mano con expresión perpleja.

—Dos para el portillón, uno para la caseta de los aperos y otro para la cubierta del remolque. No te olvides de dejarlos bien cerrados cuando acabes.

—¿Tantos ladrones hay por aquí? —pregunté.

—Apenas un puñado —contestó el cura—. Pero todos ellos están deseando quitarme lo mío.

—Si lo hacen —apuntó Niccolò—, no será por falta de candados.

—Si lo hacen, es mejor que no se te pueda echar la culpa a ti. Date por avisado.

Formulada su advertencia, el párroco nos dio la espalda bruscamente, volvió a subirse en su bicicleta y se alejó pedaleando con brío en dirección a la iglesia. Cabía esperar que tendría asuntos de índole más espiritual que atender allí.

—Creía que los sacerdotes no podían tener tierras de labor en propiedad.

—Era terrateniente mucho antes de que se le despertara la vocación. En su caso, eso es lo que de verdad imprime carácter.

—Desde luego, se ve a la legua que está acostumbrado a mandar. Más vale que no le contraríe y se vaya poniendo cuanto antes a la tarea.

—Más vale, sí. Siento que la visita tenga que acabar de esta manera —concluyó, tendiéndome la mano—, pero no estoy en situación de elegir.

—No se preocupe por eso —repliqué, estrechándosela con ganas—. Seguiremos con la charla en otro momento. A mediados de verano, cuando cambien los turnos en la redacción del periódico, seguro que podré escaparme de Palermo para volver a hacerle una visita.

—Por descontado que será bienvenido —dijo Niccolò—, pero en realidad la charla no va a dar mucho más de sí. Le he contado la historia entera de principio a fin, sin suavizar las cosas ni pasar ningún detalle por alto.

—¿En serio no se le ha quedado nada en el tintero?

—Nada en absoluto. No falta más que la moraleja, supongo... Pero eso a mí me viene grande. Es mejor que se encargue usted.

Dicho esto, Niccolò se despidió definitivamente con un segundo apretón de manos y se dio media vuelta para alejarse con un paso tan vivo que parecía a punto de echar a correr. Yo me quedé plantado donde estaba, contemplando cómo espantaba a las palomas que bebían en la fuente, sorteaba al alguacil sin dignarse saludarle y se metía a toda prisa por el callejón empedrado que discurría entre la iglesia y el ayuntamiento. Una vez lo hube perdido de vista, me senté en un banco, respiré hondo y traté de centrarme en la tarea que me había encomendado y encontrar una coda más o menos convincente para el drama que había oído. De su relato de los hechos se desprendía que existen instantes críticos en los que todo se decide a cara o cruz, y seguramente no le faltaba razón, pero se le escapaba un matiz importante: nadie es capaz de darse cuenta de ello más que a posteriori. En el lugar y el momento, todos estamos ciegos a lo que tenemos delante, y ciegos también a nuestra propia ceguera. Mal asunto. Mala moraleja.

La campana mayor de la iglesia dobló de pronto llamando al Ángelus, y tanto el alguacil como el encargado de la campaña electoral se descubrieron, se santiguaron y entonaron la plegaria de rigor a media voz. Yo me puse en pie para seguir su ejemplo, y mientras lo hacía vi aparecer en el otro extremo de la plaza al bueno de Aldo, libre y a la fuga de nuevo. Echó una ojeada cautelosa a su alrededor, y luego renqueó a duras penas hasta la fuente y se sentó en el pretil dejando escapar un suspiro de cansancio. Al poco, sacó del bolsillo tabaco y papel, se lo colocó en el regazo y comenzó a liarse un cigarrillo con gesto afanoso. Tenía mejor pulso de lo que cabía esperar y lo hacía con una desenvoltura más que notable, pero aún le quedaba tarea por delante cuando se oyó el traqueteo del furgón acercándose por la calle principal.

Antonio López-Peláez Manoja
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