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El loco del matute

martes 1 de julio de 2025
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Cuando las penas empezaron a sumergirse en las grietas de su cordura, sucedieron temblores y catástrofes que sufrió en todo su ser. Las grietas cubiertas de melancolía dejaron una llanura estéril. Caminó días enteros por las calles de La Victoria, vistiendo únicamente pantalones. Su torso desnudo parecía fraguado con grasa y sus axilas parecía sobacos de elefante, la barba le crecía desde los huesos, atravesándole el pellejo como si fuese una tela apolillada, su cabeza estaba cubierta por lana, semejante a una chompa de colegio vieja. A cada paso, aumentaba la distancia entre su moral y su conciencia.

En poco tiempo, sus diálogos internos le parecían ajenos; fue entonces cuando encontró cerca al Mercado de Frutas un sillón verde embarrado con cáscaras de frutas podridas y periódicos con olor a pescado. Los perros que lo acompañaban le ayudaron a limpiarlo y pudo rescatar del olvido aquel sillón, su trono esmeralda, desde donde reinó durante meses en un mundo inexistente, donde el tiempo no se medía ni en horas ni en minutos, menos con las estrellas que estaban siempre ocultas por el humo y la contaminación lumínica.

Aprendió a medir el tiempo con sus pasos. Cada setenta y cinco mil pasos era la hora de comer algo y, cada ciento ochenta mil pasos, la hora de dormir un rato. Ciento cincuenta mil pasos dados en sus sueños, la hora de despertarse. Por eso, corría para comer pronto y también para dormir más temprano. En un momento de lucidez pensó preocupado que esa no era una forma saludable de vivir, pues acelerando el paso envejecería antes de tiempo. Frenó esa práctica; sin embargo, descubrió que el tiempo es relativo al largo de sus piernas y a los descansos, además notó que pausado todo envejecía menos él.

Una mañana sintió el impulso de correr y no se detuvo hasta llegar a una pampa. Hasta el futuro, según sus cálculos, cuando la humanidad ya había acabado con la naturaleza. Un manto de tristeza lo cubrió de cuerpo entero. Sabía lo que debía hacer, pero le daba flojera. Estático como una roca, su aflicción mataba el hambre. Aunque débil, casi inerte, logró recuperarse de aquel estado catatónico. Hizo lo que tenía que hacer.

Empezó a caminar de espaldas como un cangrejo. Dio tantos pasos que parecía haber desarrollado otro par de glúteos en los muslos. Sin ningún punto de referencia espacial ni temporal, sólo edificios, autos, calles, que deberían significar algo. De repente, ahí estaba, aún verde. De reojo pudo ver su sillón esmeralda. Los perros al reconocerlo lo recibieron con un lavado de pies. Pero, ¿cuántos sabrían que viene del futuro? ¿A quiénes podría contarles lo triste y solo que es? Lo creerían loco.

Sentado en su sillón esmeralda vio a la gente ir y venir, comprar y vender, como títeres, cada uno a su tiempo, pero sin voluntad, dispuestos a consumir, a robar y a matar. Venían a él para que les contara sobre el futuro, sólo querían burlarse, tal vez sólo querían robarle su trono. Los conocía, ya los había observado, sabe qué los mueve, qué los mantiene despiertos, casi podía oler en ellos las hormonas que desprendían la necesidad de dominar. Aquel trono, él lo rescató. Fue su faro y salvador.

Un día, en pausa y respirando profundamente, deseó retroceder el tiempo hasta aquel día cuando su hijo debió llegar a casa, o retroceder unas horas más, hasta su salida del colegio, para así poder acompañarlo al paradero y señalarle aquel buzón abierto. Retroceder, quejarse con la compañía de servicios, o comprar una tapa y ponerla él mismo. Caminaría de espaldas lo necesario para impedir que su hijo cayera y poder tenerlo sentado sobre su rodilla otra vez para ver juntos el mundo. Lo intentó, llegó al mar, sobre el agua, hacia otros mundos.

Roberto de Olazábal Wismann
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