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Hombre megalítico

martes 19 de agosto de 2025
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Hay silencios que convienen mimar y conservar como un libro que no desea abrirse o que importuna a los dedos lastrados por el sopor porque abrir un libro es como abrir una sandía con más letras que pepitas, más enigmas que alma. Yo soy hombre de campo, lo habrán notado enseguida. Mis metáforas y símiles navegan como surcos por el lenguaje y, creo yo, nadie debería rasgarse las vestiduras si encuentra una zanahoria por aquí, un melocotonero por allí o habla de Marcial mientras se zampa un apio a palo seco. Me importa un bledo lo que piense nadie, esa es la verdad inmutable aunque hay otras verdades, solemnes para mí, que considerarían muchos agua de borrajas. Yo, que llamo a las cosas por su nombre, incluidas las que guardan para sí los provincianos, no dudaría nunca en narrar, por ejemplo, mi encuentro con el hombre megalítico.

Lo recuerdo hace la friolera de veinte años y digo friolera porque hacía un viento álgido de aquellos que hacen de las sombras escarcha y de las esperanzas nieve. Buscaba editor por entonces y tuve que trasladarme a la gran urbe seguido a poca distancia de mis sonetos. Venía a encontrarme de paso con un amigo poeta, Salustio o Braulio, da lo mismo, quien me había prometido un vinillo y calculo yo que nada más porque los poetas tenemos todos los vicios menos el de la gula y en realidad ninguno aunque tal vez sea, como dicen siempre los periódicos, por falta de financiación. Mal que les pese a algunos, guardamos todavía el vicio de comer, cenar incluso, y nos gusta viajar embutiendo nuestra ciencia en pequeñas maletas roídas por los versos, esas polillas del espíritu absurdas y difusas.

Aquel editor me esperaba con la mirada pétrea y operística del hombre de ciudad, un Fausto estresado en el fondo que, por lo general, ha olvidado cómo se vacía los ojos en un otero o tintinean los labios emulando el trino de la perdiz. Algunos urbanitas, pocos espero, se creen superiores a todos e inventan sus propias genealogías, falsas todas ellas, y es que a fuerza de remontarse uno a sus ancestros se da de bruces irremediablemente con el antepasado que hacía petroglifos en la piedra y dibujaba un círculo en el suelo como quien disipa una integral o trasciende para siempre los secretos de la levedad del ser.

Aquel señor, o lo que fuera, era un menhir con patas. Parecía que no se había movido de allí en los últimos cinco mil años, aunque hay tahúres de taberna (según algunos Hispania no es país de pinos ni conejos sino de tabernas) que no pisan su casa desde Suetonio y Suetonio lo mismo, no se crean. Me suena que le hablé de mi nueva máquina de escribir y lo que me costó encontrar la letra eñe debido a las instrucciones en inglés. Se suponía que era un chiste, malo, por supuesto, pero el hombre seguía sin decir ni mu, o sea, continuaba rumiando los silencios, fijando sus ojos marmóreos en mis gafas campestres de grosor espléndido. Fingió que respiraba pero yo no lo oí respirar. Me dio la sensación de que era uno de esos retratos del Renacimiento que mezclan con maestría arcana los tintes de la piedra y el barniz de las carnes. Sobre su pedestal mimbrado observó la tapa de mi manuscrito con un leve escorzo de sus ojos antes de visitar la última página con sus ojeras henchidas de prejuicios de editor cavernario.

Y Fausto abrió de pronto la caja de Pandora de la palabrería, no se movió ni un ápice del libreto esperado. Al parecer, la poesía es como el rábano sin hojas pero, ¿qué sería del hombre sin el rábano? Nada, otro rábano. Me dijo, envuelto en su bufanda de escayola y su gabán prensado, que el libro era demasiado largo y el título demasiado corto. ¿Acaso me fijo yo en el tamaño exiguo de sus pantalones? ¿Y en los lamparones de su camisa? ¿Había algo tras su sonrisa mordaz aparte de huera y cochambrosa inclemencia?

Finalmente, aquel dios del Olimpo me ofreció costearme el tema como a Perseo pero sin escudo ni espada ni fanfarrias, o sea, sin un duro. Me ofreció lo de siempre: un mito. Un quizás, a lo sumo. Pues nones. Decidí entonces volverme por mis pasos a intrigar un poco con mi amigo Braulio, que ese era su nombre para los vinillos, y después con mis golondrinas, en mi balcón sus nidos a colgar.

Aarón Andrés
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