La cacería blanca
Eduardo Larrinaga Figueroa
Novela
Universo de Letras
Barcelona (España), 2024
ISBN: 978-8410003163
530 páginas
Estas tierras son hermosas, verdes y fértiles. Aquí plantaremos nuestras semillas y nuestros frutos beberán de sus arroyos cristalinos. Es un valle fundido en colores que nunca creí posibles.
Tara el Salvador
Las manos gruesas, callosas, curtidas como el cuero de vaca por las interminables jornadas y el inmisericorde trabajo físico, apretaban con fuerza las riendas. Tal era el esfuerzo que los dedos ya se habían marcado por gruesas líneas paralelas y una línea de sangre manchaba las correas. Al frente, el caballo, con terquedad, trataba de desviarse del camino; lo había hecho por horas hasta que, finalmente, el forcejeo continuo reventó una dolorosa ampolla entre el dedo índice y el pulgar del conductor. Él, furioso y hastiado por la necedad del animal, lo aporreó con una larga vara sobre las ancas. Hacerlo apenas le daba un poco de satisfacción y sólo pararía hasta ver las primeras líneas de carne viva en el blanquecino pelaje de la desdichada criatura.
—¡Basta, Bartal, so imbécil! —reprendió con una gruesa voz a la espalda del conductor—. Acabarás matando al animal y terminarás siendo tú a quien le monte todas las cosas al lomo.
El aludido levantó los corpulentos hombros sonriendo toscamente; después de todo, su furia había remitido y ya estaba satisfecho. Hizo a un lado la vara y, con la voluntad del animal momentáneamente doblegada, desvió la mirada hacia la parte trasera de la carreta. Sus dos compañeros de viaje estaban envueltos en mantas y se revolvían incómodos entre los cofres y barriles.
—Es horrible esta mierda, pero nos mantendrá calientes hasta el siguiente poblado —farfulló Vermon acercando la botella a su hermano—. El maldito frío será crudo de verdad. ¿Has sentido como sopla el viento del norte? Tendremos mejores oportunidades largándonos al sur.
Bartal, impaciente y ansioso por el trago, le respondió tratando de sonar serio:
—Cuando niño, padre siempre me decía: “Ave madrugadora coge la lombriz dormilona”.
—Ni siquiera es así el dicho —lo interrumpió su hermano soltando un escupitajo rojizo sobre el camino lodoso—, pero no importa, todo lo que salía de su mentirosa boca eran sólo estupideces. Mira por ejemplo a los bastardos que nos encontramos en la mañana; creían que si empacaban sus cosas y salían antes del amanecer se evitarían problemas y mira lo que les pasó a los imbéciles.
Vermon recalcó esto último pasándose el dedo por el grueso cuello antes de dejar escapar una sonora risotada. El caballo, nervioso, se agitó jalando inesperadamente las riendas. Bartal, tratando de recuperar rápidamente el control, dejó escapar la botella, que rodó por el asiento hasta caer al suelo estrellándose contra las piedras. Con la vena palpitando en la frente, buscó frenético la vara de roble, decidido a castigar a la bestia hasta reventarla. En el momento en que pasaba los dedos por la madera rojiza, el tercero en el grupo intervino tendiéndole una nueva botella. Agitándola un poco, derramó unas gotas del contenido sobre el asiento emanando una dulce fragancia.
—Robaron lo suficiente para embriagarse una semana. Una botella rota no hace ninguna diferencia en este momento —sentenció con brusquedad una voz femenina.
Bartal lo pensó un momento. La mujer que los acompañaba le causaba verdadero escalofrío con su mirada de hielo e inusual cabello pajizo. Su hermano le había repetido hasta el cansancio que no se metiese con ella, así que, dando un brusco jalón a las riendas como advertencia, se decidió a aceptar la bebida y empinarse el contenido de un trago.

—Aunque tal vez nosotros somos los cuervos que se aprovecharon de la lombriz —dijo Vermon tratando de retomar la conversación.
—Ustedes ni de chiste son cuervos —le interrumpió la mujer con el mismo tono brusco—. Se parecen más a las malditas palomas de Puño de Roca que se cagan por todos lados.
El hombre gordo se agitó nervioso. Estaba por pedir disculpas por su indiscreción, cuando una de las ruedas quedó atascada de golpe en el fango. Los tres se afianzaron del borde en el último instante para no caer de bruces. Entre Vermon y la mujer se deslizó un pesado baúl sin asegurar, que patinó por un lado hasta desplomarse pesadamente sobre el camino, rompiendo sus bisagras y esparciendo un abanico multicolor de blusas y vestidos.
—¡Putaaa mieerdaa! —gritó el conductor mientras dominaba al caballo y al mismo tiempo evitaba caer del asiento.
Sin esperar a que el carro dejara de balancearse, la mujer impaciente se deslizó con habilidad hasta el suelo, empapando de fango sus botas. Vermon la siguió con mucha menor gracia, descolgándose con dificultad de la carreta y rasgando su camisa con la cabeza de un clavo de hierro. El último en bajar fue Bartal, quien, sin soltar las riendas, se deslizó de su asiento.
—¡Esto es una maldita mierda! —reclamó Vermon al ver el daño en el transporte.
La rueda estaba hecha un desastre: no sólo se había quedado hundida hasta la mitad, los radios se habían quebrado y el hierro que los unía se había doblado, haciendo de la pieza algo inservible.
Un silencio incómodo cayó como plomo mientras contemplaban sus opciones. Estaban en el medio del bosque y aunque todavía era el amanecer, sintieron un devastador escalofrío recorrer sus espinas. Mirándose entre ellos, esperaban con impaciencia que alguno tomara la iniciativa.
—¡Ha sido culpa de esta estúpida bestia! —gritó Bartal mientras recuperaba la vara rojiza entre el lodo.
Estaba decidido a descargar la peor tanda de golpes que el caballo nunca conocería, cuando la mujer lo detuvo firmemente por la muñeca. Él, sorprendido, abrió la boca con una mueca que mostraba la desagradable dentadura negruzca. Bufando, la confrontó con la mirada sabiendo lo fácil que sería zafarse de ella; podía hacerla a un lado de un manotazo e incluso darle un puñetazo para que aprendiese a no meterse en su camino. Pero se contuvo, algo en la fiera mirada de hielo no daba lugar a tal atrevimiento.
—¡Basta de esta tontería! —ordenó ella—. Ha sido un accidente nada más, nadie usa estos caminos y el maldito lodo los hace traicioneros.
Bartal, quien siempre se levantaba de hombros cuando se sentía frustrado, sentía que los malditos brazos le llegarían hasta la copa de los árboles. Odiaba con todo su ser tener que doblegarse y ese sentimiento era aún peor si se trataba de una mujer. Detestaba a todas, incluida su madre, que nunca dejó de repetirle que era tan grande como idiota; ni siquiera al morir, mientras se ahogaba con sus propias flemas dejó de hacerlo. Así que, cuando podía, se escabullía de la mirada atenta de su hermano y se iba a los barrios bajos de Oldhaven. Vagaba por los apestosos callejones hasta que algún imbécil se le acercaba ofreciéndole algo que lo haría sentir bien, después se buscaba alguna putilla con la cual compartirlo. Así, cuando comenzara a golpearla, estaría tan colocada que no podría identificarlo si sobrevivía. Pero la mujer que los acompañaba era peligrosa y a quienes supuestamente representaba eran peor; eso no hacía que dejara de ser una perra, pero no una perra cualquiera. Frustrado, le tiró la vara al animal fallando por centímetros y esta se perdió entre los arbustos, luego se acercó a su hermano, que estaba apoyado en la carreta. Encontrando la caja de las botellas descorchó la primera y bebió apresuradamente.
—¡Como sea, no podemos quedarnos aquí! —exclamó Vermon, controlando la tensa situación—. Cargaremos al animal con lo que podamos y llevaremos con nosotros lo que sea valioso.
—El caballo llevará mis cosas —interrumpió la mujer—. Ustedes ocúpense de vigilar el camino, que para eso les han pagado, y olviden lo robado. Es su culpa por robar una carreta en mal estado.
A regañadientes y agachando la cabeza, Vermon aceptó sus condiciones. Mientras ella seleccionaba las prendas desperdigadas en el camino, los hermanos se encargaron de soltar al caballo del atalaje.
—Más vale que esto valga la pena —rumió Bartal entre dientes—. Pero te advierto que si vuelve a meterse en mi camino, no me va a importar que sea del gremio. Voy a darle una buena bofetada para que entienda su lugar.
Vermon abrió los pequeños ojos porcinos clavándolos en los de su hermano. Con una mezcla de cautela y furia le respondió:
—Cierra esa puta boca, yo también quiero meterla en un maldito saco y cagarla a palos. Pero nos encargaron escoltarla y eso es lo que haremos — susurró mientras daba una palmada con su pesada mano al anca del caballo para luego clavar con fuerza el índice en la frente de su hermano—. Y si te pusieras a pensar un poco, hacerle un favor a un cuervo nos acerca un poco más a ser un miembro. ¿Te imaginas ser un hermano de plumas negras? Nuestros días de robar se acabarían de inmediato.
Bartal se volteó bruscamente y sorbiéndose los mocos los escupió entre las patas del animal. Desviando la mirada a la mujer, le observó el trasero delineado ligeramente bajo la capa. La idea de darle unas bofetadas era acompañada de otras intenciones que definitivamente no expresaría a su hermano.
—Ni siquiera creo que sea uno de ellos. No se parece a uno.
—¿Y cómo piensas que son?
—No lo sé —respondió levantando los hombros—. Lo único que puedo ver es que esto es una mierda, hermano. ¿Por qué carajos aceptaste un negocio con el gremio para escoltar a esta golfa?
—¿Crees que tuve opción? —respondió Vermon haciendo un gesto para que bajara la voz.
Bartal no tuvo nada que replicar, él simplemente tenía razón. El hombre que apareció frente a ellos días atrás, mientras estaban en el calabozo acusados de robo, era lo que uno esperaría asociar con un cuervo: el rostro curtido e inexpresivo, con la calavera en la espada, las plumas negras adornando el cuello y la puñetera facilidad con la que los sacó de prisión por la puerta principal. ¿Quién podía negarse a una petición de alguien así? Acariciándose una verruga en el mentón, meditó el propósito de haber sido elegidos como escoltas. Pero a los pocos segundos se rindió. Pensar era cosa de su hermano. Así que mejor se decidió a mantener los pantalones en su sitio, confiando en que todo saldría bien después de cruzar el puñetero bosque.
La cuervo terminó de hacer un fardo bien apretado con la ropa. Había seleccionado sólo una parte, dejando atrás el resto de las finas prendas.
—Es hora de irnos —dijo ella acercándose a los hermanos—. Es un camino largo hasta la costa.
Bartal, haciéndose con una nueva vara, azuzó al animal, y aunque fastidiado de nuevo por tener que seguir dirigiendo a la terca bestia, no podía ignorar el hecho de que su hermano era quien peor la llevaba. Andar no era lo suyo y tratar de mantener el paso lo hacía resollar mientras se balanceaba para no resbalarse con el faro.
—A este ritmo no cruzaremos el bosque, creo que tendremos que acampar y continuar mañana —susurró Vermon nervioso por desafiar las ordenes que el gremio les había dado. Pero la idea de deambular en aquel lugar cuando el sol se ocultase le aterraba más que lo que los cuervos podrían hacerles.
Por respuesta, al voltear obtuvo una larga y fría mirada de la mujer.
—Pensaba lo mismo —dijo ella finalmente sin cambiar la expresión—. Cortaremos por el bosque y aventajaremos un par de horas de marcha; llegaremos a Sorja antes de que anochezca y conseguiremos un par de caballos. Si cabalgamos durante la madrugada llegaremos al puerto al amanecer.
—No es una buena idea —respondió con tiento Vermon mientras trataba de llenar sus pulmones.
—No pedí tu maldita opinión, se hará lo que yo diga —sentenció ella con firmeza—. Es imprescindible que lleguemos a Rondelcid por la mañana.
Bartal enfurecido, se enfrentó a la mujer con los puños apretados. Y sólo la fortuita intervención de su agotado hermano detuvo el desastre.
—Tranquilo, hermano, cruzaremos por el bosque como dice ella —dijo Vermon recuperando el aliento.
—¡Es una estupidez, sabes lo que les pasa a los viajeros! ¿Recuerdas los que nos contaba papá de este lugar?
—Sólo cuentos estúpidos para tratar de asustarnos. El bastardo no salió jamás de la granja. ¿Crees que en verdad sabía cómo era el mundo? Confía en mí, hermano, sólo un imbécil sería tan insensato como para meterse con nosotros.
—Nadie nos protege aquí, ni siquiera los jodidos cuervos.
La mujer, con una mirada cruel, se acercó a Bartal. Se había llevado la mano al cinto donde reposaba la espada. El pomo, ahora visible, estaba pulcramente adornado con el relieve de una calavera reposando sobre dos plumas negras.
—Nunca estamos lejos del gremio y no hay rincón donde no estemos. Así que si en algo aprecian sus vidas me seguirán.
Dando un paso rápido, la mujer cuervo le arrebató la vara a Bartal y con una mirada cruel le azotó las rodillas. El hombre, sorprendido ante el repentino dolor, se desplomó aullando, asustando a una parvada de aves migrantes que huyeron volando entre las copas de los árboles.
—¡Que te quede bien claro esto, nadie se mete con los cuervos! —zanjó la mujer antes de propinarle una salvaje patada en las costillas.
—¡Se hará lo que tú digas! —intervino Vermon cubriendo a su hermano. No lo hacía para protegerlo; otras veces había sólo observado como le daban una paliza por boca floja. Sino que se interponía para que Bartal no desenvainara el puñal en su cintura—. Cruzaremos el bosque y llegaremos antes de la cena, lo prometo.
Ella, con una sardónica sonrisa, escupió frente a los bandidos y dio media vuelta. Sin esperar, reemprendió la marcha tomando las riendas del caballo. El animal, esta vez, se dejó llevar con docilidad después de ver como se doblegaba el hombre que lo había torturado todo el camino.
—La mataré —dijo en un susurro Bartal sobando su costado—. No aquí, no ahora, pero verás que, si me la vuelvo a cruzar, la mataré.
Vermon suspiró roncamente; también él estaba harto de ella, pero había acordado escoltarla y se repetía constantemente que quedar bien con el gremio le abriría todas las puertas a la ansiada fortuna.
Siguiendo el nuevo plan, los viajeros se desviaron del camino principal al encontrar una pequeña vereda que parecía cruzar el bosque en dirección sur. El sendero era poco accidentado y, aunque angosto, el caballo andaba sin dificultad. Como recordatorio, la mujer blandía el aire con la vara cortando ramas y hojas secas. El silbido era suficiente motivación para que el grupo entero mantuviera la marcha.
Tras superar la primera hora de viaje, el sendero abandonado se unió a un camino en mejor condición. Continuaron andando hasta que el crujiente sonido de la vegetación seca se detuvo al llegar a un puente de piedra. Con desconcierto, observaron que el puente estaba totalmente limpio; sin basura o vegetación creciendo entre las rocas, tan inmaculado como si hubiera sido recién construido. Bajo el arco, el agua del arroyo rumiaba con tranquilidad, acariciando con su corriente los pedruscos bien pulidos. Bartal se adelantó como hipnotizado al notar lo que yacía al otro lado. A paso firme, llegó hasta la mitad del puente para luego detenerse. Por precaución llevó la mano al puñal, listo para desenvainarlo. La cuervo, dejando el caballo al cuidado de Vermon y con la espada desenfundada, se detuvo juntó a él.
Frente a ellos, en el borde del camino, había una carreta volcada; un caballo grande y oscuro estaba atado a uno de sus extremos, las patas apuntaban a la copa de los árboles y el cuello en una aberrante posición sobresalía con el morro aplastado sobre la columna. Pero lo que verdaderamente atraía sus miradas era que al resguardo de la carreta había una mujer. Parecía ser joven, pero sus facciones, toscas, eran las que habitualmente se esculpían por llevar una vida dura. La piel de su rostro parecía un trozo de cuero curtido y sus dedos, desagradablemente amarillentos, resguardaban entre sí a un niño que, acuclillado, no dejaba de mecerse. Prestando igual atención, vieron que las facciones del pequeño eran similares y el cabello oscuro hacían suponer incluso algún parentesco.
A unos pasos de ellos, tendido en el suelo, inmóvil y parcialmente cubierto por hojas, había un hombre con las ropas desgarradas. Sus manos descansaban sobre un costal agujerado de cereal y su rostro estaba oculto por la vegetación, pero sobresalía en su cuello una larga flecha negra.
Bartal y la cuervo se miraron confundidos sobre qué hacer. Él estaba habituado a estas escenas, incluso evaluaba con mórbido entusiasmo que era el trabajo de bandidos inexpertos y descuidados, donde el más grande error que pudieron cometer era dejar testigos. Por experiencia, los cabos sueltos, incluso los que se dejan por la debilidad de la compasión, siempre significaban problemas en el futuro. Para ella, el encuentro suponía algo fortuito después de un viaje de calamidades. La carreta, aunque volcada, estaba en buen estado y con los dos imbéciles que la acompañaban bastaría para ponerla en el camino, haciendo del último trayecto algo más sencillo.
—Usaremos el carro para llevar nuestras cosas —dijo ella expresando sus pensamientos. Su tono ajeno a la tragedia no reflejaba compasión alguna y señalando a las cajas volcadas entre la vegetación agregó—: Incluso puede que encontremos algo para beber entre los restos.
La cuervo se acercó con pasos firmes, ni la mujer ni el niño parecieron notar su presencia; con sus miradas opacas y enrojecidas por el llanto, no reflejaban señal alguna de reconocimiento. Agitando la mano libre frente a sus rostros y molesta al no tener ninguna reacción, agarró al niño por los cabellos, obligándole a levantarse. Como un poseso, comenzó a berrear desesperadamente tratando de zafarse; la madre, al mismo tiempo, se incorporó agitando violentamente los brazos mientras mascullaba frases inentendibles.
Bartal desenvainó el puñal, cambiando de mano el arma un par de veces. Estaba listo para usarlo.
—¡Guarda eso, imbécil! —le gritó Vermon jadeando tras él—. Yo me ocupo de ellos, tú mejor revisa si aún tienen cosas de valor.
Hastiado de recibir órdenes, Bartal levantó los hombros y se acercó al hombre con la flecha clavada. Ansioso por verle la cara, se preguntaba si el rostro reflejaría una expresión de miedo, dolor o sorpresa. Tomó la flecha entre las manos para levantarlo cuando de la nada escuchó a su espalda un hórrido chillido animal.
La cuervo también se sobresaltó con el sonido, pudiendo sentir como su corazón se aceleraba. Se giró y para su sorpresa se dio cuenta de que la aguda llamada venía de la garganta de la madre. Decidida y sin perder un segundo levantó la espada para callarla definitivamente, cuando un terrible dolor en el brazo le hizo soltar el arma y caer de rodillas. Incrédula, observó como el pequeño se había afianzado de su antebrazo, adhiriendo la boca alrededor de la piel, haciendo que el contacto de los dientes penetrando su carne se sintiera como una docena de punzones ardientes. Su cara morena se había deformado, como si ganchos invisibles jalaran el rostro hacia la nuca, los ojos se habían inflamado tanto de sangre que parecía que estuvieran a punto de salir de sus cuencas mientras se alejaban uno del otro como los de una salamandra. La nariz había desaparecido, dejando dos grandes oquedades que emitían seseantes fumarolas y la boca, estriándose descomunalmente, se movía rápidamente mientras le engullía el brazo.
Aterrada, intentó quitárselo de encima clavando como un animal las uñas en el amorfo rostro; sangre negra emergió de las heridas, pero no logró detener a la criatura que la observaba con perversidad. Desesperada, trató una vez más de defenderse atacando directo a los ojos; levantó los dedos heridos y las uñas rotas, pero antes de que volviera a arremeter, la criatura cerró las fauces con una colosal fuerza cercenándole el brazo por completo. Rodó por el fango apretando el muñón sangrante contra el estómago mientras trataba de gritar a todo pulmón por ayuda. Pero su voz sólo fue un quejido impotente al ver como estaban rodeados por aquellos seres grotescos disfrazados de humanos. El niño y la madre habían sido los primeros, pero otros tantos se les habían unido emergiendo del arroyo como si este los escupiera. Incluso el cadáver del caballo se retorcía visceralmente transformándose en una criatura sin sentido, de ojos saltones, boca dentada como plato y extremidades tan delgadas que se balanceaban inútiles en el redondeando cuerpo.
A unos pasos, Vermon cayó de espalda convulsionándose, su cabeza había desaparecido y se extendía ahora como un grotesco apéndice, con el monstruo vestido de mujer con las desproporcionadas fauces cubriéndole el grueso cuello. El cuerpo obeso y fofo resbaló rodando hacia la cuneta cuando la criatura terminó de desprender la cabeza. Bartal se quedó paralizado en el sitio, vio con repugnancia como el niño se transformaba y le arrancaba el brazo a la cuervo, luego a su hermano, siendo atacado y devorado con toda perversidad. Absorto ante tal horror, no advirtió que el cadáver a sus pies se incorporaba, con la flecha clavada en un cuello gelatinoso que mutaba en una aberración.
La mujer cuervo aulló despavorida al ver a Bartal ser arrastrado hacia la maleza como si fuera un muñeco de trapo. Su mirada confundida se cruzó con la de ella un instante antes de desaparecer para siempre entre la vegetación. Como un animal guiado sólo por el primigenio instinto de sobrevivencia, trató de levantarse, pero sus rodillas flaquearon y cayó de bruces contra el lodo. Escuchó de pronto al caballo correr desbocado por el camino, pero segundos después, el terrible bramido del animal no dejaba ninguna duda sobre su horripilante final. Negándose a rendirse, clavó sus dedos en el lodo y trató de arrastrarse, pero de inmediato se topó con una sombra frente a ella. Una mano de dedos bulbosos le acarició el cabello rubio.
Entonces, sabiendo que no había escape, se giró para ver una última vez la luz del sol. Trataba al menos de encontrar un último consuelo entre el brillo de las ramas, pero sólo pudo ver aquellos rostros de rojos y saltones ojos.
Y mientras caía en la compasiva protección de la locura, pudo notar con claridad como esas bocas descomunales, absurdas y malolientes parecían sonreírle.
- La cacería blanca, de Eduardo Larrinaga Figueroa
(primeras páginas) - domingo 24 de agosto de 2025





