Agnosia
En los programas en vivo de televisión o internet ha sido más evidente. De un instante a otro el presentador se queda callado, viendo atónito la cámara y a su alrededor. Se evaporan las palabras que tiene por decir. Entra en crisis, sin saber resolver el momento incómodo.
También ocurre en la intimidad de las alcobas. Bajo la luz tenue, una pareja se besa y se desnuda y enseguida ella o él se queda perplejo ante la escena. Mirando sorprendido y fascinado a la desconocida y descubriendo con desconcierto su propia desnudez.
En un puesto de verduras, una persona que compra se detiene, explora el montón de papas, sus hoyuelos y protuberancias. Tan parecidas, tan diferentes.
Estos hechos se han ido replicando exponencialmente. Las personas quedan súbitamente absortas, contemplando, sin explicarse nada.
Con la misma rapidez se ha propagado una plaga de hipótesis al respecto, pero al final no valen para nada. Todas las hipótesis se olvidan. Quedan suspendidas como las miradas y los gestos de quienes intentan difundirlas.
Pueden pasar minutos o hasta semanas, antes de que las personas recuperen la noción de sí mismas y del mundo. Una noción vaga. Llena de dudas, de huecos y del temor a un nuevo lapso de incertidumbre absoluta.
Cuando las personas se recuperan de esas crisis y hay un atisbo de certeza, corren a grabar videos con recordatorios o escriben notas que ahí quedan. Es imposible retomarlas y armar el rompecabezas pues cuando llega el momento, cada objeto, cada palabra escrita o por escribir, se vuelve un abismo tan profundo que marea. Cuando viene una crisis, todo gira, todo es nuevo y nada tiene sentido, justo como sucederá con esta nota.
Renuncia anticipada
Elegí regresar a casa en camión, no en metro. Y ahora, desde la ventanilla miro pasar los trenes, uno después de otro, mientras sigo detenido en el tráfico. Casi ni presto atención a la voz que con toda seguridad me recriminará: te hubieras ido en el metro, idiota. No doy oportunidad al reclamo que yo mismo me haré. Me ignoro anticipadamente. Elegí, me arrepiento de mi elección, la asumo.
Si la muerte en la forma de un ratero novato y nervioso me disparara, o encarnara en un trailero desesperado que, ante el estacionamiento en el que se ha convertido la avenida, decidiera embestir como toro furioso y clavar su cuerno en lo profundo del fundillo de este camión. Si eso pasara, mi epitafio tendría que decir: eligió y se arrepintió, toda su vida.
Voy de pie. Había asientos libres cuando subí a la unidad, pero al dirigirme a uno detecté los movimientos bruscos y acelerados de un chongo alto, caderas colosales contenidas en una pringosa falda que hace mucho tiempo tuvo pretensiones de ropa formal. Se dirigía al asiento como si fuera suyo desde siempre. Ante esa contundencia, no queda más remedio que renunciar. La abundancia de asientos se desvanece. Cada lugar al que dirijo la mirada se ocupa al instante. No me sorprende. Me quedo de pie, sujetándome de un tubo, mirando por la ventanilla los vagones del metro hinchados de personas anudadas como lombrices, angustiadas por la escasez de aire y que pese a todo nos miran con superioridad porque al menos ellos avanzan.
El camión recorre unos escasos metros y se detiene por minutos tan largos que caben series completas de videos cortos. Shorts que miro con desgano en mi teléfono celular.
No entramos en tropel al camión, y aun así perdí la oportunidad de ganar un asiento. Prefiero pensar que no la busqué. Bueno, al inicio sí, pero enseguida desistí. A veces tengo preferencias e intenciones, pero el mundo se mueve, y yo no lo hago a la velocidad del mundo, así que antes de confirmar que nuevamente perdí una posibilidad, me convenzo de que me da igual. Al menos puedo elegir perder.
Me tranquiliza la renuncia anticipada. Me quita el peso de las expectativas, aunque me deja un leve sabor amargo en la boca. Es que el mundo se mueve demasiado rápido y en esos giros de ruleta, soy expulsado siempre hacia las casillas que no son las ganadoras. Lo digo sin resentimiento. Por ejemplo, podría pensar sinceramente que la única diferencia importante entre la señora del chongo y yo es su enorme grado de certeza y el minúsculo grado de confianza que siempre me acompaña. Yo dudé. En cambio, ella avanzó llena de certeza. Ahora está sentada, mirando videos en su celular.
En mi trabajo me han recontratado ya más de tres veces, cada seis meses, y en cada una de estas ocasiones he firmado mi contrato a la par de mi renuncia anticipada, lo cual me llena de tranquilidad.
Me he ido adaptando desde muy niño. Uno de los momentos clave en mi formación como renunciante fue cuando tenía unos ocho años y mi padre me llevó a una feria. En el juego de carritos chocones había mucha gente que se amontonaba cerca de las puertas. En cuanto se detenía el juego corrían para subirse a algún carrito. Yo iba a uno y luego a otro, sin notar que siempre otra persona estaba más cerca y me lo ganaba. Regresaba a la barandilla, caminando despacio y evitando la mirada de mi padre. Evitando su gesto que sería una combinación de lástima y enojo, de vergüenza y temor al descubrir que su hijo ya mostraba desde muy temprano los rasgos inequívocos de un renunciante anticipado.
Ha avanzado el camión. Al menos un par de kilómetros. Aún faltan muchos más para llegar a mi destino. He visto una gran cantidad de videos en mi celular. Varios me hicieron reír, pero no recuerdo ninguno. Detecto una sensación en mi estómago, o en mis manos. Mi prima no es psicóloga, pero me ha dicho que eso que siento es ansiedad. Yo no lo creo. Simplemente es hartazgo. Quisiera que estas reflexiones concluyeran en algo. Llegar a alguna epifanía, pero no. Renuncio a esa posibilidad, de manera anticipada. Vuelvo a mi celular.
- Dos relatos de Carlos Páramo López - martes 7 de octubre de 2025


