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La quinta de Norton

jueves 30 de octubre de 2025
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Al arquitecto José Miguel Mares le pareció curioso esa mañana cuando recibió por primera vez una llamada telefónica desde Lima, capital de un país suramericano, y no dejó de darle cierta sorpresa lo bien informado que estaba su interlocutor sobre varias de las obras realizadas por él y a quiénes pertenecían dichas propiedades, pues, del otro lado de la línea, la persona en cuestión manifestó que quería contactarlo para ver si era posible llegar a un acuerdo económico y convertirse en un potencial cliente en el proyecto de la construcción de su casa principal, con la cual venía soñando hacía un tiempo y en la que se retiraría llegado el momento en unos años con su esposa, cuando ya sus hijos se hiciesen cargo del negocio familiar.

Le comentó sin rodeos que, después de varias consultas, todas las recomendaciones siempre coincidían finalmente con su nombre. La propuesta ofrecía carta blanca en el manejo de unos recursos ilimitados y algunos otros nombres mencionados en la conversación como referencia, para fortalecer su argumento; no le eran desconocidos.

A pesar de que era evidente que el grado de preparación académica del potencial cliente no era de los más sólidos, ya que resultaba casi obvio que no poseía una educación de las más sofisticadas, otras cualidades que llegó a percibir, en cierta forma, equilibraban esa aparente desventaja.

En el caso del sujeto en cuestión, la proverbial astucia de la fuerte carga genética indígena compensaba cualquier desequilibrio, y Norton poseía, además de sus casi veinte mil hectáreas de cultivos ilícitos en el centro de la selva amazónica, toda una cadena de hoteles de alta rotación, ferreterías, centros comerciales, terrenos bien ubicados en la capital para futuros desarrollos inmobiliarios y alquiler de maquinaria para la construcción, amén de otras inversiones igual de prometedoras y potencialmente rentables.

En cada nuevo prospecto, el arquitecto José Miguel Mares, abría un nuevo expediente e investigaba exhaustivamente, como siempre lo hacía, a todo futuro cliente. No estaba enterado tampoco en ese momento de que, en una jugada propia de un gran maestro de ajedrez, el astuto comerciante amazónico mandó a sus socios colombianos con todos sus huesos a una prisión de alta seguridad en un país del norte del continente, mientras que él salió ileso, sumando al mismo tiempo como en un acto de magia, en ese jaque mate, una gigantesca cifra a sus cuentas bancarias secretas en Zúrich, Beijing y el cercano Oriente. Solía decir a sus subalternos que todos los huevos no se debían poner nunca en la misma canasta.

Su curioso nombre le había sido colocado por su padre, gran aficionado del arte de fistiana, como homenaje a un boxeador estadunidense, campeón de los pesos pesados, a quien mucho admiraba.

Fijaron una fecha para una reunión en persona en Bogotá, pues, en apariencia, podía utilizar una tecnología que venía desarrollándose para ese momento, y la invitación incluía pasajes en primera clase, alojamiento en una suite en el hotel Tequendama y otras bondades a las cuales el viejo arquitecto decidió aceptar, siempre y cuando pudiera asistir a dicha reunión acompañado por su asistente personal y mano derecha, la joven diseñadora Consuelo Daza.

Planificó tomarse tan sólo un fin de semana libre, de manera que no significaba mayores inconvenientes en la obra que venía desarrollando para la familia de don Giovanni di Vicenzo. Ese hecho le permitiría conocer a su futuro cliente, quien insistía en encargarle ese proyecto en pleno centro de la selva amazónica y, dadas las características propias del mismo, se convertía en un caso atractivo para cualquier profesional de esa área, en especial con la promesa para seguir trabajando en otros desarrollos inmobiliarios muy atractivos.

A José Miguel Mares, aunque al principio no le llamó mucho la atención, luego, dadas las cualidades y las obscenas cantidades que se invertirían en su construcción, en las cuales tendría manos libres para diseñar y encargar insumos a cualquier lugar del mundo, incluyendo los mejores y más modernos acabados, empezó a sentir cierta fascinación.

Poco a poco se fue interesando en el desarrollo de los primeros bocetos del anteproyecto, intercambiando ideas con su brillante asistente, hasta que llegó a imaginar que el diseño final muy probablemente llegaría a alcanzar características verdaderamente épicas. Quizás era una oportunidad, si no de hacer algo de los mismos kilates, sí por lo menos de la misma tendencia de aquella construcción de la cual siempre fue fiel fanático, perteneciente al maestro autor de la casa de la cascada, Frank Lloyd Wright, en Pensilvania. El propietario de la obra, al parecer, por su lado, según sus propias palabras, no escatimaría en gastos (frase que le había gustado de una película de Spielberg).

La implantación de la casa constaría de dos niveles y una terraza en la losa de techo, con la colocación de jardineras de plantas exóticas, sala de juegos, parrillera y una zona de descanso en ese nivel, que miraba directamente hacia la piscina, un par de niveles más abajo.

Se implantaría a media distancia de una suave colina que descendía hasta llegar a un río. A un costado, una quebrada cristalina saltaba rauda por entre todo un sendero de piedras, cantos rodados de gran tamaño, hasta precipitarse finalmente al río unos trescientos metros más abajo.

Un brazo de la quebrada sería desviado hasta la piscina, suministrando el cristalino líquido por la parte superior y luego por el lado totalmente opuesto, por efecto de la gravedad y la inclinación del suelo, sin usar bomba alguna; llegaría a una tanquilla longitudinal a todo lo ancho del lado corto del rectángulo y, con un par de tuberías de cuatro pulgadas, enterradas a treinta centímetros bajo el terreno, seguiría su trayecto hasta llegar al río unos cien metros más abajo. El cambio a través del ingreso y salida permanente mantendría el agua en buenas condiciones sin usar filtros químicos.

Con Consuelo Daza, en los descansos que tenían debajo de una sombrilla de lona amarilla, intercambiaban ideas y avances del proyecto. Aún no existía el poderoso software de dibujo por computadora que saldría al mercado doce años después con el nombre de AutoCad corriendo sobre la plataforma Sun.

Finalmente, al entregar el proyecto definitivo, impreso en cuarenta láminas de setenta centímetros de ancho por un metro de largo, y dada la actitud propia de su naturaleza ladina, el indígena no llegó a pagar el importe del costo del proyecto y el arquitecto José Miguel Mares declinó amablemente la invitación a ir al inicio de los trabajos en un lugar oculto en la selva amazónica, pues era peligroso para la salud, y llegó a la conclusión de que fácilmente podía llegar a formar parte del material fertilizante que se esparcía en un huerto cercano entre la casa y la implantación de la piscina.

Esa misma noche, él y su bella asistente partieron discretamente en un vuelo privado desde el aeropuerto internacional Jorge Chávez, primero hasta El Dorado de Bogotá y finalmente al Ernesto Cortissoz en la calurosa ciudad de Barranquilla...

Javier Herrera Palma
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