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Los cuervos

jueves 15 de enero de 2026
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No sé —no creo saber— si soy el más apto para el encargo que me solicitan. Pero espero cumplir los requisitos de un informe mucho más allá de mis modestas e insinuadas limitaciones.

Debo decirles que creo —desde luego tanto como puede creer un hombre— que ya es tiempo de que conozcan todos aquellos sucesos que han terminado por otorgar a nuestro pueblo su singular fama, fama de la que son ustedes —si me permiten la sospechosa expresión— conscientes. Me obligo a advertir, por otro lado, que no podría lograr explicarles lo ocurrido si no me otorgaran la confianza que sugiere la palabra testigo. No ignoro que hemos aprendido a sospechar del testimonio. Los tiempos que vivimos nos han enseñado a dudar de él hasta, en una consecuencia tal vez inevitable, dudar del testigo mismo. ¿Cuenta lo que ve? ¿Ve lo que cuenta? Estas son —agradezco a la esmerada educación recibida la posibilidad de ver la cuestión clara—, estas son, dije, las opciones excluyentes que se nos presentan. Pero como no veo quién o de qué modo podría resolver esta cuestión de manera definitiva, prefiero concentrarme en el relato y que ustedes juzguen —como testigos, desde luego— estos sucesos a los que no hubiera dudado de calificar de fantásticos no hace mucho tiempo.

No recuerdo cuándo llegaron al pueblo los cuervos. Creo que fue un fin de semana, pero no puedo asegurarlo; no conozco a nadie —y he intentado buscarlo— que me lo corrobore. El momento en que llegaron —porque dedujimos que en algún momento debieron hacerlo— se ha perdido de tal modo que por momentos ha prosperado en mí la extraña idea de que los cuervos siempre estuvieron aquí. Digamos —para ser breves— que, al principio, los vimos sobre las casas; nadie, que yo sepa, los vio llegar hasta los techos. Sólo los descubrimos ahí de repente, mirándonos desde arriba. No recuerdo, tampoco, que hicieran demasiado ruido. Volaban, sí, de un lado a otro, dando pequeños saltos, pero en silencio. Recuerdo que nos sorprendimos y la novedad acabó por absorbernos de un modo que nadie tuvo necesidad de pensar en la proyección futura del acontecimiento. Debo confesar que así somos en el pueblo: es un rasgo de nuestro carácter. El tan alabado —por parte de quienes nos visitan— color local no sería lo que es sin su presencia. El futuro no nos inquieta y, en cambio, estamos siempre pendientes de todas las novedades.

Si bien, como dije, al principio nos sorprendimos de la presencia de los cuervos, muy pronto pudimos experimentar nuevas actitudes. Como pueblo abierto a la novedad, terminamos por considerarlos parte de una secreta armonía que también nos envolvía a nosotros. Cierto que nadie podía explicarla. Pero pienso que en ciertas circunstancias podemos acceder a lo que, casi sin dudas, podríamos llamar conocimiento mediante la fe, ¿no es cierto?

Me viene ahora a la mente el momento en que por primera vez un cuervo me miró con sus ojos amarillos. Confieso que sentí un terror seguido de cierta extrañeza —¿era elegido por algún motivo?; ¿tenía algún plan para mí? Pero muy pronto la situación quedó sepultada por el olvido. Como tal vez imaginan, a medida que los cuervos continuaban mirándonos a mí y a los otros —comprendí un poco apesadumbrado que no gozaba de ningún privilegio frente a los demás— me sorprendí cada vez menos. ¿Alguien desea agregar que la realidad es algo fantástico a lo que nos habituamos? No lo sé y no me aventuro a afirmarlo; me limito a contar lo sucedido.

Puedo afirmar, aunque ignoro si mi experiencia corresponde a un sentimiento común, que las miradas de los cuervos me absorbían totalmente cuando se detenían en mí; el hecho de que esas miradas duraran cada vez más no hacía más que aumentar esa sensación que me apartaba del mundo. Quizá este sentimiento era ya de todos cuando los cuervos vinieron a posarse sobre nuestros hombros. Quiero ser preciso: descendió, en el hombro derecho de cada uno de nosotros, uno de ellos. Sucedió poco a poco y, debo advertir, no sin cierta incomodidad inicial de nuestra parte.

Sé que beber sangre no es lo propio del cuervo, pero descubrimos muy pronto que se alimentaban así. Proporcionarles comida no es todo lo incómodo que un observador superficial podría quizás suponer. Es suficiente —y lo digo con el fundamento que proporciona la experiencia, porque vivo en un mundo concreto— con mantener el hombro firme; el animal encontrará la manera de penetrar con su pico. Temo que resistirse supone intensificar un dolor que, bien administrado —con el cuidado que reservamos a una medicina poderosa—, puede ser fuente de placer, superados, desde luego, los prejuicios iniciales. ¿Quién en el pueblo, me atrevo a preguntar, no ha experimentado la dulce sensación de abandonarse en la sangre que fluye hacia el animal?

Por otro lado —¿no dice el dicho que el tiempo todo lo cura?—, la alimentación de los cuervos nos ha planteado cada vez menos inconvenientes desde que comprendimos que el problema no eran ellos sino nosotros. ¿No debíamos proporcionarles a nuestros huéspedes, de un modo responsable, lo que requerían? ¿No debíamos estar a la altura de lo que la situación exigía? Hemos demostrado en el pasado nuestra capacidad para involucrarnos en proyectos que nos trascendieran. Alimentar a los cuervos ha tornado a todos los demás objetivos superfluos. Y no voy a ser yo quien niegue que ha simplificado nuestra existencia dándole generoso y definido propósito.

Cierto que esta armonía no hubiera sido posible sin lo que me atrevería a llamar el progreso de nuestros cuervos. Si al principio algunos hombres morían o se desangraban en el esfuerzo por alimentarlos, esos tiempos han quedado definitivamente atrás. Los cuervos han aprendido a succionar de modo que ello no vuelva a ocurrir. Creo que el contacto con el ser humano les ha permitido, dentro de las posibilidades de su ser, inferior en la escala de lo viviente, adquirir ciertos modos que podríamos llamar de urbanidad. No puedo explicar mi alegría y la de todos cuando advertimos que habían aprendido a extraernos sólo la sangre suficiente para mantener su máquina biológica, sin dañar demasiado la nuestra. No soy el primero y no seré el último en afirmar que la naturaleza es sabia.

Confieso que no se nos escapaba —ni se nos escapa— que la convivencia con los cuervos puede molestar a ciertas sensibilidades. Ruego a ustedes que no se dejen llevar por la reprobable pasión del escándalo y examinen los acontecimientos con la distancia adecuada. Sí, me refiero a esa distancia exenta de pasiones que turben nuestro buen juicio, como enseñan nuestros hombres sabios y nuestros profesores.

Volviendo al relato, creo que olvidé señalar que una vez que todos los hombres del pueblo contaron con su propio cuervo se produjo un fenómeno imprevisto. Acostumbrados al animal propio, los hombres sin embargo se asombraban del ajeno; sospecho, incluso, que quizás le temían. Creo que esto puede explicarse: tal vez la familiaridad con el cuervo de cada uno aventaba los temores pero, al mismo tiempo, se convertía en fuente de extrañeza frente al del otro.

Como sea, con el tiempo nuestra relación con los cuervos no ha hecho más que mejorar. Las voces iniciales que se opusieron a ellos ya fueron acalladas. Lo que les dio su canto de gracia, si se me permite la expresión, fue la propia generosidad de los animales, ofreciéndonos su sangre. En efecto, aunque la tarea no es fácil por la posición de nuestro cuerpo en la que se encuentran, desde hace tiempo los cuervos nos han permitido alimentarnos de su sangre. Situación quizá por cierto desgarradora en una primera impresión —en vistas del afecto que sentimos por las aves—, pero creo que, al final, si reflexionamos sobre su sentido último, encontramos una relación de justa reciprocidad. Cierto que algunos se han apresurado a afirmar que no son dos sangres las que se juntan sino sólo una, la nuestra, regresando. Me veo obligado a objetar que ella es recuperada sólo después de ser transformada en su paso a través del organismo del cuervo. ¿Es, entonces, la misma? ¿Y qué hay de mezcla con la sangre propia del cuervo? No puedo extenderme en estas cuestiones aquí; en todo caso, invito a debatirlas.

Los cuervos, nuestros cuervos, porque lo son de nuestro pueblo y esperamos lo sigan siendo a través de nuestros hijos y los hijos de éstos, han dado un propósito y una personalidad a nuestra comunidad. No creo que ello deba volvernos objeto de envidia de los observadores. Pero también y sobre todo creo que si mi testimonio —Dios no lo permita— no fuera verdadero acerca de los hechos poco importa. Para nuestra comunidad lo seguirá siendo en espíritu: los cuervos, como nosotros a ellos, nos sostienen, nos acompañan y nos dan a su modo un futuro. Ahí está, creo, su secreta justificación: si no existieran, sospecho que deberíamos inventarlos.

Jorge Ernesto Gavilán
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