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Los otros

sábado 14 de febrero de 2026
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Me gustaría evitar en este relato las circunstancias personales. He imaginado su comienzo con otras variantes, pero dudé —y dudo— que se deje ejecutar de otra forma. No voy a justificarme con el repetido argumento de las limitaciones del lenguaje para narrar con precisión los acontecimientos vividos. El lector inclinado a las tesis de la filosofía actual reconocerá en mí a un hombre de su tiempo. Conozco, como todos, la felicidad de acordar con el presente. Estoy tan convencido de los límites del lenguaje como de su potencia, sin la cual nadie podría, desde luego, señalar sus debilidades haciendo uso de él. No, tal vez el problema no es de expresión. El problema para la objetividad de mi relato son ellos. El lector, no lo dudo, sabrá comprender.

Esa mañana, cuando me levanté, no sentí ni pensé en nada inusual; tal vez debí interpretar aquel ligero dolor de cabeza como el presagio de un día singular. Pero no quiero suponer un signo donde quizás sólo hubo azar. Tomaba en mi casa, recuerdo, un café cargado junto a la ventana. Pude notar los primeros movimientos en la plaza, el paso lento de la gente sobre los pasillos de piedra. Encendí un cigarrillo y comencé a fumarlo sin apuro. Por delante tenía el placer modesto de un día sin obligaciones.

Cuando volví a la cocina lo vi por primera vez. Sólo pude sostener su mirada, por un instante. Pero no me dejé vencer por el asombro. Aproveché el espejo de la sala; la visión indirecta, como esperaba, volvió su figura más tolerable. No quiero exagerar; quizás su imagen no fuera tan perturbadora. Conocía ciertos gestos, algunas maneras; de todos modos me intrigó. Lo atribuí —lo atribuyo— a la perspectiva. La distancia, sospecho, convierte lo familiar en extraño.

No sentí deseos de hablar con él en ese momento; me pareció precipitado iniciar un diálogo. Lo seguí a través del espejo mientras se dirigía al comedor. Tomaba una taza de café; sus movimientos eran todavía torpes. Cierta falta de naturalidad, supuse, desaparecería con el tiempo.

Esperaba alguna palabra de su parte; quería, confieso, que me solicitara alguna indicación. No se me entienda mal: no buscaba prescribirle nada, sólo darle ciertas instrucciones generales. Pero no tardé en resignarme. No me gusta forzar las situaciones.

Me fui de la casa. Lo dejé solo por deferencia y por hospitalidad. Llegué a la plaza y me senté en el centro; un banco junto al monumento al fundador del pueblo me cobijó. En este momento, supuse, él estaría recorriendo la casa; tarde o temprano su interior iba a resultarle familiar. Entreví el edificio de la municipalidad a lo lejos, apenas cubierto por la niebla de la mañana.

Desde el bar, Funes me saludó con su mano derecha en alto; desayunaba junto a la ventana. Crucé la calle y fui a sentarme en su mesa. Lo noté tan locuaz como siempre pero mi inquietud, debo confesar, sólo se aplacó de a poco. Me comentó lo habitual; habló del mal clima, del insoportable gobierno, de su ex novia Helena, y de otras penas repetidas. Prendió un cigarrillo; me ofreció pero no acepté; preferí un café. Fumaba como siempre, con grandes pausas antes de llevarse el cigarrillo a la boca. Quise comentarle de nuevo sobre ese asunto olvidado pero público. Me había referido a la cuestión con él y con muchos en el pueblo pero decidimos dejarla para más adelante. Ahora la sentía impostergable. Debemos reunirnos, le comenté a Funes, ver qué hacer, usted sabe que... No me dejó concluir; tal vez más tarde, me dijo, se pueda resolver, ¿no cree? No sé si su respuesta insinuó algo más pero dejé de insistir. Me sentía cansado. Lo miré a los ojos. Por lo menos era Funes, de eso estaba ahora seguro.

Un hombre delgado desayunaba junto a nuestra mesa. Reconocí en su cara la de un cliente habitual, aunque desconocía su nombre. Atendí al movimiento de sus manos, a la forma de acercar la taza hacia la boca; me pareció un poco torpe. Se lo señalé a Funes con un gesto breve. Él comprendió mi duda. No puede confundirlo con nosotros, me dijo, todavía no sabe hablar.

Funes, comprendí entonces, sabía. Aproveché para comentarle del hombre en mi casa; confesé mi temor, mi alivio. Pero no me respondió; el asunto quizás ya le parecía indiferente. A través de la ventana del bar, noté unos hombres caminado hacia la plaza: quizás Gutiérrez, quizás Pérez, quizás Albornoz, pensé. Sí, quizás —dijo Funes, adivinando mi pensamiento—, pero todavía los puede distinguir, si observa bien los movimientos. Tuvo razón; se notaba cierta torpeza de principiante en su andar.

La plaza se fue poblando con otras caras conocidas. Al principio caminaron en círculo, sin hablar. Sólo más tarde escuchamos sus tímidas primeras palabras. Con el tiempo, no tuve dudas, su conversación se volvería más natural. Ya hablarán y se moverán mejor, me dijo Funes; deles tiempo para acostumbrarse.

Enumeré los apellidos en silencio: Amodeo, Soldatti, Vivaqua, Landorni; otros se sumaron más tarde a la reunión. Los vi acomodarse con entusiasmo en el centro de la plaza. Funes, de pronto, pagó la cuenta; quise evitarlo pero por gusto o apuro me negó la invitación. Se levantó después de saludarme. Antes de retirarse se acercó al cliente junto a nuestra mesa. Lo alentó a reunirse con los suyos en la plaza.

Regresé a mi casa. En el camino me embriagó la satisfacción; las conversaciones en la plaza, noté, eran cada vez más decididas. Me pregunté si podría distinguirlos ahora. Quizás sí, quizás todavía.

Abrí la puerta y entré en silencio. Me sorprendí: lo imaginaba en la plaza o camino a ella pero él todavía seguía en el comedor. No había terminado su desayuno pero no quise ofenderlo mostrándole mi decepción. Me guardé la impaciencia; me obligué a no apurarlo. Le ofrecí un cigarrillo. Mientras fumaba le comenté que esperaba de él lo mismo que de los otros. Si Soldatti, Vivaqua, Landorni y tantos otros lo habían logrado —le señalé— por qué él y yo no íbamos a hacerlo. Me abrazó; fue su forma, no lo dudo, de agradecer mi apoyo.

Cuando lo vi partir hacia la plaza me retiré con Funes y los demás fuera del pueblo. Hemos vuelto a él, desde entonces, sólo en algunas ocasiones. Nos propusimos no molestarlos con visitas frecuentes. Los otros, confiamos, aprenderán por sí mismos.

A veces, lo acepto, es difícil evitar la nostalgia. Sobre todo ahora, cuando ellos son casi idénticos a nosotros. Pero vamos a sostener nuestra decisión, no tengo dudas. Yo sólo vuelvo al pueblo de vez en cuando, para ver cómo están las cosas, para ver qué sucede con nuestras vidas.

Jorge Ernesto Gavilán
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