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Adiós, mamita

jueves 26 de febrero de 2026
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Pasadas las cuatro de la tarde, salía de casa. El largo pelo negro lo llevaba suelto. Le resaltaban las pestañas largas y pulidas, los ojos marrón, un cuerpo estilizado y con buenas formas, certificando una presencia que no pasaba desapercibida. Usaba vestidos cortos, bastante ceñidos, que realzaban su buena apariencia, zapatos de tacón alto y una carterita que le colgaba alegremente del hombro desnudo. Al pasar frente al corrillo de muchachos, todos paraban sus juegos, contenían la respiración, exclamaban al unísono alelados “adiós, mamita”, sin dejar de mirarla, hasta que se perdía de vista. Mientras pasaba, camino de la parada del bus, mantenía la mirada a lo lejos, ajena a los halagos, a las miradas, sin sonrojarse, sin sonreír, imperturbable en su camino, sin hacer ninguna ostentación, consciente de su porte y de su presencia.

Se bajaba en el centro de la ciudad, empezaba a deambular por entre los almacenes, entraba en uno que otro, se probaba unos zapatos, una falda, preguntaba por telas y tejidos, a veces compraba algo que estaba necesitando, pero la mayor parte de las veces era una forma de gastar el tiempo, dejando que pasaran los minutos, que se hacían largos, como si se hubieran multiplicado. Cuando empezaba a oscurecer, iba a la cafetería que quedaba cerca de la calle seis, pedía un café con leche, un croissant. Comía lentamente, con gran pulcritud, masticaba bocados pequeños, saboreaba cada porción, se limpiaba con delicadeza, tomaba los sorbos de café silenciosamente, como una princesa de una película antigua.

Cuando terminaba, iba al baño, se hacía un pequeño retoque del maquillaje, se volvía a sentar con gran dignidad, prendía un cigarrillo, lo fumaba pausadamente. Una vez lo terminaba, pagaba y se iba caminando, sin gran prisa, rumbo a una zona algo alejada, llena de penumbra, ni cerca ni lejos del centro de la ciudad. Se apostaba en una saliente de una de las casas, recostada contra una pequeña columna, en actitud confiada, preparada para una larga espera.

Tendría diez y seis años a lo sumo. De lejos aparentaba mayor edad, más frescura, un aire desenvuelto, de mujer decidida. Si se le miraba de cerca, bajo la luz, se le notaba lo joven que era, con pequeñas arrugas alrededor de los ojos, en las comisuras de los labios, la piel reseca, acartonada, producto de las horas a la intemperie, del trasnocho diario, del ajetreo amoroso. En la zona donde se hacía, se apostaban otras mujeres, de diferentes edades, con distintos portes, unas más insinuantes, otras medio recatadas en la penumbra. Cerca de ella siempre estaba una mujer de unos treinta años, que se veía que estaba curtida en estas lides. Pensaba que de alguna manera la cuidaba. En ocasiones, la mujer mayor se acercaba al sitio donde permanecía. Sin decir palabra, le ofrecía o le pedía un cigarrillo, lo encendían, fumaban en silencio. Luego volvía a su lugar. Lo entendía como una señal, una indicación de que estaba pendiente de ella. Siempre sentía temor. Podía pasar que la violaran, que se la llevaran a la fuerza, la mataran, la dejaran tirada en una zanja. Ya había pasado con otras chicas. Nada indicaba que no podía volver a suceder.

El temor empezaba a asaltarla desde el momento en que terminaba su café y se dirigía al sitio de su emplazamiento. Sentía una molesta sensación en el estómago, la invadía la inseguridad, pero no tenía otra opción. No en ese momento. Siempre pensaba que podía hacer algo diferente, tener otro oficio. Buscar trabajo en un almacén, en una tienda, en una oficina. Las pocas veces que lo intentó, le dijeron que no. Tal vez de ahí le venía el desánimo por probar de nuevo. El poco dinero que recibía, lo escondía lo mejor que podía, para tratar de salvarlo de un ocasional maleante, de algún asaltante nocturno. Tampoco de eso estaba exenta. Su temor crecía a medida que avanzaba la noche, pensando en el regreso a las tres o cuatro de la mañana, hora en que normalmente se retiraba. De esa manera también evitaba que los vecinos curiosos la vieran volver a esas horas.

En su oficio, había aprendido a atender los requerimientos de los hombres, que de manera subrepticia se le acercaban para hacerle una propuesta. Oficinistas, empleados, hombres solteros o casados que querían liberar un poco de libido, que lo hacían rápidamente, que pagaban sin dedicarle una sonrisa o darle las gracias. Tenían cierta carga de culpa. Pensaban que no estaba bien hacerlo, pero tampoco podían dejar pasar la oportunidad de un polvo fácil, barato, sin mayores complicaciones. En la misma cuadra había un hotelito que les permitía tomar un cuarto, sin tener que cumplir requisitos. Bastaba pagar y podían atender al cliente por una hora. Antes de cruzar la puerta del cuarto, extendía la mano, para recibir su dinero, el cual escondía cuidadosamente, no fuera que el mismo cliente se lo birlara.

Unas vecinas del sector donde se apostaban habían hablado con el sacerdote de la parroquia cercana y se propusieron ahuyentarlas del lugar. La primera vez que las vieron venir, salieron corriendo despavoridas, sin saber qué pasaba. Venían en procesión, con cirios encendidos, cantando salmos, esparciendo incienso. El cura venía a la cabeza, rociando agua bendita con el hisopo, en especial en los sitios donde se paraban, como si se tratara de expulsar el mal, de exorcizar el demonio, de conjurar al maligno. La operación se repetía el primer miércoles de cada mes y pronto encontraron la manera de sortear el incordio, durante la media hora, a lo sumo, que duraba el ritual.

Un día de regreso a casa, en la esquina donde solía tomar el taxi, al parecer por casualidad, había uno aparcado, con un joven conductor que la saludó amable y alegremente y se ofreció a llevarla. Evaluó los posibles riesgos, pero pensó que podía ser una buena opción. Hablaron poco. Notó que el joven la miraba con cierta dulzura, en un plan amistoso, adoptando una actitud protectora. El evento se repitió en varias oportunidades, hasta cuando comprendió que el joven esperaba su salida. Una noche él empezó a insinuar un encuentro, algo más íntimo, y ella, que ya lo había pensado, que lo había decidido antes de que se lo propusiera, accedió. No tenían a dónde ir y el poco dinero que tenían no lo podían gastar en un cuarto de hotel. Decidieron que lo harían en el carro. Buscó un sitio alejado y seguro donde podía parquearse sin que fueran molestados. Esa noche, por primera vez, sintió el verdadero ardor del placer y la pasión. Se le entregó sin reservas. Fue una relación de amor, de comprensión, de ayuda mutua, una conexión humana en un mundo donde sólo imperaban el dinero, las malas pasiones, la mentira, el engaño. Pensó, pero trató de desecharlo de inmediato, que se había enamorado del joven conductor.

Estaba pensando en su joven conductor, esperando que apareciera, como se había vuelto costumbre, soñando un poco con que podrían hacer pareja, tal vez dejar el oficio, formar un hogar, tener familia. Las cosas que piensan las mujeres y los hombres cuando están enamorados. Pero él no apareció. Esperó el tiempo que le fue posible, hasta cuando se aseguró de que no vendría. Salió un par de calles más arriba, donde siempre le era fácil tomar un taxi. Camino a casa le vuelve el desánimo, el temor, el malestar que le sube del estómago. Se desahoga llorando a raudales.

Fernando Brito Ruiz
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