Aquello no terminaba de ir bien. Tres veces había llevado su portátil a la tienda de informática situada en los bajos de su edificio. Estaba claro que tendría que ir una cuarta vez, y no le apasionaba la idea.
El chico que atendía el local, aunque parecía buena persona, era muy retraído y las visitas estaban llenas de desagradables silencios, de miradas tímidas e inseguras y de palabras temblorosas. Le hacía sentir nerviosa; no era ella en esos momentos. Intentaba ser más simpática de lo normal y mostrarse cercana. Pensaba que así el chico se soltaría un poco y tragaría aquel nudo que parecía tener en la garganta. Acababa muy cansada.
Por suerte, era domingo, así que podía aparcar ese tema al menos hasta el día siguiente.
Pero estaba claro que algo le pasaba a su ordenador. A Julia nunca se le había dado bien la informática. Lo suyo era el dibujo, el arte, mezclar colores, imaginar perspectivas, pero no los “.exe” ni los “error 404”. Le causaba dolor de cabeza. Es cierto que tenía poca base en cuestión de nuevas tecnologías y a veces la solución a sus problemas era alguna tontería basada en el desconocimiento más que un error informático.
—Nena, he hablado con Luis y los demás y vienen en un rato a cenar a casa —le gritó Elena desde la cocina—. Mañana no tienen clase. Han comprado unas botellas de no sé qué para que las tomemos viendo una peli.
—Vale. ¿Y de comida, qué?
—Pedimos unas pizzas, ¿no?
—Sí, me parece bien. Además, creo que esta vez me toca a mí.
Las dos compartían piso desde hacía dos años, cuando decidieron dejar su pueblo para empezar la universidad en Granada. Julia estudiaba Bellas Artes; Elena, Derecho. Polos opuestos, pero almas gemelas.
Tenían alquilado un piso de dos habitaciones que, de viejo, podría contar la historia del barrio. Pero era la materialización de su ansiada libertad, su despertar a todas las oportunidades y el centro de operaciones de nuevas aventuras. El diseño era mejorable; la experiencia, perfecta.
Luis, Pedro y Ángel también eran estudiantes y tenían alquilada otra vivienda en la planta superior del mismo edificio. De coincidir en el ascensor y cruzarse por los pasillos, empezaron a saludarse cordialmente, hasta que un día Luis y Pedro llamaron a la puerta de las chicas con la excusa de pedir aceite. Desde entonces pasaban casi el mismo tiempo en el piso de abajo que en el de arriba.
Cuando sonaron cuatro golpes en la puerta, Julia no tenía dudas: quien llamaba era Pedro. El sonido de sus nudillos contra la madera era inconfundible.
—Chicas, no os quejaréis: hoy llegamos puntuales —dijo Luis, mientras ondeaba un par de botellas de leche de pantera.
—Y tan temprano. Aún ni siquiera hemos pedido las pizzas —contestó Elena. Recibió a los tres chicos con dos besos y le quitó las botellas de las manos a Luis.
—Salgo ya —anunció Julia—. ¿Pido las de siempre?
Todos asintieron.
—Ah, un momento. Antes te voy a pedir una cosa, Pedro. ¿Puedes hacerme el favor de echarle un ojo a mi portátil? Va lento, demasiado. Antes no iba así. No sé qué le pasa y el informático de abajo no acaba de dar con la tecla.
—Vale —respondió Pedro—. Pero yo tampoco entiendo mucho.
Julia cerró la puerta al salir y bajó por las escaleras; total, vivía en un segundo piso. Al salir del edificio giró a la derecha y pasó por delante de la tienda de informática. Qué pereza tener que venir otra vez, pensó. A ver si hay suerte y Pedro me lo arregla.
Cuando regresó con las pizzas, Pedro ya no estaba trasteando su portátil.
—Julia, yo no he visto nada raro. Creo que va bien.
—Vaya. Otro igual. Parece que soy la única que nota que este ordenador se atranca —dijo con resignación—. Mañana tendré que volver a la tienda del friki ese.
—Se le ve majo, ¿no? —dijo Ángel. Él también había pasado varias veces por la tienda, aunque sólo a recoger algún paquete.
—Sí, no se le ve mala persona, pero es tan... raro. Me mira como si fuera la única mujer que ha visto en su vida. Si me acerco al mostrador y lo miro a los ojos, tiembla y, si tiene que contestar, tartamudea. Yo intento ser maja, mostrarme cercana y sencilla, pero parece que aun así mi presencia lo intimida. Y todo eso se me hace incómodo, porque veo cómo el chaval lo pasa mal.
Al día siguiente, Julia desayunó rápidamente para dejar el ordenador a primera hora en la tienda. Quizá así podría recogerlo al regresar de la facultad. Estaba preparada para salir cuando se dio cuenta de que no encontraba su portátil. Recordaba habérselo dejado a Pedro encima de la mesita auxiliar, junto al sofá, pero allí no estaba. Miró en su cuarto, pero tampoco. Se preguntó dónde podría habérselo dejado Pedro.
De vuelta al salón, rebuscó entre los armarios de la tele. Allí tampoco. En el cuarto de Elena, tampoco. Entonces vio la funda colgada del perchero, junto a la puerta de entrada.
—Qué apañado, este Pedro. Hasta me lo ha guardado en la funda.
Abrió un poco la cremallera, sólo para verificar que estaba allí. Y salió de la vivienda.
Cuando entró en la tienda de informática, lo hizo tal y como se había propuesto: ser un torbellino de energía positiva y rebosar cercanía, todo para que aquel chico se soltase un poco. La agobiaba verlo tan rígido, ahí plantado, sin saber qué decir. Pensó que, si ella era extrovertida y directa, quizá él se atrevería a hablar.
—¡Hola, amigo! Ya está aquí tu pesadilla —dijo en voz alta, haciéndose notar mientras entraba en el local—. Al final nos vamos a ver todos los días.
El empleado se levantó de su puesto como un soldado despistado en plena imaginaria. Sorprendido. Abrumado.
—Sé que me dijiste que el ordenador no tenía nada, pero insisto: no va bien. Se acaba volviendo muy lento, desesperante. Mira a ver si tiene un virus o algo, porfi.
Julia se apoyó en el mostrador, con el escote presidiendo la escena y la cara de niña buena.
—Bueno, yo lo miro. No te preocupes. Pero la última vez que lo analicé estaba limpio.
El chico hacía verdaderos esfuerzos por mirarla a la cara y se frotaba las manos, nervioso.
—Muchas gracias, majo. ¿Cuándo me paso a por él?
¿Majo?, se preguntó, sintiendo el calor en sus mejillas; por qué usó esa palabra con él.
—Pues... en una hora o así. No tengo mucho trabajo ahora.
—De acuerdo. A la vuelta de clase me paso. Oye, tú no vives en este barrio, ¿verdad? No te he visto nunca por aquí, aparte de en la tienda.
Julia no sabía muy bien por qué le preguntaba eso. En realidad, tampoco quería ningún tipo de cercanía con él. Era sólo una manera de suavizar el trato, de crear algo de confianza para que el chico se relajase.
—No. Vivo en un pueblo, a diez minutos en coche.
—Ah, claro. Por eso no te había visto nunca.
Se le acabaron las ideas. Dejó el maletín sobre el mostrador.
—Bueno, hasta luego. Pásalo bien.
¿Pásalo bien? ¿Por qué había dicho eso? Julia salió del local un poco avergonzada. De camino a la facultad repasó el episodio y se encontró patética. Pero enseguida aparcó el tema y se entregó por completo a pintar un bodegón con colores fluorescentes. Pensó que era algo muy actual; quedaría genial en el salón de algún ricachón.
A la vuelta de clase regresó a la tienda. Tuvo que respirar hondo antes de entrar, buscando fuerzas para compartir tiempo y espacio con aquel chico tímido.
—Hola. Ya me tienes otra vez aquí. ¿Lo tienes listo?
El chico se quedó paralizado en su silla. Estaba sentado tras una mesa al fondo del local. Julia pensó que tenía mala cara.
—¿Estás bien? ¿Te pasa algo?
Se levantó torpemente y volcó un refresco sobre la mesa. El incidente sólo consiguió ponerlo aún más nervioso. Sus movimientos parecían alterados, descontrolados.
—Sí, ahora te lo doy.
Se acercó al mostrador con el maletín y lo colocó frente a Julia. A ella le llamaron la atención sus manos temblorosas. Sintió lástima. Ganas de acunarlo como a un bebé. ¿Por qué lo estaría pasando tan mal? No era fea, pero distaba mucho de ser una de esas mujeres cuya presencia detiene el tiempo. Lo habría entendido si hubiese entrado Marilyn Monroe. Aunque, pensándolo bien, ver a un muerto también la haría temblar.
—¿Has encontrado algo?
El chico se puso rojo.
—¿El qué?
—El virus, el problema..., lo que sea.
—No hay nada. El ordenador no tiene ningún fallo. Quizá deberías cerrar pestañas abiertas. Ralentizan mucho.
Miraba al suelo mientras hablaba y hacía girar un bolígrafo sin control entre los dedos.
—Bueno, lo intentaré así. ¿Cuánto te debo?
—Nada. Invito yo.
Le costó sacar las palabras. Levantó la mirada apenas un instante y la miró a los ojos. Fue sólo un segundo, pero a Julia le provocó sorpresa.
—Muchas gracias. Eres un encanto.
¿Un encanto? ¿Desde cuándo usaba ella esa palabra? Cogió el maletín y salió del local rumbo a su casa.
En casa se preparó un café, le echó canela y puso música. Empezaba a sonar Hate Street Dialogue cuando abrió su portátil. Entonces lo vio.
—¿Qué? —exclamó, aun sabiendo que estaba completamente sola en el piso.
Sobre el teclado reposaba un preservativo. Tuvo que mirarlo varias veces para asumirlo. En realidad, había dos cosas: un preservativo y un mensaje.
Hubiera querido que Elena estuviera allí para compartir su sorpresa. Pensó que, después de todo lo tímido que era el dependiente, para otras cosas parecía lanzado. ¿Cómo había sido capaz de hacer algo así? ¿Había sido culpa suya? ¿Se había insinuado tanto como para provocar aquello?
No. Tras su máscara de timidez se escondía un sujeto audaz y descarado. ¿Quién haría algo así si no? Seguro que era un pervertido tras esa fachada de inseguridad. Quizá incluso era su estrategia para ligar. Vulnerable primero. Directo después. Le dio asco. ¿Cómo iba a volver a pasar por esa tienda?
No podía quedarse sola con ese pensamiento.
Dos horas más tarde salió de casa. Había quedado con un amigo.
Al salir del portal giró a la derecha, por costumbre, pero al darse cuenta de que debería pasar por delante de la tienda de informática, rectificó y se fue hacia la izquierda. El rodeo era considerable. Llegaría tarde. Pensó en la parada de autobús que utilizaba a diario, justo al lado del local. ¿Qué iba a hacer a partir de ahora? La idea de cruzarse con él le provocó miedo, asco y vergüenza.
En el bar, Juan la esperaba leyendo. Le contó todo. Rieron juntos y eso la tranquilizó.
De vuelta a casa agradeció que el local estuviera cerrado. El escaparate dejaba ver el puesto de trabajo del empleado, desde el que se dominaba aquel tramo de calle. Desde allí no se le escapaba nada.
Se le erizó la piel al pensar que, durante dos años, él podría haberla visto pasar una y otra vez, como si su vida transcurriera ante su escaparate. ¿Y si nunca le había arreglado el ordenador a propósito, sólo para obligarla a volver una y otra vez?
Al abrir la puerta oyó risas. Pedro, Luis, Ángel y Elena jugaban al parchís. Saludó desde la entrada.
Se sentó en el sofá, lista para contarles la historia del portátil. Seguro que se echarían unas risas, pero Pedro habló primero.
—¿Qué tal con Juan? —preguntó Pedro—. ¿Habéis usado ya el regalito que te dejé anoche?
—¿Qué regalito?
—Lo dejé en tu portátil. Un preservativo fluorescente. En la facultad los estaban repartiendo y os guardé uno a cada una.
—¿En serio? —murmuró, sintiendo cómo la vergüenza le subía a las mejillas.


