Le quito la cáscara con los dedos, el olor me seduce, las papilas salivan con ansiedad, desprendo un gajo, lo muerdo con cautela y la dulzura de la fruta me llena de una felicidad nueva. Tengo doce años y es la primera vez que pruebo una mandarina.
—¡Vamos a montar! —la voz de Sara me invita a seguir probando el mundo rural.
Dirijo la mirada hacia ella, que apunta al camino principal. Hago una visera con mi mano y lo veo. A lo lejos, uno de los trabajadores del fundo viene hacia nosotras con un caballo a cada lado. Los trae de las riendas y, a medida que se acerca, siento que es mi corazón el que se adelanta a lo que pronto será un galope. Nunca me he subido a un caballo, ni siquiera a esos de los parques donde son los padres quienes los guían.
El trabajador resulta ser un chico más o menos de nuestra edad. Lleva un sombrero de paja que apenas cubre su pelo castaño y frondoso. Está muy bronceado y sonríe de medio lado, como si se burlara.
—¿Todo listo, Ñando?
—Como siempre, niña Sara.
—¡Ya poh, déjate de eso de niña! Este año cumplo trece.
—Bueno, pué, niña Sara de trece.
—¡Ay, se me olvidaba que erís tan pesao!
Él instala su mirada verde en la de Sara y veo que ella no pretende bajar la suya. Así están, como midiéndose hasta que uno de los caballos resopla y yo pego un salto.
—La está saludando —dice Ñando al ver mi expresión de terror—. Quiere salir a pasear.
Yo miro el tamaño del animal y pienso que le llego poco más arriba de los muslos; que si me bota y me pisa...
—¡Pero no tiene silla! —la frase surge desde dentro de mí como un escudo de protección. Inservible, por cierto.
—Se llama montura —aclara, y yo enrojezco.
—Es que vamos a montar a pelo, Lola —Sara y el chico se miran. Se ríen de mí y el estómago se me contrae. Claro, ella viene dos o tres veces al campo con su familia. Siembra, cosecha, vacaciones.
No puedo dejar de mirar a Ñando. Creo que me gusta. No, lo sé. Imagino sus manos ásperas en las mías, su respiración en mi cuello, su beso blando. Vuelvo a sentir el calor en la cara y miro hacia otro lado. Sara es especialista en comentar cada vez que me sonrojo. Por suerte no se da cuenta.
Ñando nos ayuda a subir a los caballos. El mío es un poco más alto que el de Sara. Ñando me da las instrucciones (siente el cuerpo del caballo con tus piernas, comunícate con él con suavidad, las riendas son para dirigirlo, confía) y comenzamos a cabalgar. Estoy muy nerviosa durante los primeros pasos. Después me dejo llevar. La sensación de haber crecido en segundos, el sol en la cara, el aroma a tierra húmeda, provocan en mí un sentimiento de libertad incomparable. Sara se adelanta y yo la sigo. Un rato después avanzamos entre los manzanares hasta que ella inicia el trote. Mi caballo copia al suyo, no puedo controlarlo y nos internamos entre los árboles al galope. Agacho la cabeza para no perder un ojo (los consejos maternos permanecen). Río hasta que me deslizo por las ancas y caigo. Veo alejarse al animal y parece una escena sacada de una película. El suelo está blando con la lluvia nocturna y una cascada de risas sube desde no sé dónde hasta mi garganta. Río, río, río. Un par de pájaros se echan a volar. Vuelvo caminando al lugar donde iniciamos el paseo. Es extraña la sensación de bajarse. Imagino que camino con las piernas abiertas, pero es sólo la sensación.
Ñando y Sara fuman y comen mandarinas. No me hablan.
Tengo celos. Se ven tan felices y yo me siento al margen de ellos. Me ofrecen un cigarrillo y a la primera calada la tierra se me viene encima. Desde el suelo oigo las risas y cierro los ojos para no vomitar. No sé a qué hora despierto, pero sé que es tarde. El sol se esconde tras el cerro, he perdido el día. ¿Por qué aún estoy ahí? ¿Nadie me habrá visto?
Una corriente de viento agita las hojas, mi pelo y mi cuerpo. No tengo frío, pero estoy enojada. No entiendo por qué Sara hace esto. Me invitó para reírse de mí o qué. Me incorporo y oigo un llanto cercano, pero no hay nadie. Camino hacia un pastizal que está frente a los manzanos. Un movimiento en medio de las ramas me alerta. Es una enorme vaca que mira fijo hacia un lugar cercano a mí. Muge y yo quedo abrumada por algo que me parece un lamento o un aullido.
El silencio del campo es ensordecedor. Estoy pensando en eso cuando comienza un crepitar de cortezas, grillos y otros insectos que no reconozco. Los oigo acercarse a mí en un concierto extraño, diferente; un único zumbido que me remece. Me siento y dejo que la luna me bañe con su luz. Es enorme, debe ser noche de luna llena.
A mamá le gustaría estar ahí conmigo. No sé por qué, pero pienso en ella. Ama el campo. Nació y creció en la Araucanía, tierra chilena original de los mapuches. A los veinte se fue a estudiar diseño a la ciudad y no pudo volver hasta años después, cuando la muerte de uno de sus hermanos. Tengo un leve recuerdo de ver a un montón de gente vestida de negro, un cajón y un parrón donde varios niños juegan a la gallinita ciega. Hablan en susurros y un hombre le da un cachetazo a una chica de falda corta por encender la radio. La apaga y nuevamente se eleva el rumor de las mujeres rezando el rosario. No sé en qué minuto vuelvo a casa. No sé si mi padre nos espera. No sé bien qué ha sucedido.
Tiempo después viajamos al velorio del angelito, Joaquín, un primo de mamá. No había cumplido los tres años cuando se cayó en una acequia y se ahogó. Esa vez vi al muertito. Sentado en una mesa, parecía un muñeco envuelto en una manta blanca, pero la cara tenía color cera. Alguien le puso alas y cuando pregunté para qué, una mujer llena de surcos en la cara me dijo que así iba a subir más rápido al cielo. Todavía sueño con Joaquín.
Estoy cansada. Siento cómo la humedad se filtra por mi ropa interior hasta tocar mis glúteos. Una hormiga me pica la ingle, me la sacudo, levanto la falda y veo una corrida de ellas caminando cerca de mis piernas. Todas llevan una carga menos la que me picó, claro. Quizás era la hormiga-cigarra, la que no trabaja. La que decide ser una aventurera y no se preocupa del sustento de mañana. Presiente que no faltará alimento, que los caminos y las montañas están para ser escalados, para descubrir qué hay más allá antes de que una mano o un pie la pisen y no alcance a ver el resto del mundo.
Me gustan más las hormigas que las vacas.
Pero la vaca sigue ahí, inmóvil. El mugido aún resuena en mi cabeza y por un momento pienso que ese ruido, extraño y profundo, es un mensaje. En alguna parte leí un cuento sobre cómo una vaca revolucionaba al resto de la vacada adulta y escapaba del campo, pero como no había quien las ordeñase debían volver. ¡Qué frustración! Me pregunto si me está hablando, si dependen de las personas para satisfacer sus necesidades como nosotros lo hacemos con ellas o sólo sucede lo que sucede porque es una fantasía y no hay terneros en ella.
Las sombras de los manzanos se alargan con la última luz del sol. Pienso en mamá otra vez. En cómo baja la voz cuando recuerda la casa de su infancia, en cómo su rostro se entristece cuando habla de los fantasmas de sus hermanos. En los rezos susurrados por las abuelas, en los ojos borrachos de los hombres. Quizás sea por eso que nunca hablamos de la muerte en casa, como si al nombrarla la estuviéramos llamando para que se llevase a alguien.
Escucho otra vez el llanto y de pronto me veo en el ataúd. No siento el cuerpo. Sólo mi mente enfoca lo que sucede como en una pantalla de cine. Los padres de Sara y los míos se consuelan mutuamente. Después de un sollozo que parece no detenerse jamás, mamá quiere culparlos, pero papá dice: “Un accidente es un accidente”. Entonces ambos se comportan con dignidad. Mamá extrae galletas de una bolsa, las pone en un plato de plástico y se las ofrece. Papá hace otro tanto con un termo y tazas de café. Aparte de ellos, la capilla se encuentra vacía. Una cruz gigantesca cuelga en dirección a donde me encuentro. Si no estuviera muerta, en cualquier momento podría morir cuando la cruz cayera sobre mí. Río y luego. Luego pienso que no he tenido tiempo de hacer amigos, tener un novio, una familia, conocer el sexo. Sí, estoy muerta y la vida que imaginaba después del campo no existe. ¡Claro, la caída! Y nadie se dio cuenta. Tengo una tristeza inmensa y lloro, lloro hasta comenzar a toser. Tengo barro en la boca, lo escupo y sigo tosiendo.
Sara y Ñando aparecen entre los árboles, caminan sin apuro. Se detienen al verme sentada en el barro. Sara frunce el ceño y se acerca.
—¿Dónde te metiste? Te buscamos.
No digo nada. No estoy segura de que sea cierto. Quizás sí me buscaron, pero sin demasiada urgencia. O tal vez sabían que volvería sola.
Ñando me lanza una mandarina. La atrapo torpemente, con las manos embarradas. Sara me mira con sus ojos oscuros, inmensos. Espera que la enfrente, que la mire feo o que me enoje. Pero sólo me llevo la fruta a la nariz y respiro. El olor dulce me reconforta. Me recuerda que estoy aquí, que puedo sentir la tierra mojada y ver la luna sobre mi cabeza.
Le quito la cáscara con los dedos, el olor me seduce, las papilas salivan con ansiedad, desprendo un gajo, lo muerdo con cautela y la dulzura de la fruta me llena de felicidad.
- Mandarinas - jueves 12 de marzo de 2026


