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Fosa séptica

jueves 19 de marzo de 2026
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Hoy está bonito, pero esto es un sueño y uno no sabe cuánto va a durar. A mí, en lo personal, lo que me ayudaba a estar alejado de los problemas era mi trabajo, que siempre tuvo un extenso y prolongado horario. Si alguien me llamaba —“quiero que me hagás este piso, que me rompás estas paredes, que me cambiés el techo”— yo entraba a las siete de la mañana y salía a las seis de la tarde. Cuanto más temprano terminaba, mejor era para mí. Ya me había acostumbrado a no salir a los pasajes, especialmente cuando trabajaba en otra colonia. Directo a la casa. Ni puerta ni ventana abría.

En ese entonces, cuatro años antes del Régimen de Excepción, mis dos hermanos y yo trabajábamos en San Antonio, una colonia algo retirada de aquí. Entonces, un amigo me llamó. Él tenía bastantes conexiones con ingenieros y necesitaban un trabajo en Acajutla, que es otro departamento. Normalmente yo habría dicho que no, pero me dijo que íbamos a limpiar la fosa séptica de un restaurante en una zona comercial. Una semana de trabajo. Bien pagado. En mi mente: sacamos la “m” y nos vamos como el viento. Mi mamá nos prestó su Corolla, que era humo, pero nos movía.

Ya habíamos dado nuestros datos en la oficina acá en la zona central, y esos datos los habían faxado para Sonsonate; para cuando llegáramos allá, ya los tenían recibidos. Llevábamos nuestros documentos para verificar que los encargados del trabajo éramos nosotros. La Carretera Panamericana se movía lentamente con la salida de trabajadores de la capital. El camino se volvió nebuloso al caer el crepúsculo. La selva a cada flanco se transformó en un cuerpo deforme de oscuridad.

Llegamos de noche —por ley, teníamos que trabajar sólo de noche— y empezamos la jornada a las nueve. Teníamos parqueo de parte del restaurante, y el carro quedaba dentro de un portón. Sacamos las palas y la chicadora del maletero, y un vigilante nos llevó al patio al lado del restaurante, que estaba a un extremo de un muelle y con nexo a un mirador para ver el mar. Armamos las extensiones para tener luz afuera, porque ahí no había.

Uno de los profesionales, al que le decían Mula, ya había abierto un agujero —tenía tres años trabajando con pozos— y nos dijo:

—Tenemos una semana para sacar toda la suciedad que hay en el fondo. Primero vaciamos el agua con la chicadora para que no se vaya a hundir ninguno ahí abajo. La tubería ya colapsó. Como ven, llegó a su límite.

Se agachó, quitó la escotilla, y en el instante salió un mal olor.

—¡Púchica, huele a muerte, va! —exclamó Neto, mi hermano menor, tapándose la nariz.

—Sí —dijo Mula—. Cada pozo tiene un olor diferente.

—¿En qué sentido? —preguntó Mano, el mayor de los hermanos.

—En el sentido de que ningún cuerpo es igual.

Yo solté una risa fuerte:

—¡Cabal! No hay nada como trabajar con las manos limpias.

Mano agarró la pala con decisión y le lanzó un desafío amistoso a su hermano menor:

—¿Comenzamos?

Neto y Mano bajaron al hoyo. Desde arriba, Mula bajó la chicadora a dos bidones grandes de plástico y yo bajé un cubo con una polea. A medida que se recuperaba el cubo lleno de estiércol, Mula lo vaciaba en bolsas negras, las cuales metía dentro de sacos de nylon. Esa primera noche trabajamos bien.

El amanecer despuntó la jornada. Nos lavamos las botas en el chorro al lado de la puerta del patio, y en la calle andaban niños corriendo alegres con bicicleta. Parecía un pueblo vivo. Mano le dijo a Neto que se miraba sano. Regresamos al carro para dormir el día a la vez que los primeros clientes llegaban a desayunar en el restaurante.

El foco se encendió y los hermanos regresamos al patio. Al entrar, hallamos a dos tipos tomando en el mirador, y rápidamente echamos de ver que no eran buenas personas. El más bajito tenía una botella de guaro en la mano y los shorts le llegaban hasta la mitad de las pantorrillas. El más alto estaba tatuado de pies a cabeza. Los dos llevaban Nike Cortez iguales.

—Mano... —susurró Neto.

—No les mostrés tu DUI —dijo Mano, apartando la mirada.

Yo noté la botella de guaro.

—Mala vibra, va. Tal vez más tarde, cuando el alcohol haga efecto, no les agrade tenernos acá.

Neto y Mano volvieron al hoyo. Yo reanudé mi tarea, bajando y subiendo el cubo de estiércol. Mula permaneció en silencio, vigilando la chicadora y amarrando los sacos de nylon. Así trabajábamos, de manera anónima, como si pudiéramos desvanecernos en la mecánica de la labor.

Cuando el cubo ascendía, oí al bajito quejándose con el alto, y puse oído para captar sus palabras, dejando que el cubo cargado tirara de la cuerda y la polea, balanceándose precariamente sobre mis hermanos.

—Puta, no tengo cigarros. Y ese Don Fulano de la tienda debe estar dormido.

—¿Vos querés que le toque la puerta?

—Ya no te va a abrir.

—¡Eh, hermano! —dije—. ¿Querés cigarro?

Mis hermanos casi se desmayan de la sorpresa.

—Si querés, fumá —y le ofrecí uno de mis cigarros al bajo, de modo que él también quedó sorprendido por mi atrevimiento y miró el cigarro con desconfianza.

—Pero yo fumo un vergo —dijo el pandillero.

Yo mantuve el tono casual:

—Dele, acabásela.

—¿Y si me la acabo...?

—Dele, hombre. Hay otra. No hay problema.

La sospecha se disipó y el pandillero tomó el cigarro.

—Buena onda, lo aprecio.

En cuanto el cigarro salió de mi mano, yo ya me había vuelto hacia el otro, que seguía sin mostrar ningún cambio en el semblante.

—¿Qué música querés oír? ¿Querés oír música? Ahí está, viejo. ¿Qué va a ser? ¿Corrido, ranchero, va...?

Saqué una bocina del bolsillo de mis pantalones caqui y se la ofrecí al pandillero, quien la tomó sin vacilar.

—Poné Los Tigres del Norte —dijo.

Saqué mi teléfono.

—Un mix para pistear, como dicen nuestros primos.

La canción “Fallaste corazón” sonó desde la bocina.

Al bajo le impresionó:

—Te ganaste mi respeto, cabrón. Buena onda, mi puta. Y con cigarro y con musiquita.

—No es nada. Yo sé lo que es andar deseando el cigarro porque yo fumo.

Yo incliné la cabeza y regresé a la fosa, inflado de victoria. Mientras descargaban el cubo de estiércol y lo bajaban por la polea, aliviando la tensión en la cuerda, les guiñé el ojo a mis hermanos.

—Prefiero la cumbia —refunfuñó Mano, medio en broma.

Trabajábamos al son del corrido.

Antes de que terminara la canción, varios BMW X5 frenaron en la calle junto al patio. Quince de la MS-13 bajaron, armados con curvos y AK-47, e invadieron el lugar. El líder, con los ojos desorbitados, corrió hacia nosotros echando espuma por la boca.

—¿Qué están haciendo aquí, hijos de la gran puta?

Los hermanos, petrificados, no nos movimos ni hablamos. El líder se dio vuelta y, con la cólera que traía hacia nosotros, descargó su ira pegándole una patada al pandillero —al que yo le había regalado cigarros— en las espinillas.

—¡Tenemos un día para tomar! No es cuando vos decidís.

El bajo cayó al suelo, aterrizando en la tierra mientras la botella de guaro se derramaba a su lado.

—Pensé... como ya es la una...

Los ojos del líder se le salían de bravo, y le pisoteó el pecho con saña.

—¡Vete a la verga!

Se volvió de nuevo hacia nosotros, que ya teníamos la piel erizada, pensando que algo iba a pasar.

—¿Y ustedes, qué pedo?

—Andamos trabajando —replicó Mano rápido y con miedo—. Trabajándole, buey, trabajándole. Estábamos sacando de adentro estiércol, o sea, mierda con colorines, va. Es una fosa séptica la que estamos vaciando.

—Sólo que llenábamos unas bolsas negras —seguí yo—, y las metíamos dentro de sacos de nylon, porque con un pincho se salía todo...

El líder vio el montón de sacos afuera y, con tono de interrogatorio prepotente, nos preguntó:

—Pero una cosa les voy a decir: ¿qué piensan hacer con ese vergo de sacos?

—Supuestamente —replicó Mano—, el restaurante va a hablar con el camión de la basura para que se los lleven.

—Ok, voy a decir una cosa y que les quede bien claro: aquí no se fuma y no se toma.

Yo acababa de prender un cigarro y me disolví ante su mirada.

—Perdón, no sabía. Lo voy a botar.

—No, no, no, no. Cigarro no hay problema. Ni marihuana ni tomar.

Mano intervino:

—Nosotros, cuando trabajamos, no tomamos. Y vicio de marihuana ninguno de nosotros tenemos: ni yo, ni mis hermanos, ni los profesionales.

Una sonrisa se asomó en el rostro del líder.

—Basta bueno.

Ahora serio, se volvió al pandillero bajito:

—Mañana vamos a arreglar esto.

Con eso, se aprestaron a marcharse, mientras nosotros nos quedamos inmóviles del miedo. Uno de los bichitos, que no tendría más de doce años, le pegó una patada al zapato de Mano y lo miró fijamente con odio.

—Te libraste, cabrón —escupió.

El niño ya se iba a retirar, pero se detuvo en seco, como un sabueso que encuentra un rastro. Sus ojos hambrientos se clavaron en la pantorrilla de Mano, y le apuntó con su curvo.

—¿Qué es eso, cabrón?

Todas las miradas se fueron a la pierna de Mano. Temblando, él subió el pantalón, revelando un tatuaje.

—Es una rosa. Mirá: “Rosa María”. Es el nombre de nuestra abuela. Ella nos crio.

El niño presionó la hoja del curvo contra el tatuaje, clavándole la mirada a Mano, probándolo. El líder, al ver suficiente, gritó:

—¡Vámonos!

El bichito retiró el curvo y sonrió de manera escalofriante.

—La Mara nunca olvida.

El amanecer despuntó la jornada. Mientras los hermanos dormían, yo soñaba que oía a alguien cavando tierra. Esa impresión se mezclaba con la de la selva, la misma que se cernía gigante a ambos lados de nuestro trayecto hacia Acajutla.

El foco se encendió y los hermanos regresamos al patio. Neto hundió la pala en el estiércol, lo echó al cubo, que subió por el pozo hasta la cima, donde yo, agarrándolo, lo vacié en una bolsa negra antes de amarrarla con un saco de nylon.

Eché un ojo al mirador donde ayer habían estado los dos pandilleros, pero no estaban.

—Quizás les dimos lástima al ver el trabajo que hacemos —dijo Neto.

—La Mara nunca necesita excusa para matar —dijo Mano—. Nos matarían sólo por ser de la colonia contraria.

—¿Pero cómo lo sabrían?

Mano no respondió. Yo, oyendo a mis hermanos sin hablar, me volví sombrío y la mente se me oscureció.

—¿Quién más, si no hay Dios?

Al acabar la jornada, nos acercamos a la llave en la entrada del patio y nos turnamos para limpiarnos las botas y la cara en el chorro.

El amanecer despuntó el día. Mano y Neto dormían, pero yo no pegué un ojo. Escuchaba y veía muchas cosas extrañas. Oí el sonido de un documento imprimiéndose, e imaginé una máquina de fax en algún despacho de ferretería. Vi el número 18 pintado en la pared, y de un solo reconocí que era la insignia de la pandilla en el mural de nuestra cancha. Luego oí otra vez el sonido de tierra removiéndose, pero en lugar de la selva, vi a los clientes desayunando en el restaurante y sentí la necesidad de advertirles sobre una tormenta que se venía.

El foco se encendió y los hermanos regresamos al patio. Mano cortaba las piezas. Yo, como entendía bastante de fontanería, bajé al hoyo para armarlas, mientras Neto estabilizaba las uniones entre los tubos que llevaban hacia los bidones plásticos.

Alcé la mirada y vi, dibujado en la luz del foco, el contorno del chamaco, al que no había vuelto a ver desde que lo agarraron a patadas dos noches atrás, haciéndome señas de que lo siguiera.

—Voy a jalarme un diez —le dije a mi hermano menor y, subiendo del hoyo, agarré una bolsa de chicharrones para no llamar la atención.

Los dos nos sentamos en sillas plegables, algo apartados de los demás trabajadores, y ninguno habló hasta que metí la mano en la bolsa.

—¿No te da asco comer con ese olor a mierda? ¿No se te revuelve el estómago?

—Sí, pero es más satisfactorio saber que, aunque yo tengo el olor a mierda en las manos, mis hijos tienen pan en la mesa. Si no tengo el olor a mierda en las manos, mis hijos no tienen pan en la mesa.

—Ah, tenés hijos.

—Sí, tengo dos.

—Ah, lo que hace uno por los hijos.

—Es cierto, va. Como dice el refrán: las penas con pan son menos.

Lancé miradas de reojo a mi compañero, tratando de leerle el humor. Hablaba distraído, sin verme ni una vez. Algo lo inquietaba.

—Me fui afligido aquella noche —siguió el pandillero.

—¿Por qué?

—Porque ellos se quedaron con ustedes.

—No, fijate que tranquilo. Sólo nos dijeron que no fumáramos, que no tomáramos, y que los sacos los sacáramos rápido porque aquí es zona turística.

—No, no te equivoqués. Ese cabrón no es buena persona. Es mi primo. Es mi líder. Es la peor basura que puede haber.

—Pero fijate que buena onda, porque vio que estábamos trabajando y sólo les dijo a los demás: “Vámonos”. No nos fregaron. Se ve que es buena persona, que reconoce que estamos trabajando, ándale pues.

—Te voy a decir algo.

El pandillero me miró fijo debajo de las cejas fruncidas, y juraría haber visto lástima en su brillo.

—¿Cuánto trabajo les falta?

Titubeé:

—Eh... Cae lo grueso. Sale el agua por el filtro. Las cosas se manejan por etapas, a modo de que al final sólo quede el lodo.

—Andate ya. Andate ya.

Las palabras apenas fueron susurradas, pero a mí me cayeron como truenos.

—¿Por qué?

—Porque me has caído bien, cabrón. Me regalaste tu cigarro. Me dijiste que tenés dos hijos. Por amor a tus hijos, andate. Y dejá las herramientas, porque si ustedes comienzan a sacarlas, van a echar de ver que ya se van. Ahora los van a venir a matar. Ahora mismo están cavando el hoyo donde los van a enterrar. Porque ustedes son de la comunidad -------, ¿o no? ¿No son de ahí?

Respondí como en trance:

—Sí, es verdad.

—Aquí averiguamos. Y si estos días a ustedes no les han dado vuelta, ¿sabés por qué? ¿Qué día es hoy?

—El 13.

—Porque hoy es 13. Y ustedes son la ofrenda de esta noche.

No pude hablar; la noticia me había dejado sin sentido. Mecánicamente me levanté y, cargando la muerte como un peso enorme en los hombros, caminé despacio hacia el hoyo, donde mis hermanos trabajaban con la gracia de la ignorancia. Entonces me arrodillé y agarré uno de los tubos.

—Ellos saben dónde vivimos. Esos sabuesos siempre lo supieron.

Neto se estremeció:

—¿Cómo?

—Calma. Sigan trabajando como si nada.

Bajamos la cabeza y manipulamos las piezas sin realmente hacer nada con ellas. Mano respiró hondo:

—¿Qué está pasando?

—Hoy es 13... y somos el sacrificio.

Neto tartamudeó con enojo:

—¿Qué significa eso?

—Los bichos dicen que entregan almas al demonio... y hoy es su fecha para hacerlo.

Neto, sintiendo algo parecido a un terremoto en las tripas, dejó de estabilizar las uniones y, mirando con miedo primero a Mano y luego a mí, soltó:

—Yo no quiero entregar mi alma al demonio.

—Cabal —le dije con simpatía.

—Tenemos que irnos, pues.

Levanté la vista por primera vez desde el inicio de la conversación:

—Nos van a echar de ver si nos vamos. Acajutla no es como en casa... ¡Es inmenso!

—¿Entonces qué?

—Decimos que vamos a comer, pero con disimulo —dijo Mano.

—¿Y las herramientas?

Recordé lo que había dicho el pandillero.

—Levantamos sospechas si las llevamos.

—¿Pero la chicadora? Nos va a costar.

—Sacamos las palas. Pero si ven que sacamos todo el equipo, nos van a joder. Cuesta dejar las herramientas, pero vale más la vida.

Neto y Mano abrieron la llave en la entrada del patio y se lavaron las botas en el chorro. Mula me preguntó:

—¿Ya terminaron?

—Todavía no. Vamos a ir a cenar. Ya son como las doce de la noche.

—Órale.

Me lavé las botas en el chorro. Luego, los tres hermanos salimos del patio y nos dirigimos al estacionamiento.

En medio de la calle nos esperaba uno de los bichitos en bicicleta. Al vernos, pedaleó hacia nosotros. Le susurré a Mano:

—Yace mal el perro.

El chamaco preguntó:

—¿Ya se van?

Neto dio un paso adelante:

—No... a buscar comida.

El chamaco se inclinó para vislumbrar el patio vacío que habíamos dejado atrás, y nos devolvió la mirada con una sonrisa fatídica:

—Es un buen día para trabajar.

Seguimos caminando con miedo. El vigilante en la entrada del estacionamiento abrió la reja. Avanzamos. Cuando la reja se cerró, volteamos a ver al mismo chamaco, sentado en su bicicleta, levantando un teléfono hacia el oído.

Subimos al Corolla. Mano metió la llave en el encendido para arrancar el motor. Todos guardamos silencio. El motor tosió, pero no arrancó. Mano lo intentó de nuevo.

—Dale, dale, dale —rezó entre dientes.

Lo intentó otra vez. El motor tosió, pero nada. Mano dejó de forzarlo, y un silencio aún más pesado infundió el carro. Desde el asiento del pasajero, le lancé una mirada a mi hermano mayor.

—Mano, ¿qué hacés?

Por la ventana trasera, Mano todavía podía ver al bicho en la bicicleta detrás de la reja. Respiró hondo, exhalando lento. Luego volvió a girar la llave. El motor rugió al encender. Los hermanos casi rugimos también, pero nos contuvimos porque aún estábamos en la boca del lobo.

Condujimos sin prisa hacia la reja. El vigilante la abrió. Al otro lado, el chamaco miraba el carro mientras avanzaba despacio a través de la reja y pasaba junto a él. Incluso cuando ya íbamos a unas calles del patio, Mano mantuvo el carro a un ritmo constante. El chamaco se nos pegó en la bicicleta, llevando el mismo paso que la Corolla. Mano no se atrevió a ir más rápido, pero todos oramos en silencio que pudiéramos marcar la mayor distancia posible de ese lugar.

Quedaron unos túmulos y logramos salir a la carretera, en dirección contraria a la calle. Pero el chamaco seguía pegado.

Topamos con un semáforo en rojo y tuvimos que detenernos. El cipote se acomodó a nuestro lado. Paralizados por el miedo, lo miramos. Él nos miró a nosotros. Luego hizo un gesto con las manos, extendiendo los dedos índices y meñiques a los lados de su cabeza como cuernos: la marca de la MS-13.

El semáforo se puso en amarillo. Mano no esperó. Metió quinta de una vez. El motor rugió; el carro salió disparado, y, echando miradas rápidas al retrovisor, Mano vio cómo el chamaco se hacía cada vez más pequeño.

Pero todavía estábamos en Acajutla. Contuvimos el aliento, sin atrevernos a exhalar. El carro chillaba en las calles. A lo lejos vimos la frontera de Acajutla desvanecerse en la espesa oscuridad de la selva... esa masa inhumana... nuestra salvación.

Mano no levantó el pie del acelerador ni un momento. El carro rugía como una bestia salvaje. Nos aferramos a los lados. La adrenalina burbujeaba como magma en nuestros corazones. Las calles se desgarraban en la inevitable selva. El camino por delante estaba oscuro. Estallamos en gritos de éxtasis desenfrenado. Neto golpeó los muslos con las manos y gritó:

—¡Puta Corolla!

La luz del amanecer iluminó el camino hacia Soyapango.

 

***

 

Estaba dormitando en una silla junto a la puerta abierta cuando un local pasó frente a la ventana.

—Regalame un cigarro.

Me desperté.

—¿Qué onda, Feo?

Metí la mano en un frasco sobre la mesa, saqué un paquete de cigarros y se lo di a mi vecino, que siguió su camino. Luego me estiré al sol. Bonito día, pensé.

Salí al pasaje. Una señora y su cipote pasaron, y los saludé con alegría. En el pasaje perpendicular al mío había una champita donde un señor mayor despachaba pupusas a la colonia.

—Es un día espléndido —dijo el señor—. ¿Durará?

—Para siempre, mientras no despertemos.

—¿Una soda?

—Después.

Bajé unas gradas hasta la cancha, recién renovada con césped sintético, y me acomodé en los bancos de piedra. Allí, mis hijos jugaban fútbol. Encima del lugar donde estaba sentado, se miraba un mural de un par de torogoces, junto a los cuales estaban las palabras: “Mario Durán”.

Sonó el teléfono y, otra vez dormitando en la silla junto a la puerta abierta, me desperté. Un olor sabroso a huevos revueltos me hizo voltear hacia mi esposa, que estaba preparando el desayuno en un rincón del cuarto. Contesté el teléfono.

—¿Cómo andás? —preguntó Mula.

—Ando bien.

—Llegaste bien a casa.

—Sí. ¿Y el trabajo?

—Si le metemos ganas lo terminamos esta noche. El papá de tu amigo fue a terminarlo. Él es de Izalco, donde andan los mismos bichos. No garantiza la vida, pero algo la colchonea. Vacilan con él, pero se entienden.

Yo no respondí, así que Mula siguió:

—Ya se habían dado cuenta de dónde son porque los que trabajan en el restaurante son locales, gente de la zona, y como si fuera un almacén a la orilla de la carretera, muchos de aquí buscan trabajo ahí porque les queda cerca. Entonces los meseros, los cocineros, todos son de ahí mismo, y ahí preguntaban. De hecho, el que recibió el fax con la información de ustedes es colaborador de ellos. Así fue como supieron su ubicación, de dónde son, sus nombres... Al final es una sola red...

Del otro lado, se oyó un suspiro largo.

—Sabían que alguien te había avisado cuando no regresaste por las herramientas. Así que esa noche, al bicho que les ayudó lo asesinaron y lo metieron en el hoyo que estaban preparando para ustedes. ¿Seguís ahí?

—Estoy.

—Pues nada. Cuidate y cuidá a tu familia.

—Gracias.

Del otro lado, Mula colgó.

—Amor, ¿querés un cafecito? —preguntó mi esposa.

Yo no respondí.

Vi aquella masa densa de oscuridad interminable.

Luego vi el hoyo. Y escuché el sonido de la pala abriéndose paso en la tierra.

Samuel Brookes
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