La mujer, en extremo delgada y maquillada sin la mínima precisión, acaba de sentarse en la mesa desocupada del fondo del bar, donde la luz del local pareciera no alcanzar a llegar. Por lo que, al sentirse protegida o cubierta por esta oscuridad, decide no aguantar más las ganas de estornudar; así, al sacudirse su nariz y expulsar el aliento, acción algo bulliciosa, le saltan los mocos hacia afuera, sintiendo la textura espesa y sabor salado de la mucosidad, suponiendo que nadie lo ha notado. Con un sutil ademán pasa su mano izquierda por encima de sus labios. Hecho esto, refriega los dedos sucios debajo de la silla y comienza a esperar. Está acostumbrada a ese tipo de prácticas, la de esperar y limpiarse los fluidos de la nariz, con la mano. Sabe disimular tanto el aburrimiento como la boca y la nariz sucia. Desde niña que está practicándolo, todo se le hace muy natural. Pero las cámaras de vigilancia han registrado todo lo sucedido, de forma muy sutil, muy precisa, sin que nadie, siquiera lo intuyera.
Ahora, las cosas que suelen pasar cuando suponemos han ocurrido en algo parecido al secreto o anonimato, en medio del silencio y la soledad, pretenden ser la antítesis de todo lo que tiene que ver con la hiperrealidad, con la realidad mediada y filtrada por aparatos registradores, aparatos que, a través de la luz, apartan al hombre de su privacidad, sin que sea consciente de esto. Sin embargo, por esta tensión la intimidad pasa a ser una apariencia, un espejismo, una aparición fantasmal, un simulacro. Por lo que suponer que la privacidad, este supuesto “derecho” a la reserva, secreto o intimidad, es un evento mediante el cual es viable estar tranquilos y convencidos de que es posible llevar a cabo cierto tipo de actividades ilícitas o mal vistas para el común de la gente, es una total falta de conciencia histórica o coyuntural.
Pero no está permitido caer en la ingenuidad. Los soportes tecnológicos, cada vez más inteligentes, acechan, observan, vigilan. Esto no es nuevo, aunque todavía se cree que aún es posible disimular, ocultarse, arrancar de la burla o la risa de los ojos espías, que miran desde arriba o de todas partes. Sin embargo, el tiempo ha comenzado a capturarse, a guardarse, silenciarse.
Después de un momento de revisar lo que la cámara había capturado, el guardia del bar se echó a reír a carcajadas, de lo que acababa de hacer la señorita que, en medio de su escuálida soledad, creía que su acción era un secreto muy privado. No obstante, el estornudo fue grabado en su totalidad. Además, todo lo que se dice o escribe, incluso hasta lo que se piensa, queda registrado. El problema está en que aún no se quiere reconocer que la existencia es mera virtualidad, afectada por todos los aparatos registradores en formato de video o audio.
En el bar hay escasas personas. Algunas beben cerveza, otras toman café, otras comen pan con carne y palta. Aun así es posible escuchar todo tipo de conversaciones. Entre risas, junto a algunas groserías dichas en un susurro, la mujer delgada y mal maquillada revisa su celular. Tiene pocas llamadas, pocos mensajes. Hace unos días le cortaron internet por no pago. Es fin de mes, tiempo de escasez.
Es necesario recordar que, si bien las redes de flujo de datos e información están en todas partes, nada más que la falta de dinero puede deshacerse de ellas.
Los lugares que por lo general se asumen públicos, en realidad no son públicos ya que están mediados por intereses de terceros, son lugares extraños, en donde el sentido común y la vida cotidiana impiden ver la vida de un modo que no sea utilitario. Se come, se bebe o conversa sólo porque se requiere algo a cambio: comida, compañía o arruinar la soledad, a veces tan necesaria para seguir vivos. La utilidad con la que se conciben los espacios, los lugares de encuentro y reunión, los lugares supuestamente públicos, conducen a ver la vida de forma parcial, parcelada, con cierto tipo de mediocridad existencial. No es posible ver lo que hay dentro de las paredes, dentro de los materiales de construcción, toda la vida que debió desaparecer para que un espacio inerte pueda coexistir. Así aparece la imposibilidad de ver en el otro, algo más allá que la mera idea que aparece de él, su construcción biológico-artificial, su animalidad, sus tripas llenas de fecas a la hora de decir te amo. Los espacios no toleran una conexión coherente entre el objeto y la representación que hace el sujeto a través de sus sentidos. De este ente, de esta cosa, de este fenómeno. Los espacios son flujos, son una red, un rizoma.
La mujer acaba de contener un pedo antes de que saliera por su trasero. Las tripas le sonaron, las tripas le dijeron basta. Ella apretó sus piernas, se movió suavemente en la silla, dejó salir un aire tibio y continuó con la espera. Ante todo, el ser humano es una máquina biológica altamente compleja, que, en su interior, alberga una serie de órganos y mecanismos de lo más repulsivos. La poesía, quizá, debiera estar en ver, en medio de ese hedor y repugnancia, algo de belleza.
Ella viste jeans negros, polera ploma y chaqueta negra. Zapatos finos, sin taco, también negros. No le gustan las joyas. Apenas se echa un poco de pintura en los labios. No le interesa pintarse las uñas. Detesta el color. Desde niña le han dicho que la pintura daña la piel. Ella no ha puesto en duda la palabra de su madre. Aún espera. Lo espera a él, su pareja, que todavía se encuentra en el taco. En la micro, parado, detrás de una mujer sexy de caderas anchas.
Los flujos, en tanto secuencias de intercambio e interacción determinada, construyen realidades simbólicas inmateriales que constituyen la sociedad. Se habla de flujos de capital, flujos de información, flujos de tecnología, flujos de interacción organizativa, flujos de imágenes, sonidos y símbolos. Los flujos, más que ser elementos de organización social, son una expresión de los procesos que dominan la vida económica, política y simbólica. El espacio de los flujos puede comprenderse a través de tres soportes materiales, a saber: 1. circuitos de impulsos electrónicos (microelectrónica, telecomunicaciones, procesamiento informático, sistemas de radiodifusión y transporte de alta velocidad [también basados en las tecnologías de la información]), 2. constitución en base a nodos-redes y la organización espacial de las elites gestoras dominantes, y 3. los circuitos de impulsos electrónicos forman la base material de los procesos cruciales en la sociedad red. Esto quiere decir que los cambios morfológicos en las sociedades actuales son producto del avance y el desarrollo de tecnología electrónica, que a su vez es el soporte de la red social. Con estas tecnologías los lugares físicos como se conocen no desaparecen; sin embargo, sí quedan inmersos y condicionados en la red social.
Él, el hombre de la micro, pareja de la mujer que está en el bar, tiene ganas de meterle manos a las caderas y el trasero de la mujer sexy que tiene enfrente. Pero siente pudor, miedo, vergüenza. También se da cuenta de que comienza a excitarse, comienza a fantasear. A pesar de todo lo que le ha atraído la mujer que sigue en frente de él, piensa en su propia mujer, que supone ya lo debe estar esperando en el lugar de costumbre.
Ahora, en el bar, un hombre de unos cuarenta años se acerca a la mujer delgada y mal pintada, preguntándole si le puede convidar un cigarro. Ella apenas lo mira y le dice que no fuma. El hombre se acerca un poco más y la invita un trago. Ella no acepta. Le dice que espera a alguien. El hombre le mira los pechos. No son grandes, pero se ven firmes, duros. Ella se da cuenta. Se siente intimidada. Entonces entra por la puerta él, su pareja, el hombre de la micro.
Volviendo a las redes que constituyen parte de la hiperrealidad, los nodos y cotas que constituyen el medio por el cual se une una red electrónica con lugares específicos, características sociales y culturales, no son más que conexiones que articulan entre sí todas las particularidades de una sociedad, siendo estas particularidades fundamentales para entender las dinámicas internas de los diferentes lugares y jerarquía que ocupan cada uno de ellos en la sociedad. A su vez, las elites gestoras dominantes son grupos sociales que ejercen funciones directrices con relación a una articulación de un espacio determinado. Esto quiere decir que en la sociedad red, el dominio de la elite dominante tiene que ver con su capacidad organizativa y a la vez de desorganizar a los grupos que constituyen una mayoría y que sus intereses son apenas parcialmente representados dentro de los intereses de la elite dominante.
El tipo del cigarro y el trago es un pervertido sexual, que no deja de imaginar escenas sexuales con la mujer a la que le acaba de ofrecer un cigarro y un trago. Por lo que se apura en ir al baño a masturbarse. Después de terminar, se lava las manos, deja el baño, paga la cuenta, vuelve a mirar a la mujer delgada y mal maquillada, retirándose del lugar. Es necesario recordar: todo ha quedado registrado. Puesto que se ha transformado en un dato, un número, un flujo. El fluido seminal dejado por el hombre en el wc se ha convertido en un algoritmo altamente sofisticado.
El hombre de la micro trae jeans azules, una polera metalera y zapatillas negras. Parece rockero, pero no lo es. Mide 1,80, tez blanca, delgado, pelo castaño oscuro, liso, hasta los hombros, ojos negros, algo de barba. Ella lo ve entrar y sus ojos se alumbran. Aún a pesar de todo lo quiere. Los días de vivir juntos no han andado bien y ella quiere volver a empezar. Eso es todo. Una buena conversación después del trabajo, un buen trago, una buena risa.
Y esta historia ocurre en un diminuto espacio de la sociedad de los flujos o la sociedad de la ontología de fluidez. Tenemos aquí un paradigma que permite comprender el funcionamiento de las sociedades altamente tecnologizadas, que desde hace un tiempo se les ha denominado sociedades red. Desde esta lógica surge una ontología de la fluidez por medio del actual contexto sociocultural de las sociedades desarrolladas tecnológicamente.
Pero ellos, la mujer delgada y mal pintada y el hombre de la micro que parece metalero, pero no lo es, son simplemente una pareja que, después de varias semanas de conflictos, intenta darse un respiro en un bar. Sólo quieren entregarse a la tregua. Ambos saben que nada más quieren eso. Aun así, tienen la esperanza guardada en algún bolsillo. La utopía de “volver a ser como antes” les sigue rondando por ahí. La utopía de encender un cigarro y ver a través de la llama el amor, el consuelo, la esperanza.
La conversación comienza trivial. El taco, la micro, el olor nauseabundo de algunos pasajeros, la espera, el aburrimiento, el tipo del cigarro. Se ocultan cosas, claro está. No se habla del trasero grande que él fue casi rozando en la micro, tampoco se comenta sobre la boca, la mano y la silla con mocos. Puede que sea pudor, cortesía, falta de confianza. Ambos intuyen que la vida se constituye por lo que se oculta, no por lo que se dice, no por lo que se habla. Es una cuestión de instinto, de saber entender el lenguaje del silencio.
El cambio que producen las nuevas tecnologías y los continuos flujos de información a los que las sociedades actuales son expuestas, también afecta el modo en que vemos y hablamos: se pasa de hablar de sistemas, estructuras y entornos, a redes, flujos e identidades. Para ejemplificar: el caso del capitalismo. Desde hace un tiempo el capitalismo sólido ha comenzado a ser desplazado por un capitalismo fluido, en el cual la producción flexible y la ruptura de la lógica dentro-fuera de la fábrica han generado constantemente productos para ser vendidos o consumidos rápidamente. Las nuevas lógicas de funcionamiento, reestructuración de las empresas, subcontratación, adelgazamiento, relocalización, externalización, constituyen un nuevo modelo de actividad dado por los drásticos cambios tecnológicos. Por lo tanto, hablar de una ontología de la fluidez tiene que ver con la comprensión de la inestabilidad ontológica de los fenómenos sociales, que, a través de su fluidización, constituyen nuevas formas de lectura e interacción social, en tanto el paso de lo material a lo inmaterial, de lo sólido a lo fluido, es la nueva constante en las sociedades tecnologizadas.
Una buena relación de pareja se sustenta en ocultar toda clase de información, actividades o ideas que puedan ser perjudiciales para la salud psíquica-emocional de ambos. En este sentido la vida en pareja es pura imposición y violencia. Los acuerdos, aunque nunca explícitos, se toman con tranquilidad por ambas partes. La verdad en su versión más cercana a lo real no puede salir a flote. Una pareja no habla de la verdad o no se constituye en base a la verdad. De ser así, no duraría ni un día.
Pero incluso antes de empezar, la reunión se va al carajo, porque ella se desconcentra y pierde el interés en la reunión. Lo escucha, pero su atención se escabulle. Una serie de recuerdos sin orden y a una velocidad exorbitante la sacuden, la rodean, danzan alrededor de su memoria. La niñez, su familia, sus mascotas, sus cumpleaños, la masturbación, el llanto, la comida, las películas de terror, la casa verde donde vivía cuando niña, el sexo, el árbol del que se cayó y se rompió el brazo, el perro que murió atropellado frente a la puerta de la escuela, la misma escuela, con la imagen de Cristo crucificado en la entrada, sus ex parejas, su país, su continente, el mundo, la vida.
Las sociedades actuales se están organizando en base a redes, por lo que sus morfologías se han visto trastocadas. Las sociedades red, en tanto que conjunto de nodos interconectados, a través de la masificación de internet, han crecido de manera exponencial, creando nuevas formas y canales de comunicación, integrándose en ellas tanto la producción y distribución simbólica como material de significados. Las sociedades red se han constituido en base a servicios avanzados, enormes cantidades de flujos de información y una nueva concepción de la ciudad, a saber: la ciudad global.
En los flujos de red llamados hiperrealidad ocurre toda la vida. La vida no como una experiencia dentro del espacio y del tiempo, sino la vida como un concepto, una idea que carece de naturaleza; por lo tanto, es artificial, una ficción. Dentro del flujo de la vida que hoy es una red hiperreal, la vida es como la mera apariencia de sí misma. La vida no es vida como tal, sino una representación de algo que no se puede comprender. Es indecible. Las historias que ocurren no dentro de la vida, sino dentro de la red en la que la vida también se encuentra, nada más pueden ser vividas como constantes incertidumbres.
Él lo intuye, él hombre de la micro, sabe que la historia comienza a rodar otra vez. La misma de hace meses, sin modificación aparente. Y eso a él le molesta. Le hace pensar que cinco años juntos han terminado en un aburrimiento absoluto. Él trata de fingir, de seguir siendo cordial, pero ella ya no está, ha desaparecido dentro de sí. Entonces él le propone irse a casa y descansar. Ella acepta. Pagan la cuenta y se retiran. Al pasar por la puerta, las múltiples voces del bar dejan un eco efímero de información, de detalles del pasado y proyectos del futuro que salen como rayos de fuego de la boca de toda la gente.
Sin embargo, los flujos de información, mientras conectan a las personas en una inmensa red global, reducen su interacción cara a cara, y con ello, la realidad cotidiana se convierte en digital. La ciudad global, en tanto nuevo paradigma social-urbanístico, no puede reducirse a unas cuantas ciudades sobrepobladas.
Pero el encuentro de la pareja se convierte en una simple imitación del encuentro anterior, otro intento también fallido. Cambiar de ambiente, de locación, puede que resulte para una pareja que recién comienza a pasarlo mal. Pero para ellos no. Llevan un buen tiempo entre el amor y el odio. Irse a casa no cambiará las cosas. Escapar puede que sea la única solución.
Una vez en su casa y después de un sexo flojo, acaso rutinario, ella pone la aguja en la tornamesa y la Patética de Beethoven empieza a sonar. Al cabo de unos minutos él le dice que no entiende una sola nota. Ella le dice que no importa, que solamente debe dejarse llevar. Intenta hacerlo, pero no resulta. Porque al cabo de unos segundos le pide que cambie la música. Entonces ella se enoja. Le grita que es un imbécil y si quiere puede salir a emborracharse con sus amigos porque ella necesita estar sola. Y eso hace. Se pone la ropa, se arregla el pelo, toma agua y sale de la casa.
Es notorio que en una sociedad red las vidas de las personas se vean modificadas y transformadas por el avance de las nuevas tecnologías, y las sociedades y las ciudades se conviertan en centros informacionales en donde los flujos de información modelan las relaciones sociales y las formas de ver y entender el mundo.
El sexo no alivia las cosas, las empeora. Si el hombre fuese un animal asexuado, la vida sería mejor. Nada de violencia sexual, nada de dominación sexual, nada de morbo sexual. Un ser humano sin sexo, o más bien, sin ambiciones sexuales, sería una criatura quizá más apacible, más cordial, aunque no menos ambiciosa.
La música sigue fluyendo. Ella prende un cigarro, pone uno de sus brazos detrás de la cabeza y se concentra en escuchar. Mientras lo hace, entiende que los tipos como Roberto, el hombre de la micro, son insensibles, incapaces de comprender una melodía, incapaces de detener sus vidas y observar cómo el tiempo se diluye. Unos buenos para nada, piensa. En ese momento se da cuenta de que ha compartido su vida con un sujeto sin gusto. Lo medita y al final termina riéndose de su ingenuidad. Después de unos minutos de tristeza, rabia y desapego, vuelve a concentrarse en Beethoven y trata de alejarse de los malos recuerdos.
Más allá de coincidencias o desacuerdos teóricos, en las sociedades red la interacción con “el otro” se ha visto modificada por el avance de las nuevas tecnologías de la información. Interacción personal medida por dispositivos digitales, cambio de vocabulario y conceptos a nivel del habla, nuevas formas de significación de la realidad, y nuevas formas de interacción social, son nada más que algunos de los cambios que las sociedades altamente tecnologizadas han venido evidenciando a lo largo de los últimos treinta años.
La música puede que sea una especie de salvación tormentosa. Ayuda a resistir, pero a la vez puede entregar el recuerdo más odioso de una infancia ardiendo en llamas. La música en ningún caso es una salvación. Por el contrario, es lo más parecido a una trinchera; protege y resguarda, pero también es tumba o muerte por descuartizamiento.
Entonces, mientras Beethoven se pasea por sus oídos, imagina a Roberto, con su barba, su pelo liso y sus dedos cuadrados, que se posa frente a ella como un reflejo, como el reflejo de un hombre ya inexistente, una idea, un espejismo. Pero sin siquiera haberlo esperado, el rostro de Roberto comienza a atormentarla, porque empieza a entrar a intervalos regulares una y otra vez por la puerta de la pieza. Y las múltiples repeticiones hacen detener el tiempo, el cuarto queda convertido en una nave espacial suspendida en el espacio, mientras la realidad se detiene al momento en que se desfragmenta y se desploma. También el tiempo empieza a avanzar hacia atrás a una velocidad incalculable. “La realidad”, dice la mujer, “ya no sé cuál es la realidad”. Y la imagen tormentosa de Roberto saliendo y entrando de la pieza continuó por unos instantes, hasta que por fin se detuvo y ella entiende que la experiencia ha sido nada más que un flashback de LSD. Una tonelada de basura química, que aún andaba dando vueltas por su cabeza. Después de haber consumido el último cartón, tres días atrás.
- Todo ocurre en los flujos de la red que llamamos hiperrealidad - sábado 21 de marzo de 2026


