23 de diciembre de 2112
A través de los visores de grafeno me deslumbra la cegadora explosión de luz y calor que acaba de provocar mi reentrada desde el espacio de curvatura. Se disipa de inmediato mientras las redondeadas formas del hiperimpulsor de entrenamiento se materializan en el helado vacío del espacio normal, a cien kilómetros por segundo. Atento. Los sensores detectan una roca del tamaño de un corderito que se aproxima perezosamente a veinte kilómetros por segundo. Merde, lo sabía. Con una sacudida magnética, como si me hubiera visto, el corderito se desvía tiernamente hacia mí: todas las reentradas distorsionan la curva gravitatoria local. ¡Cuatro segundos! Golpeo el encendido de propulsión lateral, pero estas máquinas maravillosas son caracoles en el espacio normal.
—¡Vamos, vamos, vamos! —creo que estoy gritando mientras giro lentamente.
Todo lo demás va demasiado rápido.
El meteoro se estrella contra el inductor magnético posterior y la sacudida está a punto de tirarme del sillón de control. ¡Fodas-se! Saltan todas las alarmas sonoras y luminosas mientras comienza el análisis de daños. Clavo mis ojos en el indicador de descompresión, el corazón se me sube a la garganta. Uno… Dos… Tres… Cuento los segundos mientras me preparo para abalanzarme hacia el traje espacial. ¿Listo? Cuatro y luz verde: no hay rotura de casco. No hay fuga de atmósfera. Seguiré vivo. Respiro y trago saliva. Ha sido un golpe de refilón, unos metros más y el prototipo habría quedado hecho un pingajo y seguramente estaría muerto. Ahora solo estoy temblando. Relájate. Me recuesto contra el respaldo. ¡¿Qué he hecho?! Ha sido mi primera reentrada y debería haber salido perfecta, llevo dos meses practicándola en el simulador. Eres un inútil, Demian. El cacharro que piloto cuesta diez mil millones de geas, pero la locura de los tres últimos días no estaba prevista. No debería llevar setenta y dos horas sin dormir. Todo se me ha ido de las manos y esto me va a traer muchos problemas.
Y creo que ya tengo unos cuantos.

El mundo de las seis ruedas
Julio Salvatierra
Novela
Éride Ediciones
Madrid (España), 2025
ISBN: 979-13-87643-50-8
572 páginas
1. II
«Esta vez ha ido cerca». La voz de Kápek se forma en mi cabeza1 unos segundos después. En el espacio de curvatura no funciona la comunicación intracraneal, pero durante el resto de los entrenamientos los instructores están siempre ahí, como la voz de tu conciencia. Sí, la he cagado. «Bastante. ¿Qué demonios te pasa?». No puedo contártelo. «Vete a la mierda, Dem, esto no va así. Anoche ya estabas raro». Normalmente, entre alumnos y mentores de La Rueda no se utiliza ese lenguaje. Pero en eso, como en algunas otras cosas, Kápek y yo no somos normales. Tampoco estamos todo el día soltando tacos, solo de vez en cuando, y hoy es el día perfecto. Lo siento, pero es en serio, no puedo hablar de esto. «Vuelve a la Estación, aparca ese trasto, come algo y luego ven a verme, no sé qué sucede, pero me lo vas a contar, soy responsable de tu seguridad. ¿Te das cuenta de lo que acaba de pasar?», dice y corta bruscamente. Está enfadado, algo poco habitual, y por eso se salta el protocolo de revisión en caliente. A Kápek Karelia nunca le han preocupado demasiado los protocolos, eso acrecienta su leyenda, una más de las muchas que hay en La Rueda.
Con sus apenas treinta años de funcionamiento, la Estación Espacial de Entrenamiento, a noventa mil kilómetros sobre el planeta, está llena de enigmas. Desapariciones, muertes inesperadas, supervivencias o heroísmos obsesionantes. Muchos dicen que son exageraciones: los riesgos de estar tan cerca del misterio y tan lejos de nuestro hogar verde y lleno de oxígeno. Nos lo repiten en Cosmopsicología: «Estar aquí es antinatural para una especie de monos que hace diez mil años apenas sabía hacer fuego», machaca el profesor. «Pero aquí estamos y vosotros sois nuestra punta de lanza». Nunca entenderé cómo dejan dar clase a un gafe como Orson, y eso que lo adoro.
La vuelta me lleva cinco horas; los hiperimpulsores actúan lejos de la Estación, por los riesgos de la reentrada: consigo dormir un rato, pero al llegar aún me siento agotado. Conduzco hasta los muelles del Anillo Seis y me enchufo en una maniobra limpia y rápida. Para ser mi primer año, tengo fama de ser un piloto prometedor, pero lo de hoy acaba de echar por tierra mi historial. Cruzo flotando la esclusa de descompresión de popa y parte del Eje de la Estación sin ver a nadie hasta la entrada del Anillo Cuatro.
—Este desastre te va a machacar el expediente —me dice el joven ingeniero del Control mientras me pasa el parte del vuelo.
—Lo sé, Jusef, lo siento. —Me guardo la pequeña tarjeta en el bolsillo. Hay cosas anacrónicas en La Rueda, pero los partes las superan a todas. ¿Para qué entregarnos ¡en mano! informes electrónicos que se añaden automáticamente a nuestro registro central? Supongo que tiene que ver con el respeto al Archivo Original y todo eso, pero siempre me ha fastidiado. El hombre me sonríe con su tez morena y sus dientes resplandecientes, me cae bien.
—Los fam siempre os disculpáis por todo, no consigo acostumbrarme —añade mientras me franquea el paso.
En la Estación hay más sosh que fam. Los fam, criados en familia biológica, somos cada vez menos, sobre todo en profesiones científicas y militares. Los sosh, criados socialmente en granjas humanas (vale, en Instituciones de Desarrollo Humano, HDI, ya lo sé) son cada vez más numerosos. Toda mi vida he tenido la sensación de ser un bicho raro por tener padres y abuelos, pero en la Estación es mucho peor.
—Es lo que me han enseñado desde pequeño, Jusef, perdona.
—¿Ves? Te has vuelto a disculpar. —Los dos nos reímos—. No tienes remedio, pero me alegra que no lo tengas.
—¿Por qué? —Se me queda mirando un segundo.
—Me entretienes. —«Típica respuesta sosh», pienso para mí. Clara, sincera y directa, sin complejos, pero a la vez… ¿qué? A veces me siento tan inferior a los sosh que me asusta. Pero llego tarde y no puedo entretenerme con tonterías.
—Un día te lo cobraré —bromeo y echo a correr por el anillo habitacional.
—Cuando quieras —grita—. ¡Me parece justo! —Otra típica muletilla sosh.
Decido darme una ducha rápida antes de comer. Llegar tarde supone un punto más de penalización, pero necesito despejarme. Además, tengo que pensar qué le voy a decir a Kápek. Me lanzo por el tubo radial mientras siento la gravedad incrementarse. Freno con la barra de deslizamiento y aterrizo sobre mis pies en el Anillo Tres. Esprinto por el corredor curvo hacia el cubículo-dormitorio que comparto con cuatro compañeros y me lanzo a la turbo ducha. El agua fría es como un chute de dopaminérgicos. La verdad es que en los últimos tres días todo se ha ido de madre. Y en La Rueda estamos monitorizados siempre. El implante en la mastoides, por donde nos llegan las Redes, transmite continuamente si estás despierto, alterado o medio muerto; es muy difícil falsearlo, pero no imposible. Aunque, si me pillan, supondrá la expulsión definitiva del único sueño de mi vida. «Debo de estar loco», pienso mientras me enfundo el mono de descanso, «estoy arriesgando lo que más quiero, pero ¿qué otra cosa puedo hacer?». Todos creen que yo no debería estar aquí. Obtener la calificación necesaria era algo impensable para mis profesores. Desde que era un bebé, en la Escuela de Orientación Inicial, todos mis análisis han descartado la astronáutica: mi carácter es incompatible con el trabajo en el espacio exterior. Pero es lo único que me interesa. Solo la insistencia y el apoyo de mi padre han conseguido que me dejen demostrar que lo valgo. He superado todas las pruebas en la estación de simulación terrestre, en contra de las previsiones, con una de las mejores notas. He conseguido que no me puedan decir que no. Pero aún recuerdo las palabras de Guptka, director de Formación del Programa Espacial. Las oí sin que se dieran cuenta mientras él hablaba con mi padre en un restaurante en la Tierra, hace tres meses.
«Es imposible que su hijo acabe esta formación, Truelong», le dijo a mi padre.
«Sus test proyectivos, que nunca se equivocan, no son los que deberían. Que vaya a la Estación es una pérdida de dinero y un peligro para el resto del personal».
Pero aquí estoy, a pesar de todos los Guptka del mundo y, de momento, me ha ido bien. Hasta hace un mes, cuando nos topamos con la maldita desaparición … ¡Mierda! Se me ha vuelto a ir la cabeza. ¡No llego! Salgo corriendo a toda velocidad. ¡Maldito despiste! Me sigue pasando: me quedo pensando o «soñando con tus tonterías», que diría Jimmy. Subo a toda velocidad por la escalera del radial hasta el Subanillo Cuatro y corro de nuevo en gravedad 0,6 g, dando saltos de tigre. Cuando llego al comedor, un sensor identifica mi chip: un minuto de retraso. Si fueran tres, la puerta no se abriría. Pero, después del choque de esta mañana, es un desastre. Aunque no sepan de mi secreta vida nocturna en la Estación, seguro que los algoritmos de análisis comportamental han encendido ya varias alarmas en alguna parte.
Entro sonriendo para animarme, pero el silencio que se hace en la sala es elocuente y tengo la sensación de que cien personas se vuelven a mirarme. Aquí las noticias vuelan, no hay gravedad. Aparento no darme cuenta, me dirijo al puesto de bandejas y cojo mi comida. Saludo al cocinero, Jim Silver, un encanto, y me dirijo a la mesa que comparto con Les y Fer, mis dos mejores amigos en la Estación. La gente, poco a poco, retoma sus conversaciones. Leslie, con la que últimamente he discutido mucho, me mira ladeando la cabeza, como diciendo «¿por qué siento tanta pena por este impresentable?» y Fernán mira a todas partes menos donde estoy, signo de que le preocupo.
Efectivamente, las alarmas se han encendido. «En dos días Truelong está aterrizado»; lo acaban de oír en boca de un profesor. O sea: expulsado. Me encojo de hombros, disimulando, mientras devoro a toda prisa. Fernán me mira interrogante, quiere hablar, pero niego con un gesto imperceptible. Les no sabe nada de lo que está pasando y hemos decidido no decírselo. Es demasiado peligroso. Afortunadamente, no tengo mucho tiempo para desesperarme porque, tres minutos después, la doctora coronel Sahín en persona, directora de la STS, me convoca de forma urgente a su despacho. Nuestra formación es un híbrido entre científicos y militares. No debería, porque el civilizado siglo XXII se supone más pacífico que el violento siglo XXI y su Gran Guerra Global, pero últimamente eso parece estar cambiando. Me despido de mis amigos mientras engullo un último bocado y me dirijo hacia el despacho de la coronel en el que, por desgracia, ya he estado. Voy repasando mis posibles faltas. Falsear la transmisión de mis constantes vitales debe haber evitado la detección de bastantes irregularidades, pero ¿y si ha fallado el troyano y me han visto en zonas restringidas o registrando camarotes de oficiales? Comienzo a ponerme nervioso porque eso podría tener consecuencias mucho peores que la simple expulsión.
Sahín me espera sentada tras su mesa de trabajo, tecleando. Me ignora ostensiblemente. Sé que no siente simpatía por mí. Es mutuo, desde luego. Luego se levanta y se acerca mirándome a los ojos durante un buen rato. Bajo la mirada, tampoco es cuestión de empezar mal.
—Tu primer vuelo con un hiperimpulsor ha sido un desastre. ¿Estás de acuerdo?
—Sí, coronel. —Es absurdo negarlo.
—Y lo ha sido por tu increíble falta de atención y pericia, a pesar de que tus ejercicios en el simulador fueron buenos. ¿Estás de acuerdo?
—Sí, coronel —respondo de nuevo, sintiendo no poder explicar por qué.
—Cien metros más y el hiper impulsor habría quedado dañado, tal vez inútil. Y tú, quizás, hubieras muerto. Aunque esto último —añade sarcástica— me parece menos importante. —Su manera de expresar un cabreo siempre es sibilina y desagradable—. ¿Estás de acuerdo?
—Sí, coronel.
—Me alegro. Jamás habríamos arriesgado un hiperimpulsor sin estar seguros de que podrías realizar este sencillo ejercicio. Pero has vuelto a jugárnosla. Quizás me replantee todo el programa de vuelo de primer curso por este incalificable fallo tuyo. Comprenderás que es gravísimo y, sumado a otras faltas en tu expediente, me hace pensar que lo mejor es devolverte a Tierra. Expulsarte, por si no te queda claro. ¿Estás de acuerdo?
Estoy empezando a odiarla.
—No, coronel.
—¿Por qué? —pregunta fingiendo una repugnante sorpresa—. Con lo bien que íbamos.
—Mi fallo se ha debido a una distracción temporal, le aseguro que no se repetirá. Soy el cadete sin experiencia previa que más ha mejorado en el Cross Espacial. Mis notas han sido muy buenas y sé que varios profesores me valoran bien. Solicito el cambio de la sanción por una penalización de puntos u otras alternativas.
—Con «varios profesores» te refieres a Kaloguin, Evern y Wang, ¿verdad? Porque me consta que hay otros que no piensan igual —Sahín asiente sin esperar respuesta, y añade—: «dios los cría y ellos se juntan», se decía antes. —Evidentemente, no son sus profesores preferidos y tengo la sensación de que he metido la pata al nombrarlos—. Esa distracción que alegas tiene que ver con tus actividades recientes, ¿verdad? —Me tenso, ¿sabrá algo? Pero Sahín continúa por otro lado—: el Cross, el Solsticio, la Delegación que acaba de aterrizar sana y salva en Tierra, han sido días intensos, pero no justifican tus errores. Es imperdonable poner en riesgo un material que ha costado tanto… —En ese momento, una llamada urgente suena en su terminal. Gruñe una disculpa y se aleja, escucha durante unos segundos y luego se queda casi un minuto de espaldas, mirando por el visor de grafeno hacia la Tierra, en cuarto creciente. Aguanto a pie firme. Sahín parece reconcentrada en sus pensamientos. De repente, se vuelve. Me da la sensación de que algo ha cambiado.
—Sin embargo, no quiero que digan que odio a los fam —murmura—. Te voy a dar la última oportunidad. Vas a hacer un nuevo ejercicio de navegación; ahora. Quiero que cojas una nave de exploración, la prepares, zarpes antes de una hora, le des una vuelta al Sol y regreses sin superar c4 %.2 Lleva contigo a tres cadetes de tu elección, así tendrás una tripulación completa. —La miro con incredulidad; ¡¿esa va a ser la prueba que me libre de la expulsión!?
—Pero escúchame bien —parece que me leyera el pensamiento—: solo una misión perfecta, sin un solo fallo respecto a los protocolos, podría hacerme reconsiderar tu expulsión. ¿Está claro?
¿En serio? Esta misión ya la hemos ejecutado y no supone una gran dificultad.
¿Será posible que la coronel, en el fondo, sea humana? Casi me emociono.
—Muy claro —me escucho decir—. Gracias, coronel.
No se me pasa por la cabeza que todo esto debería hacerme sospechar. No pienso que haya sido la llamada que acaba de recibir lo que ha provocado su cambio de actitud ni me pregunto por qué. En La Rueda nada se regala y yo ya debería saberlo. Pero estoy tan cansado y asustado que no me paro a darle más vueltas ni a discutir. Grave error.
1. III
Veinte minutos después, la RLX-4 que he escogido y preparado —según los protocolos habituales— se separa de la Estación a la distancia de seguridad. Me acompañan Fer y Les. Y también Ray, o RED, como lo llaman algunos aquí, un bicho raro: su madre es militar y fue criado en familia hasta los seis años, cuando pasó a una Peefarm3 de alto desarrollo. Un sosh con familia biológica: un perro verde. Nos admiramos, nos respetamos y, de vez en cuando, nos odiamos. Pero es asquerosamente bueno en esto. Los tres han aceptado sin dudar, son buena gente. Nos metemos en las cámaras de aceleración y, segundos después, los reactores de fusión, siguiendo mi programación, arrancan a casi toda su potencia. Estamos sometidos a ciento cincuenta g durante tres horas, hasta alcanzar c4 %. Aprovecho para dormir: la atmósfera de las cámaras también induce el sueño. El sistema nos despierta advirtiendo que llega el momento de programar la segunda parte de la trayectoria, el giro en torno al Sol. Todos salimos de las cámaras. Estoy animado y comento que, en el fondo, Sahín no parece tan mala. Les y Fer se alegran, pero Ray me mira en silencio; mis errores con el hiperimpulsor lo han decepcionado. En la Estación se valora la empatía, pero un pequeño fallo de cualquiera puede suponer tu muerte.
Los dejo charlando y me acerco al control para programar la circunnavegación solar. Aprovecharemos su gravedad para salir despedidos de vuelta, una maniobra de manual. Tecleo el nuevo rumbo, presiono «intro» y miro la pantalla de datos: no se mueve ni un decimal. Vuelvo a teclear y tampoco esta vez acepta cargarlo. Reviso el resto del sistema mientras mis compañeros, ajenos, contemplan el Sol que empieza a llenar los visores y hablan sobre los profesores, un tema inagotable. Intento volver a cargar el rumbo por distintos métodos, pero ninguno funciona. Introduzco cambios menores; tampoco los acepta y empiezo a ponerme nervioso. Todo el sistema parece bloqueado. Intento reiniciar el computador central. No reacciona. Mierda. Intento activar las comunicaciones de emergencia. Muertas. Doble mierda. Llamo a mis compañeros y les comunico lo que sucede. En cuanto lo comprueban en persona, el pánico cunde rápidamente. Comenzamos a ensayar todo lo que se nos ocurre. Llevo conmigo a tres de los mejores alumnos de la Estación, pero nada de lo que probamos funciona. La nave sigue disparada hacia el mismísimo centro del Sol.
—¿Dónde demonios se han metido nuestros instructores? —chilla Les, intentando hacer reaccionar el control manual. Con lo tranquila que es, me altera más verla así que el mismo bloqueo.
—No lo sé, tampoco doy con Kápek. —Intento por enésima vez que el navegador acepte un nuevo rumbo. Estas naves tienen tantos sistemas redundantes de seguridad que es imposible que suceda lo que está sucediendo…
—Ray —grita—, ¿y ese reinicio?
—No responde —gruñe Ray Eider Dawn desde el puesto de mantenimiento en el Ordenador Central.
—Tampoco contesta nadie por ningún canal. —Fernán es un genio de las comunicaciones—. ¿Cuánto nos queda? —Consulto el panel de navegación, que es lo único que sigue funcionando.
—Nueve minutos y treinta segundos. —Después, la temperatura rebasará los cincuenta y cinco grados, perderemos el conocimiento y saltarán las alarmas de «misión crítica, abortar». Cinco minutos más tarde, sufriremos un paro cardíaco. Y a los diez minutos ya no habrá fuerza capaz de arrancarnos del campo gravitatorio solar hasta que nos desvanezcamos en los seis mil grados de la corona, camino del núcleo interior. Pero todo eso ya lo saben. Los tres me miran. La coronel me pidió que escogiera gente de mi confianza. No puede tratarse de un castigo tan absurdo. ¿O sí? ¿Por mis errores van a morir tres personas? No tiene sentido…
—¡Hay que comunicar con la Estación como sea! —explota Ray, que jamás se pone nervioso.
—No lo consigo. —Fernán se desespera—. A esta distancia necesitamos usar las antenas y los amplificadores.
No tiene sentido que también fallen los sistemas de comunicación, que son independientes, es absurdo… Y entonces se enciende una luz en mi cabeza: «misión crítica, abortar». Esa alarma —el último recurso— activa un sistema de emergencia autónomo que avisa y transfiere automáticamente el control a la Estación: ¿eso es lo que están esperando?
—Ya lo tengo —grito sin darle más vueltas—. Han diseñado a propósito esta misión para que yo fracase. En cuanto la AI dispare la alarma extrema, se activará el protocolo de emergencia con los sistemas redundantes y nos devolverán a casa. — Conforme hablo, aumenta mi certeza. La locura de los últimos días, todo lo que intentan esconder, el odio de Sahín, todo cuadra: quiere quitarme de en medio.
—¿Crees en serio que todo está planificado? —Les me mira fijamente.
—Tienen margen balístico de sobra. Se calentará, pero así prueban los nuevos aislantes.
—Puede que este psicópata tenga razón —Ray parece de hielo—, si fracasa en una misión como esta, poniéndonos en peligro además, su expulsión será imposible de rebatir. A pesar de que su padre sea quien es.
Los tres me miran dudando entre el odio y la lástima. Es una jugada maestra de la coronel: todo justificado e impoluto en los informes. Demian ha fallado, tal y como los test indicaron que haría desde que era un bebé. Me siento un completo imbécil por no haber sospechado y comienzo a reír por no llorar. A través del visor, el Sol llena ya todo el horizonte. Jamás nos hemos acercado tanto a la estrella madre, a la fuente de la materia, de la vida, de nuestros sueños. Es una visión dantesca y espectacular que muy pocos humanos han podido ver. Les señalo el visor a mis compañeros. Aprovechad este regalo de los dioses, el pensamiento cruza mi cabeza, pero mis compañeros no quieren saber nada de dioses. En el sobrecalentamiento te asfixias sintiéndote incapaz de llenar el pecho de aire ardiente, hasta que el pre-edema cerebral te deja inconsciente. Nunca volverán a aceptar una invitación para acompañarme. Pero algo más fuerte que yo se rebela dentro de mí.
—Estamos más cerca del Sol que la sonda Parker/Clarke. Ninguna misión tripulada ha visto el Sol tan cerca. ¿Acaso no vale la pena arriesgarse a morir por esto?
—Estás como una puñetera cabra —murmura Ray moviendo la cabeza—. Tienen razón: nunca serás astronauta.
—La verdad es que me aterra pasar por el sobrecalentamiento, no es justo — Fernán sigue dándole vueltas y, de repente, se levanta de un salto.
—¡Esperad! No pueden enviarnos a una misión trucada porque todos los parámetros de la nave quedan registrados de forma independiente al control de misión. ¿No lo veis? Los memorándums electrónicos son intocables, se mandan copias automáticamente a Tierra, a seis sitios distintos. Si no hubiera una forma de escapar a este bloqueo, Dem no sería responsable y esto sería una burda trampa. Tenemos que poder recuperar el control. Esto sigue siendo una prueba. —Nos miramos durante un segundo. Joder…
—¡Fer, eres un genio, los malditos memorándums! —lo besaría en la boca.
—Ahí podemos ver todos los parámetros de la nave —Les pone voz a mi pensamiento— y comprobar qué es lo que han programado.
—Suponiendo que lo hayan hecho. —Ray tiene cara de aguafiestas—. Pero están en el exterior y nosotros demasiado cerca del Sol como para salir sin freírnos.
—No, si usas sombrilla. —Sonrío al mismo tiempo que comienzo a meterme en la única unidad de movilidad extra vehicular (EMU) de la nave, conocida generalmente como traje espacial.
Tras un instante de desconcierto, Les salta de su asiento, desencajada.
—¿Qué haces?
—Usaré el panel solar del módulo de exploración. Y no intentes detenerme, ya sabes lo cabezota que soy —le respondo embutiendo mis brazos en las mangas. Todas las naves de entrenamiento tienen un pequeño Rover equipado con un largo panel solar capaz de resistir altísimas temperaturas.
—Te vas a freír ahí fuera —comenta Ray sin darle importancia.
—Prefiero morir ahí fuera a que me expulsen, lo tengo claro. —Y creo que en el fondo es verdad. Luego me giro hacia Fernán—. Encárgate de verificar rumbo en cuanto deshaga lo que hayan hecho. —Fernán asiente débilmente, tenemos cuatro minutos. Saludo con el pulgar a mis compañeros, pero solo a Ray se le ocurre algo que decir:
—Siempre creí que acabarías mal, ahora lo vamos a comprobar.
Asiento, agarro el panel solar de casi dos metros de largo del Rover, paso el cable de seguridad por mi muñeca y me deslizo en el habitáculo de descompresión. Diez segundos más tarde, la puerta exterior se abre al espacio absorbente. Solo que ahora no me rodea el espacio. Me rodea el Sol.
- Tocando el Sol
(primer capítulo de El mundo de las seis ruedas, de Julio Salvatierra) - martes 24 de marzo de 2026
Notas
- Es la comunicación intracraneal o vía rápida. Ver más adelante/Ver Glosario.
- c4% = 4% de la velocidad de la luz, que es de 300.000 km/sg.: es decir, 12.000 km/sg.
- Peefarm: “people’s farm”, forma coloquial de referirse a los HDI (Human development institution) en algunas partes del planeta.



