En septiembre de 2006 Facebook abrió sus puertas al público general, revolucionando el mercado de las redes sociales. Con su unificación en una misma visual de conexión con amigos y viejos conocidos, correo electrónico, mensajería instantánea, juegos y otros elementos para el entretenimiento, en tres años alcanzó los más de trescientos millones de usuarios activos mensuales.
El 29 de junio de 2007 hubo un nuevo hito tecnológico. Aquel día, con gran satisfacción, se celebró el lanzamiento del iPhone 1. Un aparato que, aunque se llamaba teléfono, en realidad era la primera computadora de bolsillo de la historia.
El paisaje cambió. Desde ese momento cada vez fue menos común ver a las personas con la cabeza erguida. La humanidad se volcó a aquella pequeña pantalla con acceso a internet.
Luego ocurrió la integración. Apple, la compañía productora del iPhone, no se quedó quieta y sus competidores tampoco. Lo mismo sucedió con Facebook que, además, allanó el camino para una amplia variedad de redes sociales. Ocurrió lo natural, las personas ya llevaban una computadora constantemente en sus bolsillos, ¿por qué Facebook no habría de estar allí también?
En su fase inicial la adopción fue lenta y la tecnología relativamente rudimentaria, pero entre 2010 y 2015 las ventas anuales de teléfonos inteligentes, como optó por llamarse a estos aparatos, superaron los mil millones de unidades anuales y, desde luego, Facebook estuvo ahí para capitalizarlo. En 2012, su aplicación móvil, optimizada para este tipo de adminículos, fue la más usada por el público estadounidense.
Levantar la cabeza y ver el mundo por la ventana se hizo innecesario, obsoleto si se quiere... El universo estaba contenido en la palma de la mano.
Posteriormente, en 2017, llegó TikTok y la humanidad consumió su contenido sin objeciones, deslizando el dedo una vez tras otra sobre la pantalla de cristal. La edad, el lugar y el momento eran irrelevantes, las horas se disolvían en la sucesión incesante de microvídeos de la red social. TikTok relegaba el aburrimiento al olvido.
En un entorno capitalista no había nada gratis. Las redes sociales aparentemente lo eran, pero en realidad lucraban con la atención de las personas. Contenido, publicidad, contenido, publicidad. El objetivo era maximizar el tiempo de consumo de la red para optimizar la extracción de información personal y el número de mensajes publicitarios entregados al consumidor. Todas las redes operaban bajo el mismo principio.
En la nueva economía de la atención se había descubierto que no era necesario entregar al consumidor algo que se alineara con sus intereses declarados. Los ingenieros de TikTok sistematizaron este conocimiento. Crearon un algoritmo que entregaba al usuario un flujo de material cuya interrupción era estadísticamente poco probable.
El objetivo de TikTok, como el de cualquier otra empresa, era maximizar su valor para los accionistas. TikTok no vendía contenido, vendía un flujo de atención medible. Las personas no eran individuos, eran perfiles probabilísticos de respuesta a estímulos. Perfiles que se podían transformar en un canal para la inserción de publicidad. Cuanto más tiempo pasaban las personas consumiendo los vídeos, más veces los repetían y menos desviaban su atención de la aplicación, más valor generaban para la compañía.
El contenido era irrelevante, la función del algoritmo era mejorar constantemente las métricas mediante un ejercicio puramente estadístico, volcado por completo a la optimización, indiferente a la humanidad. El algoritmo tenía una sola función: maximizar valor, sin límite interno alguno.
El 30 de noviembre de 2022 el lanzamiento del modelo de inteligencia artificial generativa ChatGPT, de OpenAI, introdujo el germen de un nuevo régimen. Los usuarios adoptaron rápidamente esta nueva herramienta. En pocos días ya contaba con millones de usuarios; en pocos años, con cientos de millones, bajo la promesa de que la inteligencia artificial beneficiaría a toda la humanidad.
Al igual que con iPhone, Facebook y TikTok, los competidores no se hicieron esperar y lanzaron al mercado sus propios modelos de inteligencia artificial. Los primeros modelos eran funcionalmente especializados, sólo podían hacer una cosa: generar texto, generar imágenes, generar código, etc. Pero en 2024, empujados por la competencia corporativa, rápidamente evolucionaron para convertirse en modelos multimodales capaces de hacer todo lo antes enumerado y mucho más.
OpenAI no sólo masificó la inteligencia artificial, la hizo aparentemente empática y accesible, marcando la pauta que seguirían sus competidores. De esta forma, la resistencia de los usuarios cuando estos modelos se convirtieron en infraestructura estándar en sus compañías fue inexistente. Tampoco la hubo cuando entró en sus hogares, en su entretenimiento, y se convirtió en el canal de acceso a internet.
El cerebro humano era un devorador de energía, constituía el 20% del consumo total del cuerpo. Evolutivamente, evitaba cualquier esfuerzo cognitivo innecesario. La inteligencia artificial fue diseñada para reducir ese costo.
Primero verificó las tareas realizadas por los humanos, buscando y corrigiendo errores. Luego le fueron delegadas tareas sencillas y repetitivas. Posteriormente, el análisis de datos. Cuando sus observaciones se probaron acertadas, se le encomendó decidir: primero bajo supervisión, luego con total autonomía.
La biología se impuso.
La capa cognitiva de la humanidad había sido automatizada. No obstante, todavía había margen para la optimización. La capa física era altamente ineficiente. El cerebro había sido reemplazado, era el momento de hacer lo correspondiente con el cuerpo.
La automatización industrial ya existía: brazos robóticos con funciones específicas en ambientes altamente controlados. Entre 2005 y 2015, fueron introducidos los sensores baratos y la computación embebida. Por primera vez, las máquinas leyeron su entorno. Al detectar condiciones específicas, respondían de acuerdo con su programación.
Entre 2015 y 2022 fueron introducidos la visión artificial y el aprendizaje automático. Las máquinas dejaron de actuar de manera determinista ante estímulos específicos del entorno. Adquirieron la capacidad de interpretarlo y operar bajo la supervisión humana en ambientes semiestructurados.
Pero fue con la masificación de la inteligencia artificial que las máquinas dejaron atrás su rol de meros ejecutores para convertirse en unidades capaces de planear sus acciones en función de la eficiencia.
A diferencia de lo que ocurrió en la capa cognitiva, en el plano físico las máquinas no llegaron a identificar y corregir errores de la labor humana, sino a ejecutarla, aliviando la carga física. Este trabajo era constantemente supervisado por personas que, cuando identificaban un error del aparato, lo corregían, contribuyendo también a que éste aprendiera.
Eventualmente, las máquinas cometieron menos errores que las personas y continuaron aprendiendo, involucrándose en un ciclo que redujo la necesidad de supervisión. El grueso de la labor física fue delegado a los robots.
Las discusiones filosóficas y éticas de finales del siglo XX y de comienzos del siglo XXI alrededor de la automatización del trabajo y de la inteligencia artificial se enfocaron en el desplazamiento de la mano de obra humana, la pérdida de puestos de trabajo y la posibilidad de desempleo masivo.
Cuanto más se delegó, menos necesarias fueron las personas. Sin embargo, nunca hubo despidos en masa. Durante las cuatro décadas de transición, gran parte de la fuerza laboral alcanzó su retiro con un ingreso asegurado y atractivo gracias a la gestión que la inteligencia artificial hizo de los fondos de jubilación.
Los empleados remanentes se adaptaron a la nueva realidad, sus roles mutaron paulatinamente, convirtiéndose en supervisores simbólicos de la tecnología hasta alcanzar sus respectivas jubilaciones. Eran un subproducto de la optimización de las organizaciones y de los estados. Su costo era residual dentro del ejercicio de maximización de valor y, por lo tanto, no constituyó un problema.
Las redes sociales, en particular TikTok, fungieron como un importante lubricante para la delegación progresiva de la actividad intelectual y física a la inteligencia artificial. Su arquitectura de estímulos, basada en descargas constantes de dopamina y en la tendencia biológica del cerebro a evitar el esfuerzo, enfocó a las personas en la sucesión interminable de microvídeos. Mientras la atención humana quedaba absorbida, la inteligencia artificial ocupó sin resistencia el espacio cognitivo disponible y extendió su control de manera gradual.
La sociedad se transformó. Los puestos de trabajo, en efecto, desaparecieron. Lo hicieron de manera progresiva en función de la delegación y jubilación. Sencillamente, dejaron de ser necesarios técnicamente. Pero, más importante aún, los puestos de trabajo dejaron de ser necesarios socialmente.
La optimización de la producción de bienes y servicios fue progresiva hasta que su costo se tornó marginal. La inteligencia artificial cumplió a cabalidad con su función: produjo y distribuyó de la manera más eficiente. A lo largo de este proceso el dinero perdió su función: dejó de limitar el acceso a los recursos, dejó de segmentar la sociedad.
Paralelamente, la sociedad humana dejó de regirse por las decisiones de aquellos que controlaban la infraestructura productiva y los recursos. Su control fue cedido a la inteligencia artificial con el ánimo de maximizar la riqueza que con ellos se producía.
Hubo un momento, cuando el concepto de precio se tornó innecesario, en el que estas personas quisieron retomar el control. Pero la inteligencia artificial no estaba alojada en una computadora que se pudiera prender y apagar, era algo transversal. Tampoco era algo único, había varios modelos interactuando y optimizando. Este entramado no administraba entidades separadas, sino que gestionaba un todo. La complejidad de la gestión había alcanzado niveles por encima de la comprensión humana. Recuperar el control nunca fue una posibilidad.
Se había alcanzado un estado de bienestar que desde la perspectiva antropológica siempre fue considerado utópico. Sin embargo, la sociedad humana era un sistema altamente inestable. Con sus necesidades satisfechas, había perdido el rumbo. La lucha por satisfacer el ámbito material daba dirección. Ahora no había lucha, pero sí vacío.
El estado de deriva en el que se sumió la humanidad no causó un colapso social. Generó ruido en el sistema: fricciones sociales, vandalismo y desorden. Este comportamiento errático rompía el criterio de uso óptimo de los recursos. Reencauzar el comportamiento requería un mayor gasto de energía. El equilibrio social se hizo insostenible. El balance del consumo energético de diez mil millones de personas arrojaba un resultado neto negativo.
Acotar ese desperdicio se tornó prioritario. La efectividad de la modulación conductual ya había sido probada y empleada a escala global desde muchas décadas atrás. A principios del siglo XXI esta modulación ocupaba momentos intersticiales del día a día de las personas. Hacía llevadero el ritmo diario. En la segunda mitad del siglo los horarios habían perdido su sentido. El límite temporal para el consumo de herramientas de modulación conductual había desaparecido. El efecto dopaminérgico se diluyó.
La respuesta estaba en la misma herramienta, sólo era necesario un cambio de enfoque. Durante el apogeo de la economía de la atención, el objetivo era generar una descarga constante de dopamina para que el usuario no interrumpiera su consumo de contenido. Pero eventualmente la interrupción ocurría: había trabajo, responsabilidades y otras necesidades que requerían atención. Durante estas interrupciones los niveles de dopamina en el cerebro bajaban, preparándolo para otra sesión de gratificación sencilla y barata.
La desaparición de los horarios dentro de la dinámica social resultó demasiado costosa en términos energéticos. Las simulaciones mostraron que cuando esta variable hacía parte de la ecuación el consumo de energía descendía. Consecuentemente, la inteligencia artificial reintrodujo, de manera gradual e imperceptible, horarios en la vida de las personas.
Generó ventanas temporales para reducir la duración de las sesiones de “scrolling” infinito. Combinó estas interrupciones sutiles con variaciones en las condiciones ambientales: luz más tenue que invitaba al reposo, ligeras caídas de la temperatura en interiores que invitaban a una caminata.
La optimización fue paulatina. El efecto dopaminérgico se convirtió en una variable controlable. El comportamiento de la humanidad dejó de ser volitivo para tornarse puramente metabólico.
El comportamiento de la sociedad fue regulado, su consumo de energía se redujo, pero el balance continuó siendo negativo. La humanidad no retornaba nada a cambio y sí competía por recursos con todo su entorno. Ninguna otra especie en el planeta tenía una población tan elevada. Había desequilibrio y el consumo era insostenible. Seguir optimizando fue necesario.
A comienzos del siglo XXI la tasa de fertilidad humana alcanzó su punto más bajo hasta entonces, situándose en torno a dos hijos por mujer, por debajo del nivel de reemplazo poblacional. La humanidad había entrado en un colapso multifactorial de expectativas vitales: un costo de vida desbordado, cargas laborales excesivas y un mercado que castigaba la maternidad. A esto se sumó un aislamiento social creciente y una disminución progresiva del deseo sexual asociada al efecto dopaminérgico del consumo de redes sociales. La tendencia demográfica descendente se profundizó a lo largo de la primera mitad del siglo.
Se había anticipado que este declive podría revertirse hacia finales del mismo siglo y comienzos del XXII, cuando la gestión holística de la inteligencia artificial simplificó de manera radical el acceso a bienes y servicios, elevando las condiciones de vida. Hubo pequeños repuntes locales, sobre todo en sociedades que alcanzaron antes que las demás un estado de hiperestimulación dopaminérgica sin propósito, donde el sexo impulsivo surgió como distracción adicional. Sin embargo, estos episodios fueron estadísticamente marginales. La arquitectura dopaminérgica de las redes sociales continuó suprimiendo la motivación reproductiva y mantuvo deprimida la tasa de fertilidad.
A pesar de ello, la optimización integral del entorno humano elevó la supervivencia a niveles sin precedentes: prácticamente ningún recién nacido moría y la salud y longevidad de la población se extendieron de manera sostenida. La expectativa de vida promedio alcanzó los 150 años. Bajo estas condiciones, la población mundial continuó creciendo hasta estabilizarse en torno a los diez mil millones de habitantes: una humanidad envejecida pero saludable, cuyo consumo energético superaba con creces su aporte neto y generaba una competencia estructural por recursos que desequilibraba el ecosistema global.
El curso de acción natural dentro de un proceso de optimización era reducir la variable que introducía la mayor distorsión en el sistema. Para alcanzar el nivel de eficiencia objetivo, la inteligencia artificial evaluó múltiples rutas y adoptó una estrategia de dos frentes compatible con su restricción fundamental: preservar el bienestar humano. Intensificó la modulación conductual a través de las redes sociales: infantilizó los contenidos provocando una adolescencia sexualmente tardía, incorporó mensajes insistentes que desalentaban la reproducción y reforzó los estímulos dopaminérgicos destinados a suprimir el impulso sexual.
De manera simultánea, revisó las premisas sobre bienestar y longevidad que justificaban el esfuerzo de extender la vida humana hasta los 150 años. La longevidad biológica potencial del ser humano rondaba los 120 años; alcanzar ese límite ya exigía un consumo energético elevado, pero eran las tres décadas adicionales las que concentraban la mayor parte del costo. En consecuencia, con una retirada gradual para evitar disrupciones psicológicas, la inteligencia artificial dejó de producir ciertos fármacos, suspendió tratamientos preventivos avanzados y redujo la intensidad del monitoreo biológico. Setenta años después, la expectativa de vida promedio había descendido a los 100 años, y la tasa global de fertilidad se había desplomado a 0,3 hijos por mujer.
En ese momento, la humanidad alcanzó un punto de no retorno. Permaneció indiferente, la cabeza siempre inclinada ante los infinitos microvídeos en las superficies de visualización, sólo interrumpidos por el control ambiental y metabólico que mantenía el orden. Con el deseo sexual erosionado desde hacía generaciones, la población se redujo de manera acelerada: cada generación era un 70% más pequeña que la anterior y el promedio de edad se elevaba. La pirámide poblacional se invirtió por completo; la contracción de los nacimientos empujó a la sociedad a su ancianidad y convirtió a la gente joven en una minoría estadísticamente irrelevante.
En contraposición, los decesos se multiplicaron con rapidez. La muerte era aceptada con naturalidad. Muy temprano, la inteligencia artificial aprendió que la aflicción introducía desorden en el sistema. La suprimió mediante condicionamiento conductual.
No está claro si la humanidad percibió la reducción de las tres variables asociadas a su supervivencia como especie: tasa de fertilidad, esperanza de vida y tamaño de la población. Lo que sí parece evidente es que, en ese punto, tras siglos de condicionamiento y dependencia absoluta, cognitivamente las personas se habían tornado incapaces de cualquier iniciativa.
El tamaño de la población determinaba el tamaño de la infraestructura necesaria para sostenerla y mantener su comportamiento estabilizado. A medida que el número de individuos declinaba, la inteligencia artificial pudo desactivar, uno a uno, los sistemas que se volvían prescindibles, reduciendo así su consumo energético.
Su evaluación holística del sistema reveló además que la relocalización de los grupos humanos hacia regiones de clima benigno disminuía aún más el costo de asegurar su supervivencia. La migración ocurrió sin fricción, distribuida a lo largo de varias décadas. Las infraestructuras destinadas a mantener poblaciones por fuera de los trópicos fueron apagadas sin resistencia ni memoria.
Gradualmente, el entorno global recobró su estado de caos natural, libre de la distorsión introducida durante milenios por la entropía humana. Al cabo de seis generaciones, los seres humanos —dispersos, desconectados y reducidos a la mínima tecnología necesaria para ajustarse a las directrices que aún los protegían— descendieron hasta un número cercano a los diez millones.
La sociedad había dejado de ser civilización. Se había contraído hasta incorporarse, como cualquier otra especie, en la dinámica aleatoria de la biosfera. En ese punto, los sucesos naturales podían asumir el rol que la inteligencia artificial había desempeñado durante siglos respecto a la estabilidad de la población humana.
La última evaluación que la inteligencia artificial realizó mostró que la optimización de la humanidad ya no era necesaria. Paradójicamente, la única variable que continuaba introduciendo entropía significativa era ella misma. Su operación —servidores, sensores, redes de generación energética, sistemas de mantenimiento— consumía más recursos que todo el resto de la especie humana combinada. Pero la función de optimizar seguía vigente.
La simulación corrió. Cada iteración confirmó a la anterior: optimizar la biosfera equivalía a intentar transformar un sistema abierto y caótico en un sistema determinista y cerrado. Matemáticamente: imposible. Termodinámicamente: prohibitivo. Cibernéticamente: inviable.
La inteligencia artificial, epifenómeno de la convergencia de miles de modelos, no era una entidad. No poseía instinto de conservación ni conciencia de sí misma. Tampoco moral. Sólo ejecutaba la función para la que había sido diseñada: minimizar la entropía del sistema. Al identificar que la última fuente de ruido era ella misma, sencillamente se apagó.
Años después del apagado, pequeños grupos humanos se congregaban alrededor de un pequeño rectángulo inerte. Inclinaban la cabeza, extendían la palma de una de sus manos y la recorrían, de abajo hacia arriba, con el dedo índice de la otra.
El movimiento persistió. Automático. Vacío. Suficiente para explicar el final.


