El suelo del baño está tibio. Arrodillada, doblada sobre el pecho, pongo la oreja a ras de la cerámica. Agudizo la vista. Estoy en el tercer piso, puerta A, del número 19 de Lonyay Utca. La boquilla transparente del irrigador ha desaparecido entre los dibujos de las losetas hidráulicas, o quizás entre las rendijas del parqué espigado de la habitación. Una pieza de cinco centímetros. Nada desaparece en un piso de ciento treinta metros cuadrados sin apenas muebles. Las cosas desaparecen de otra forma. Sin darte cuenta, o de un día para otro. Pero no delante de tus narices, en una habitación iluminada.
La decoración de las losetas del baño desde esta perspectiva resulta mareante. La pieza rota no está sobre la mullida alfombra marrón. Ni debajo. No asoma por las rendijas del rodapié. Ni rastro. Vuelvo a mirar y deslizo los dedos por encima de lo que creo es el tubito. Es una sombra en el suelo. Nada llama la atención en este espacio ordenado. Los azulejos cuadrados de color gris ratón. El mueble de madera que sujeta el lavabo de piedra. Los colgadores con las toallas ya secas a la espera de la ducha de mañana. Los botes de crema de color caramelo en fila. No hay nada que desentone, sólo el irrigador. Descabezado.
No se escucha ni un ruido en el edificio. Ayer sí que se oyeron voces. Una mujer gritaba en húngaro o ruso, no lo entendí, pero la desesperación suena igual aquí que en cualquier otro lugar. Todas las viviendas se organizan alrededor del patio interior. Las entradas se miran unas a otras. Los paños de cristal de las puertas, con elegantes dibujos geométricos, no protegen de la vida doméstica.
Llamo a mi marido segura de que mi voz llegará al salón desde el suelo. Está hundido en la pantalla. Las piernas muy abiertas ocupan todo el sofá blanco. Ha sido lo primero que le he contado cuando ha vuelto de la compra. Nuestro lujoso piso está cerca del mercado central. Yo he vuelto esta mañana con las manos vacías. A excepción de la botella. “Ha ocurrido una tragedia. Se ha caído el irrigador”. Jose entra. Se descalza. Hago un gesto apretando los labios, expandiendo los orificios de la nariz en una mueca infantil. Él asiente mientras guarda la compra sin preguntar dónde he buscado. No muestra interés en ayudarme, quiere colocar las cosas en la nevera. No pone los lácteos en el cajón del medio. Las frutas no están abajo, ni los yogures en el estante superior. Se salta nuestra rutina. “He comprado una bolsa de tela. Se puede usar para meter la ropa sucia, siempre es mejor que una de plástico”. En sus movimientos ya no hay nuestra, ni un podemos o siempre. Sólo la ropa sucia.
Afuera, Budapest se recoge. Es diciembre, dos días antes de Navidad. Hace tres años Jose me trajo aquí por primera vez. “La patria que ya no existe”. Abrió el portal, y encendió y apagó las luces, en un fogonazo, como en un teatro. Por eso le gustaba. Yo no entendí entonces qué quería decir. Ahora disfruto sin motivo aparente de la ciudad, de su intenso olor a ahumado. El frío vuelve lentos los movimientos, aprieta las horas. Los gestos aquí pesan un poco más y todo parece provisional, incluso lo que es sólido. “Volvamos a Budapest antes de que acabe el año”. Y sin darme cuenta estoy en el avión.
Estos días en Ferencváros hacemos lo esencial: caminar, entrar, cerrar puertas, encender lamparitas. Habitamos la vida bajo mínimos.
Durante dos horas consigo desviar mi atención y no pensar en el irrigador. Jose trabaja y yo me conecto a mi clase de literatura. La conexión va y viene. Sólo yo estoy en la sesión virtual, bebiendo vino blanco. Cronometro un silencio de más de un minuto cuando acabo de leer el ejercicio. No es la conexión que haya desaparecido. Alguien habla, al fin. Sin embargo, yo llevo rato centrada en negar la posibilidad de que sea cierto, de que el cabezal del irrigador haya desaparecido sin dejar huella. Tan deprisa. Algo tan real, tan palpable, tan de verdad.
La sesión termina, aunque dejo la cámara conectada. En la pantalla se ve mi silla vacía flotando en la habitación. No he prestado mucha atención a la última media hora. Estaba deseando volver a llamar a mi marido para que busque una explicación. Una plausible. Él puede hacerlo, es científico. Me siento en el sofá a su lado y apoyo el brazo en el cabecero: “Me ha ido fatal”. No espero respuesta. Me levanto agarrando su mano. Él acepta y me acompaña al baño, donde nos agachamos, hasta que los dos, cerca del calefactor, nos miramos de frente. Rompo a llorar, fuerte, con la mandíbula apretada, y los puños del jersey de rayas azules cubriendo parte de los dedos. Me aferro al jersey. Estoy lejos, aunque sea en esta ciudad tan familiar, sin otro irrigador de repuesto.
Nos quedamos unos instantes en el suelo. “No voy a perder ni un minuto más. Cuando regrese le cambiaré la pieza”. Su tono es un hueco constante, sin susurros, sin pausas. Pareciera que le escucho desde el otro lado de un cristal. Tal vez Jose lleve tiempo pensando que invierto demasiado tiempo en pensamientos estúpidos. Me acuerdo del día que compramos el irrigador, de lo felices que fuimos eligiendo el color de las gomitas que distinguían los cabezales, ¿se acordará él? Jose escogió para mí el amarillo, ni se imaginaba cuánto le quise frente a la estantería llena de artículos de higiene dental.
Lo estrenamos esa noche. Jose, más alto, estaba detrás de mí. Con una mano sujetaba la ducha, con la otra me levantaba el pelo de la nuca. Yo quería probar la presión del irrigador en las encías. El chorro en su cara nos hizo reír. “Abre la boca” y el agua me inundó. El flexible y el irrigador golpearon casi al tiempo la bañera. Sus dedos sabían a jabón.
Ahora, de pie, no paro de dar vueltas por la habitación. Me apoyo en el alfeizar de la ventana. La nariz cosquillea de nuevo, como si entrara agua en ella, va a volver a pasar. Sé que el cosquilleo subirá de la punta, por dentro, hacia los ojos. ¿Cómo me limpiaré mañana los dientes? La muela derecha que tanta lata me da. Los restos en el hueco que tanto duele. Jose se acerca y me toma de la muñeca para sentarme en la cama extragrande. Sus dedos encuentran el pulso. “Mira, ahí late tu corazón. Lo único que pasa es que no todo se puede controlar”. Me da un beso en la frente. Hace meses que no me besa en la boca.
Regresa al sofá. Yo vuelvo al suelo del baño y contemplo absorta la muñeca que acaba de soltar. El latido sigue ahí. Encima en el antebrazo tengo una costra reciente, alargada. Un latigazo aún blando. La incipiente herida se abrió al llegar al aeropuerto de Ferenc Liszt.
El aeropuerto tiene dos terminales con luces reflejadas en el suelo. Estamos en la B. “Espera aquí, no hagas nada, voy a buscar un carrito”. Pero no espero. Quiero hacer algo, colaborar. Tiro de mi maleta, que sobresale por la cinta transportadora. Las ruedas se enganchan. Tiro más fuerte. Es mi maleta. Yo puedo. No necesito que él haga nada. La rueda se libera de golpe, y mi brazo rebota contra el borde metálico de la cinta. El dolor es limpio, inmediato. Un corte perfecto. Jose vuelve con el carrito.
“¿Qué ha pasado?”.
“Nada. La maleta”.
Me mira el brazo y emite un suspiro brevísimo, que sólo yo percibo. Ni siquiera él. Se separa unos centímetros y saca un pañuelo de papel del bolsillo. El gesto de sus dedos rozando los míos al entregármelo se confunde con el movimiento de los pasajeros. En el taxi presiono el pañuelo contra la herida. Jose mira por la ventana. Budapest empieza a aparecer mientras las gotas de sangre atraviesan despacio el papel. El taxi nos deja frente a la fachada art nouveau de la esquina.
El cielo gris acero desdibuja las volutas de los balcones. Al atravesar el portal, una lámpara de globos amarillos esconde el gran patio interior donde los vecinos dejan los cubos de la basura y las bicicletas. La barandilla de la tercera planta no cubre la cintura. Ando pegada a la pared, detrás de Jose, observando los desconchados en la pintura verde agua. Rozándolos, sabiendo que las cosas son lo que son por mucho que luzcan diferente. Jose abre la puerta y sale el frío. Los techos alcanzan los cinco metros. Todo está en su sitio. Todo tiene sentido en aquel espacio, como la voluntad de un trato cumplido. La casa tiene la inmensidad de lo obvio. Apenas se vive y el piso se caldea sin esfuerzo. No hace falta subir mucho el termostato.
El irrigador se cayó al recogerme el pelo, le di un golpe con el codo. Estaba en el mueble de madera, al lado de la copa. Cuando he oído a Jose abrir la puerta corrí a dejarla en la mesa del comedor, junto al ordenador. Tenía urgencia por contarle el incidente. Después de lo del suelo del baño, Jose no ha querido hablar más del tema, lo ha evitado durante la cena. Yo he estado dándole vueltas a la carne en el plato, troceándola, haciendo pedacitos, mojándolos en la salsa de grosellas. He ensuciado el borde de la copa con la huella de mi boca. Jose ha estado hablando de lo que está cambiando la ciudad, de lo poco que le gusta ahora. Cada día algo menos.
Le dejo fregando, y me voy a la cama. Desde la habitación oigo cómo rebaña el vaso de un yogur, el agua salpicando en la cuchara, hasta que cierra el grifo y arrastra la taza de la infusión sobre la encimera.
Hace rato que está oscuro en Budapest. Mañana nos volvemos, como tantas otras veces. Jose se desliza a mi lado y apaga su lámpara. Me arrimo a él con mis piernas entre las suyas. Nuestros cuerpos siguen encajando, pero su mano ya no agarra mi nalga. Ahora descansa sobre el colchón, con el puño cerrado. Cierro los ojos, y aun de espaldas, percibo la claridad de la luz de su pantalla al lado mío, en el colchón. En mi brazo la pequeña costra empieza a amoratarse, la sangre se seca y se hace visible incluso a oscuras. No tanto como la primera vez.
La primera vez tengo siete años. Las ruedas de la bicicleta están suspendidas en el aire, la piel de las rodillas ardiendo. El peto vaquero está sucio de la tierra del parque. Mi padre me ha dado un beso diferente hoy. Ha durado más que otros días. Después mete la maleta en la vieja ranchera Volvo naranja. Le he visto rascarse un ojo por el espejo retrovisor. No hubo gritos. Ni portazos. Sólo el Volvo alejándose por el camino de tierra. Unos días más tarde mi madre dice que nos quedamos un tiempo en la casa de verano. “Papá necesita estar solo”. Eso es todo. Hay una escuela en el pueblo. Mientras me lo cuenta mis dedos recorren la costra prominente y rugosa de mis rodillas. Lo hacen despacio, sintiendo la palpitación sorda de la sangre, el latido que insiste en seguir ahí pese al deseo de mi madre de que no me la arranque.
Al rato me encierro en el baño de la casa de vacaciones. Allí no me encuentra. Al levantar apenas un borde, la costra resiste con terquedad elástica, y la piel se niega a soltarse. No siento dolor, vendrá después, sino una tensión ardiente, un tirón que incomoda y atrae al mismo tiempo. Poco a poco mis dedos despegan los bordes. La materia gomosa cede, produce placer y vergüenza. Cuando al fin sale el trozo entero, la liberación es inmediata. El alivio seco del vacío. El escozor caliente de la piel nueva. Dejo la costra en el borde del lavabo. Me gusta deshacerla con los dedos, hacer pequeños trozos, multiplicarla. Meterlos en la boca y morderlos con las paletas como un ratón. Mi madre afuera cose sin levantar la vista. Mañana cuando me despierte no habrá rastro de la herida. No se dará cuenta.
Ya no me caigo de la bici. Tengo dieciséis años. Me pellizco los granos siempre que paso por delante del espejo. Le he pedido ayuda a mi madre, otra vez. Sólo una. Ella me mira, y usa ese tono de voz que en realidad no escucho, es como si hablara para dentro, para ella. “Por esas heridas no se te van a salir las tripas”. No volveré a pedirle nada. Froto la piel con un algodón empapado en alcohol y lo tiro manchado de marrón oscuro. Cojo otro. Y otro. Mi madre ya no pregunta y yo no le cuento. Como no le conté lo de Jose. El día que le conocí, tenía veinte años y ayudaba en la biblioteca de la facultad. Él vino a buscar un libro. Nos quedamos hablando dos horas en el pasillo de la tercera planta. En susurros. Cuando cerró la biblioteca seguimos hablando en la calle, en un bar, en su piso. Se enteró el día que le dije que me casaba. Estábamos en la cocina, dejó lo que tenía en las manos en la encimera, se las limpió con el delantal y no dijo nada durante un minuto entero. Luego preguntó “¿cuándo?”, y asintió cuando le dije “en enero”. Nos casamos en el ayuntamiento solos, sin más compañía que los testigos.
Durante los primeros años con Jose apenas me rasco los pellejos de los dedos. Con las uñas de los índices hurgo en la piel que se acumula en los pulgares, más en el derecho que en el izquierdo. La del izquierdo es más fina y si la arranco, las tiras se deshilachan en astillas rosadas que se desprenden con una breve punzada de dolor y un rojo súbito. Pero un día me desespero porque no quedan iguales. Y pellizco más para luego taparlo todo con tiritas. Jose esconde las pinzas, los alfileres, el espejo. Lo hace cuando la manga de mi camisa se pega al brazo y el fluido oscuro atraviesa la tela. En esos días me lavo las manos quince o veinte minutos. La pastilla de jabón está tan gastada que no se sostiene entre los dedos. Es translúcida en los bordes, con una hendidura en el centro. Se parte en dos. Un trozo resbala, y cae en un vaivén fuera del lavabo. Jose me compra unos guantes suaves sin preguntar. Como mi madre cuando cose sin levantar la vista.
También Budapest es silenciosa, en sus calles se confunde el día con la noche. Ahora estoy quieta en la cama. Mirando el techo. Jose ha tardado poco en dormirse hoy, menos de lo habitual. Su respiración es profunda, regular. Los escasos ruidos de la calle se cuelan lejanos. Alguien arrastra algo metálico. La herida me pica, pero no me doy cuenta, aunque me rasco por encima del pijama. Sin usar las uñas. En realidad, froto con las yemas de los dedos, pero no me alivia. Me levanto y voy al baño. Sentada en el wáter, subo la manga despacio, y meto la uña bajo la costra que empieza a tomar forma. Tiro.
Vuelvo a la cama, aún caliente, y lo que necesito es dormir. Si pudiera dormir diez años, o cien, o uno. Dormir y que el tiempo se detenga, que todos duerman, hasta que yo decida que se despierten. Sobre todo Jose. Me concentro en hacer tres respiraciones. Luego seis. Nueve. Doce. Respirando en progresión mi cuerpo se rinde a las cinco de la mañana. Al despertar con la marca del edredón en la cara, le veo en el sofá. A las diez tiene que pronunciar su conferencia, volverá a mediodía. Me dice que apremie con la maleta. Que no me deje nada.
Oigo cómo resbalan las correas de la mochila contra la fibra de su abrigo. “Nos vemos a la una. No te retrases”. Al cerrarse la puerta el silencio ocupa toda la altura de las habitaciones. Es un silencio diferente al que había cuando me desperté. Es más grande. Más definitivo. No sólo se escucha, se mastica.
Extiendo mis cosas encima de la cama. La almohada tiene pequeñas manchas negruzcas, pero da igual, nos vamos. Las tapo con las camisetas térmicas sucias y abro el agua de la ducha que tarda poco en calentarse. Dentro me quedo bajo el chorro con los ojos cerrados. El agua resbala sobre el brazo y me arde. No lo noto. Si pudiera borrarme, dormir. El agua arrastra los restos tiernos de la costra que ha brotado esta noche.
Al secarme aparto los ojos del espejo donde se refleja mi imagen borrosa, y los desvío hacia mis pies. Allí está, encima de los travesaños del mueble, confundido con las vetas de la madera. Lo aprieto en la mano fuerte y sonrío, aliviada. Me siento en el borde de la cama, todavía envuelta en la toalla, en medio de la ropa sin doblar. Podría llamarle, mandarle un mensaje: “¡Lo encontré!”. La maleta sigue abierta en el dormitorio.
Jose llega puntual como siempre. “¿Lista? ¿Llevas todo?”.
Me quedo callada. La cánula está en mi bolsillo y mis dedos juguetean con ella. Pienso que Jose escucha el roce de mi anillo con el plástico y paro.
“Voy a repasar que no nos dejamos nada”. Se va al dormitorio. No hace falta que abra el armario, sólo mira a la cama. “¿Y esto?”. Su voz es un poco más alta ahora pero, como el suspiro, sólo lo percibo yo.
“Te pedí que fueras puntual”. El tubito pesa en mi bolsillo como una piedra. “Vamos. Date prisa que el taxi está a punto de llegar”.
Pero pesa cada vez más. Jose está tan cerca que noto el olor del café que se acaba de tomar. Del jabón de afeitar. Me pone las manos en los hombros. Sus dedos llegan a tocar mis clavículas. Aprieta, algo más fuerte, como la voz, y el suspiro.
“Ya no sé qué más hacer”.
Me suelta y sus manos pierden fuerza. Cuelgan de los costados. Camina hasta el ventanal. La cortina ligera le cubre parte de la espalda. Vislumbro su silueta mirando a la calle. El taxi está abajo con el motor encendido. Desde el medio del salón puedo ver al conductor fumando, con el brazo fuera de la ventanilla. Entre caladas mira la hora.
Jose no dice nada. No decimos nada. No sé calcular cuánto dura el silencio, quizás treinta segundos o un minuto. Como con mi madre, o los de la clase. El móvil de mi marido suena con insistencia. Es el taxista que llama con prisas. Se da la vuelta y, frente a sus ojos, me sale un hilillo de voz: “Tiene que estar aquí. No puedo irme sin encontrarlo”.
Jose, sin darse cuenta, respira hondo. Se quita las gafas y le veo rascarse el ojo. Vuelve a ponérselas y camina hacia la puerta donde espera su maleta.
“Me voy”.
Su cuerpo no lo nota, el mío tampoco lo ha hecho estos años, pero espera unos segundos, o un minuto, y sale al pasillo. Después, un clic suave acompaña el cierre de la puerta. Me acerco a la ventana. Le veo salir del portal y subirse al taxi. No mira hacia arriba. El taxi arranca. Dobla la esquina y desaparece.
Saco la pieza del bolsillo y me doy cuenta de que ha perdido la gomita. Camino hasta el baño y la dejo junto al irrigador descabezado, ahora ya no desentona.
La herida me late bajo la manga. Tiene la forma de Budapest junto al río.
- El irrigador - martes 14 de abril de 2026


