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Tres sonetos fúnebres, dedicados a María Dolores Menéndez López

lunes 27 de marzo de 2017
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Introducción

La vimos levantar el vuelo raudo después de que una llama malherida gritase en horizontes alejados. La vimos despertar de un sueño dulce, dejando atrás vigilias, a esos sueños profundos del castillo de la nada. La vimos como un ave en las alturas, jugando a ser estrella en esos cielos que cubren con la aurora sus colores. Después no estaba ya, partió a lo lejos dejando sus recuerdos imborrables, tesoro incalculable para algunos. Por eso estas canciones, aunque indignas, intentan evocar aquellos días hermosos como un cielo en primavera. No importa si os parece impertinente venir a recitar estos sonetos que elevan su recuerdo y su cariño.

Soneto I

El aire suave que alcanzó su beso,
abriendo sus senderos peregrinos,
no dijo que quisiera, en los caminos,
perder ese tesoro en el regreso.

Lo quiso retener, tenerlo preso,
recuerdo de esos raros desatinos,
de tardes y de ocasos repentinos
que tiñen con la púrpura el exceso.

Y aquel jazmín bañado de rocío
no pudo marchitar, con la alborada,
que pudo arrebatarlo todavía.

No pudo traicionar jamás el brío,
la luz y la belleza en la nevada
callada que, acechándolo, lo hería.

 

Soneto II

Diréis que son sus tonos tan sencillos
como ese brillo claro, cuando mana
el agua de la fuente, que, con gana,
se va hacia sus destellos y amarillos:

la luz del alba quiso en los castillos
callados que gobierna la mañana
la luz que se hace bella en vega llana
y mira en su color sus raros brillos;

el brillo de su fuego, dulcemente,
y el sueño que en su sueño se desliza,
rogándole más brillos en la altura.

Diréis que nace y brilla felizmente
la luz del alba, el brillo en la ceniza
y el mármol que le brinda sepultura.

 

Soneto III

Dejad que busque el sol la lozanía
que apura su correr donde, apagada,
la noche quiere negra su posada
y juega con su oscura bizarría:

no quiso demorar la luz del día
la llama que despunta, a la alborada,
si dijo acuchillado por la helada
el tallo de la flor que ayer moría.

Nos habla del dolor y la tristeza
la rosa, mientras llora, moribunda,
mirando el brillo triste y ceniciento:

no ignora, en el final de su belleza,
que vuela, peregrina y vagabunda,
su suerte en el azar que quiso el viento.

José Ramón Muñiz Álvarez
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