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Los lanceros del ocaso

viernes 2 de junio de 2017
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Para Gervasio Muñiz Muñiz

Soneto I

Partió de nuevo el buque, y, como un beso,
Siguió su estela hermosa dolorido,
Un pensamiento triste ya advertido
Pues este viaje emprende sin regreso.

De nuevo marca el rumbo, si travieso,
Parece alegre el viento que, encendido,
Las velas llena al fin y oye el sonido
Que causan, sin poder tenerlo preso.

No volverá la nave que del puerto
Volver a recordar algo quisiera,
Mas sí será por todos recordado.

Naufragará en el ancho desconcierto,
No ya de tantos años de costera,
Palacio a las espumas entregado.

 

Soneto II

El puerto abandonó y un sol ligero
Lo vuelve a recordar, que, en su mirada,
Alumbra el mar, la magia ensortijada
Del ponto que esculpió su mar sincero.

Dejó esta costa ya, viajó al lucero
Que, coralina, vierte la alborada,
Y en púrpura la enseña disfrazada
Nos muestra, al despertar al mundo entero.

Será, entre algas y conchas, sin apuro,
Más larga que otras esta singladura
Buscando el fondo, siempre más oscuro.

No lo verá la aurora, cuando, pura,
Sospechará su nombre, allí más puro,
Haciendo de su sueño una armadura.

 

Soneto III

Será nieve la espuma que se crece
En un templo de furia, será hechizo,
Rumor será y un beso de granizo
Si no es silencio al fin, donde amanece.

Será la timidez, cuando se mece
Callado entre los cielos e invernizo,
Un sol que, sobre mares, se deshizo,
Si no es la tarde débil que perece.

Será tal vez el mar que, generoso,
Sus extensiones muestra y su belleza,
Eterno como el cielo y quejumbroso.

Será el verso que, dicho con firmeza
El aire cortará cuando, alevoso,
Pronuncie un pensamiento de tristeza.

 

Soneto IV

No quiso dar sus lágrimas al cielo
Que al sol dejó, con tímida prudencia
Llorar, desde su azul, aquella ausencia,
Cruzando el horizonte por su suelo.

Acaso despertó mayor desvelo
La furia de los mares, su impaciencia,
Queriendo darle paz en la aquiescencia
De las profanidades de su suelo.

Sonó una melodía contenida
Y en un adiós sin voz, junto a las olas,
Su voz cubrió una brava sacudida.

Su espíritu, entre raras caracolas,
Reposo halló, ya lejos de la vida,
Donde la espuma teje sus cabriolas.

 

El crepúsculo

Desnudó el tiempo dorado
Al crepúsculo, su hechizo,
Mezclando un cielo rojizo
Y un astro alegre y callado.
Deshizo el cielo el bordado,
Y, al declinar sin esmero,
Descansó el sol, su lucero
Durmió en paz donde, agitadas,
Las olas dibujó airadas
Sobre un extraño platero.

Se hizo silencio y olvido
El rumor que, con las olas,
Ruido fue de caracolas,
Mansión, palacio dormido,
Y, en el cielo, malherido,
Valiente acaso y entero,
Cayó el sol y su sendero
Borraron, desenfrenadas,
Del mar las olas cansadas
Sobre un extraño platero.

Dibujo fue en las alturas
Aquel potro desbocado
Cuyo rayo derrotado
Iluminó las llanuras,
Las frondas, las espesuras,
Y, renunciando a su fuero,
Dejó de arder con esmero
Y sus luces apagadas
Reflejó el mar, hechizadas,
Sobre un extraño platero.

Sueño halló por los paisajes,
Sueño que, como oro viejo,
Ardió en un raro reflejo
Por recónditos parajes,
Y, harto ya de tantos viajes,
Inclinándose, sincero,
Sin luz quedó el mundo entero
Cuando se vieron doradas
Las estrellas embrujadas
Sobre un extraño platero.

 

Soneto V

La espuma alegre revolvió en los mares
Aquel viento dichoso que bullía,
Mirando a un cielo azul donde solía
El sol vestir de ocaso sus altares.

Las olas, con graciosos malabares,
Las olas agitaron cuando el día,
Perdido casi en sombra, renacía,
Tejiendo sus crepúsculos lunares.

El sol cayó y, unida al pensamiento,
Quedaba la memoria lastimosa,
Aireada por las brisas, por el viento.

Cuajó el cristal la sombra silenciosa,
Herido por la helada, cesó el viento,
La noche llegó triste y perezosa.

 

Soneto VI

Halló el descanso, el sueño merecido,
La paz halló, la calma en un torrente,
Cruzando el mar, que, alzada de repente,
El horizonte mira en el olvido.

Es mar su pecho, que, en el mar dormido,
El premio cobra en calma donde, hiriente,
La espuma salta y corre irreverente,
Como un sepulcro digno al ya vencido.

El fondo es, sin embargo, ese remanso
Donde se viste el agua para el sueño,
Sus rizos disfrazando de descanso.

Neptuno lo acogió y él es su dueño,
Que halló la paz en un palacio manso
Que el mar agita con más loco empeño.

(del libro Las campanas de la muerte).

José Ramón Muñiz Álvarez
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