Cuaderno para iluminar
Al sonar las tres de la mañana…
Francisco Gabilondo Soler
Dentro del perfil trazado
por una mano todopoderosa,
límite de palabras y sueños,
los niños y las niñas,
los perros y los payasos
habitan un mundo ancho,
un mundo sin voluntad
El papel,
como la imagen en el espejo,
es carne de la apariencia
Pero hay un momento,
huidizo, de soslayo,
en que la vida se desborda
en los trazos caóticos
que rellenan pulmones y silencios,
pantalones y miradas,
sonrisas y zapatos
(¡vigoroso morado-naranja!,
¡obsesivo verde-rosa!)
Y estos seres
maravillosos, bidimensionales,
no necesitan
que suenen
las tres de la mañana
Mar
No acaba de decidirse
Quiere dejar la playa
Ser rey solitario entre sus montañas de sal
También desea vivir tierra adentro, lejos de sí mismo
Humilde y bípedo, como hijo adoptivo de cualquier vecina
El mar
Se despide impetuoso, siempre, siempre
Pero en la siguiente ola
Regresará tímido, como disculpándose
Pobre
Su convicción es de agua
Las hijas pródigas
Este mi hijo, que había muerto, ha vuelto a la vida;
se había perdido y ha sido hallado
San Lucas
Me duelen
Me ablandan
con sus pies desnudos, marchitos
Secos los ojos
Los cabellos en vidrio derrotados
Se habían perdido
Anduvieron el silencio, el peor de los caminos
Mas han vuelto
Palabras mías
Hijas tan amadas
Con brazos abiertos y el corazón hecho besos
celebro su pobre retorno
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