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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Poemas

miércoles 16 de agosto de 2017

Saint Michel en Normandía

Bajo un cielo despejado
arde la luz del lucero
que saluda al mundo entero,
donde duerme el campo helado.
Reflejándose en el prado
la llama de su corcel,
mira al sol a ese doncel
que avanza por el camino,
donde corre, peregrino
en busca de San Michel.

Por el amor ya rendido
y por sus leyes juzgado,
huye de allí, desterrado,
enterrado en el olvido.
Muchacho de amor vencido
que, sin responderle aquel,
mal pudo vengarse en él,
entre dulce y mortecino,
donde corre, peregrino
en busca de San Michel.

Y, llegado a Normandía,
por la campiña callada,
pisa el prado con la helada
y en ella la luz del día.
Siente la vereda fría,
mira en la costa un bajel,
halla en el cielo el clavel
de un sol que luce mezquino,
donde corre, peregrino
en busca de San Michel.

Y por los bellos senderos
canta sus versos cansados,
los labios enamorados
que creyó claros luceros.
Pero fueron traicioneros
los colores del pincel
cuando soñó por vergel
entre las ramas de espino,
donde corre, peregrino
en busca de San Michel.

 

Letrilla del amor ciego

Dicen bien los cortesanos
que la maldad de Cupido
es que es ciego resentido
con delirios soberanos.
Un arco sobre sus manos
y dispuesta la ballesta,
con su dura flecha asesta
las maldades del amor.

Y, dado que está vendado,
con el ánimo más duro,
infunde el amor más puro
a quien llora desdeñado.
Es un muchacho malvado
cuya locura molesta,
si con dura flecha asesta
las maldades del amor.

Nunca duerme ni descansa,
y dispara, traicionero,
sus puntas de rudo acero
a la inocencia más mansa.
Donde el agua se remansa
y suspira la floresta,
con su dura flecha asesta
las maldades del amor.

Por eso quien es prudente,
confesándose cobarde,
huye al amor cada tarde,
cada mañana luciente.
Nunca sus brillos consiente
quien teme dura respuesta,
si con dura flecha asesta
las maldades del amor.

Viendo ya cada suceso,
he de ser desamorado
de ver al desventurado
que más caro paga un beso.
Pues este niño travieso
a raro licor apesta,
si con dura flecha asesta
las maldades del amor.

Que no hay para qué desdenes,
que no hay para qué lamentos,
si quieren los firmamentos
dar al alma mil vaivenes.
Quebraderos en las sienes
esta pasión jamás resta,
si con dura flecha asesta
las maldades del amor.

 

Besa la bota de vino

Nació, lejana, la aurora
y, ya sobre el horizonte,
descubrió su luz el monte
y el cielo del que es señora.
Y, con su gala enamora
al mozuelo en el camino,
que, en el monte peregrino,
con pan, con chorizo y queso,
tras tanto esperar su beso,
besa la bota de vino.

Nació, lejana y tardía,
la llama de la alborada,
sobre el cielo, alborotada,
que cubrió la noche fría.
Y llegó la luz del día
a este paraje vecino,
que, en el monte peregrino,
con pan, con chorizo y queso,
tras tanto esperar su beso,
besa la bota de vino.

Nació, de hermosura llena,
sin traiciones ni embelecos,
y oyó la voz de los ecos
que, alegre, en las brañas suena.
Y, como ayer la azucena,
la saludó mortecino,
que, en el monte peregrino,
con pan, con chorizo y queso,
tras tanto esperar su beso,
besa la bota de vino.

Nació, serena, y su fuego
fue cubriéndolas alturas,
con sus rosas, siempre puras,
tejiendo el blanco sosiego.
Caminando, el andariego
Vio su brillo repentino,
que, en el monte peregrino,
con pan, con chorizo y queso,
tras tanto esperar su beso,
besa la bota de vino.

Nació, al cabo, y sus colores
la saludaron, temprana,
como llama soberana
que enciende el jardín de flores.
Y corrieron los albores
por el cielo su camino,
que, en el monte peregrino,
con pan, con chorizo y queso,
tras tanto esperar su beso,
besa la bota de vino.

 

Amor y guerra

Ya quiera el amor la guerra,
ya quiera el amor la paz,
como es Cupido sagaz
y afamado en esta tierra,
viendo que cruza la sierra
para hacer mayor el daño,
de su fe me desengaño
sin dolor.

Y, como es niño atrevido,
para no hacerme el valiente,
mézclome yo entre la gente
por pasar inadvertido,
que acabo, si no, dolido
y, viéndolo tan extraño,
de su fe me desengaño
sin dolor.

Y no son raras manías,
ahorrar en sufrimiento,
que todo es verse memento
tras sufrir sus felonías,
pues que, lleno de alegrías,
si es amante del engaño,
de su fe me desengaño
sin dolor.

De modo que la cautela
debe ser bien extremada,
porque una flecha dorada
es arma que el alma hiela,
y si es de plomo y desvela
un mal terrible y tamaño
de su fe me desengaño
sin dolor.

 

Letrilla

Burlón entre los burlones,
de todos el más travieso,
gusta, feliz, del exceso,
en infernales mansiones.
Y buenas son sus lecciones,
que, sin dar mayor consuelo,
siempre lo tendréis por sabio
al buen amigo Cojuelo.

Y, si Cojuelo lo llaman,
porque como cojo pisa,
lo veréis moverse aprisa
allí donde lo reclaman.
Y burla de los que braman
coronados por su celo,
aunque cuernos no le falten
al buen amigo Cojuelo.

Suele andar con estudiantes
en alegres correrías,
por esas calles tan frías,
entre sombras inquietantes.
Y, entre diablos delirantes,
él lo es más, echando el vuelo,
que lo tendréis por gran sabio
al buen amigo Cojuelo.

Y no lo hallaréis cansado
cuando, en suelo madrileño,
los hay que se dan al sueño
y él levanta su tejado.
Tan valiente como osado,
ángel echado del Cielo,
siempre lo tendréis por sabio
al viejo amigo Cojuelo.

Le gustaba, entre las viejas,
en aquelarres pasados,
hablar de los condenados,
contar las viejas consejas.
Son agudas sus orejas
debajo del rojo pelo,
que es de todos preferido
el buen amigo Cojuelo.

Así, si lo veis un día,
saludadlo de mi parte,
que, admirador de tal arte,
inclino la frente mía:
mejor que la clerecía,
a sus consejos apelo,
que más latines conoce
el buen amigo Cojuelo.

José Ramón Muñiz Álvarez
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