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Siete sonetos

lunes 23 de octubre de 2017
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Asomaste en mis ojos y supe otras naranjas

Asomaste en mis ojos y supe otras naranjas,
los abismos menguaban y el trigo tuvo altura.
Cuando fuiste a mis ojos, mis días, como árboles
se ordenaron, tejiendo ramajes y comarcas.

Como un amanecer sin la nostalgia alzaste,
y los pájaros verdes volaron en tu pelo.
Nada en esa semana fue fiel y categórico;
los ríos te trajeron su flauta ribereña.

Con tu lluvia impensada surgieron las semillas
que calienta la tierra, alegrando la siembra
que fatiga los brazos de pobres campesinos.

No quise devolver la rigurosa incógnita
surgida en tu expresión por mis manos inertes.
Distinguiste mi cama perfeccionando el rito.

 

De tus manos sangrantes surgieron otras gemas

De tus manos sangrantes surgieron otras gemas
que los mineros duros quisieron recoger,
dejando las canteras con sus bostezos largos
negando algún secreto por nadie conocido.

De la frondosidad de árboles y arbustos
le dieron al viajero la sombra necesaria
para helar su fatiga por tanta marcha usual;
florecida del agua que entristece tus ojos.

De tu enojo y cansancio callaste la calumnia
y desde ese tiempo el elogio y la estima
se volvieron medallas para los beneméritos.

Todo lo natural que resulte de ti
es productivo y fértil y adecuado a las cestas,
pero si tanto aflige ocúpate en mis brazos.

 

Flor del urape

De la flor del urape domaste sus colores
satisfaciendo al día, eclipsando las sombras.
Engendraste el escándalo que intimida al silencio,
dejando las tragedias quemándose en los libros.

¿Por qué optaste la flor con tus manos ingenuas?
¿Intentas alejar su renombre del asma
para estancar los límites innombrables del caos?
¡Por los brotes mortales callaron los demonios!

Naciste de semilla que requiere del agua,
para extender raíces que darían aromas
a los amaneceres perdurables, autóctonos.

Con aquella madera tallaría en tu piel
mi nombre, mi respiro, mis tristezas, mis penas.
A la flor del urape se unieron tus caprichos.

 

La Reina del Guácharo

Urimare es sonido colgado por los valles,
amanecer en las rocas tendidas en la trocha,
altura de moriche desnudando el enigma,
alegría frecuente degollando la pena.

Urimare alza el muslo para encender el cerro
cuando modera el sol su feria de alfileres,
de su seno propone gracias para la gruta
donde dolor y lloro propagan la leyenda.

Se cubre con la niebla, quebranta como espíritu
espesura y barranco, su pelo trenza palmas…
alcanza los chamizos donde flota la insignia;

se detiene, respira, palpa su corazón
para hallar la defensa que estuvo circundada…
y allegado el Cacique la guarda como germen.

 

Sólo pongo mi cuota

Obrero del silicio, precursor del camino,
artesano del leño con manos de avanzada
galán del perejil del huerto adelantado,
patriarca y propietario de los invernaderos.

Asumo cada verso guardado en esta cesta
y oportuno al mercado para clientelas ávidas;
justifico esta escoba para el piso mugriento
y barrer la penumbra cagada por la noche.

Para ti, de mi pecho, minerales inéditos
que me fueron cedidos para que se supieran
como el meteorito quemando la galaxia.

Digiérelos cual pan puesto para la cena,
o sin dilema, arrójalos al pote de basura…
Sólo pongo mi cuota para colmar el vaso.

 

Para las Malvinas

Quien te nombra con flores brotadas de su boca
no ha olvidado tus costas: ¡musgo alejado y vivo!,
¡corazón de guijarro asentado en el mar!,
¡sed requerida y propia para los apartados!

¿Qué comodoro enano vino con la quimera
—impuesta en su juanete—, a desgajarte en trozos
y dotar su corona: que a distancia apetece
dolores y comarcas para su hocico absurdo?

Quien te nombra con flores quiere ceder su cuna
y resguardar tu cuerpo para esa primavera
en la que el pundonor camina por las pampas.

¡Que recorran los cantos toda geografía
que desprendes templada!, ¡y que anillos del tiempo
te devuelvan maciza, ganando el barlovento!

 

Es hora de dormir

a Nelson Mandela

Es hora de dormir; ve a reposar las luchas:
ya arrojaste al silencio el odio y la intriga;
izaste la bandera del abrazo invencible,
e hiciste de tu canto la hogaza duradera.

Tú diste la receta, de ti maduró el árbol:
desde la incertidumbre sudada por la celda
ocurrió la certeza de cebada, de avena,
hasta llegado el día en que se elevó el día.

Y ahora ¿qué escribir?, ¿cómo trazar la ruta?,
¿hacia cuál dirección dirigir el periplo?,
¿en cuál cesta ordenar los frutos de la tierra?

¡Adecuaste el hogar haciéndola habitable!…
Las hazañas agotan y eso tú lo conoces.
Es hora de dormir en la cama del tiempo.

Luis Enrique Yong
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