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Para Pilar Muñiz

lunes 30 de octubre de 2017
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Soneto XVI

La cubre hoy ya la tierra desolada,
Mas fue el oro del alba, la alegría
Que enciende las antorchas donde el día
Renace donde nace la alborada.

Dichosa fue y fue dicha engalanada
Que, llena de cariño se encendía,
Los suyos contemplando a quien sabía
Tan llenos del amor de su mirada.

Partió en un carro bello hacia la nada,
Serena al respirar, que, aunque partía,
Seguía su mirada enamorada.

Jamás bebió tu voz de la amargura
Que, siempre por la dicha alborotada,
Dejó de ser sin ser melancolía.

 

El alba despertaba

La tarde silenciosa
La espalda volvió al sol que se ponía
Con un bostezo hermoso:
El mar estaba en calma
Y el cielo despejado,
Cuando llegó la tarde,
Y el sol dejó escapar su raro overo
Y los corceles bellos de su sueño.

La tarde silenciosa
La espalda volvió al sol que se ponía
Con un bostezo hermoso:
La paz llenó la brisa
Y fue el calor cediendo,
Cuando cayó el silencio,
Y el sol dejó escapar su raro overo
Y los corceles bellos de su sueño.

La tarde silenciosa
La espalda volvió al sol que se ponía
Con un bostezo hermoso:
La luz se iba perdiendo
Allá en la lejanía,
Cuando llegó la noche,
Y el sol dejó escapar su raro overo
Y los corceles bellos de su sueño.
La tarde silenciosa
La espalda volvió al sol que se ponía.

 

El crepúsculo callado

La tarde cayó cansada
Dominando la hermosura
Que dio al cielo su figura
Cuando nació la alborada.
La belleza derramada
Sobre el arroyo callado,
Sobre el cielo despejado
Y su sublime belleza,
Sucumbió con la firmeza
De un sol triste y derrotado:

Los campos adormecidos
Que, cubrieron las heladas,
Hallaron las madrugadas
Por el silencio vencidos:
Los ocasos malheridos
A los cielos derrotaron,
Que, lentos, se resignaron
A perderse entre las sombras
Cuando negras las alfombras
Su hermosura desgarraron.

Y partiste a lo lejano
Con el ocaso y su overo,
Para ver el mundo entero
Una tarde de verano,
Pues sobre un potro lozano
Llegaste a la inmensa altura
Donde bella tu ternura
Feliz contempla los mares,
Los campos y los altares
De la sierra y su hermosura.

 

Los arqueros de la tarde

Las estrellas primerizas
La vieron desde la altura,
Cuando llegó su hermosura
A un cielo vuelto en cenizas.
Sobre las viejas calizas
Y los montes con empeño,
Durmió en el aire su sueño,
Como el ángel que, cansado,
Se alza al cielo, fatigado,
Entre callado y risueño.

Voló feliz y ligera
A las mansiones sagradas
Donde viejas alboradas
Anuncian la luz primera,
Donde la mira, a la espera
La última estrella del cielo,
Donde se desliza el vuelo
De un sol triste y sin alarde
Que declinó, con la tarde,
Llorando su desconsuelo.

Y nos deja la tristeza
De la ausencia que deshizo
Su dulce gracia, el hechizo
Del mirar que con dureza,
Con crueldad, con aspereza,
Arrancó firme la muerte,
Llenando de negra suerte
Los ojos que, ya rendidos,
Se cerraron, abatidos,
En el silencio más fuerte.

La hará el cielo ser lucero
Entre sus muchas centellas,
Cuando en su coro de estrellas
Brille su fuego sincero.
Allí será duradero
El resplandor más lozano
Que en las tardes de verano
Querrá iluminar la altura,
Mostrándonos su figura,
Como ofreciendo la mano.

Será la aurora, sin ella,
Menos clara y luminosa,
Cuando la sala espaciosa
Llene de luz su querella.
Y la pradera más bella
Dormirá bajo la helada,
Cuando nazca la alborada
En las sagradas mansiones
Donde estrellas y blasones
Tornan sus luces en nada.

 

Alzó el mirar el alba

Alzó el mirar el alba
Con un bostezo claro,
Mirando los arroyos
Que corren por los campos,
Y entonces recordó que ya no estabas,
Que no estaban aquí tus ojos viejos,
Heridos por la vida,
Heridos por los años
Que por tu voz corrieron largamente.

Alzó el mirar el alba
Con un bostezo claro,
Mirando los arroyos
Que corren por los campos,
Y entonces recordó que ya no estabas,
Que no estaban aquí tus labios tristes,
Aquellos labios tristes
Que ya no hablaban nunca
Callados como el ángel de la noche.

Alzó el mirar el alba
Con un bostezo claro,
Mirando los arroyos
Que corren por los campos,
Y entonces recordó que ya no estabas,
Que no estaba ya aquí tu blanco pelo,
Herido por las nieves
Y por la escarcha herido,
Después de que fue sueño tu mirada.

 

El brillo del ocaso

Dejad que vuele
En las lontananzas
El brillo del ocaso
Y llene de color el horizonte,
Y que, quebrando el día,
La noche se cierna sobre el cielo,
A sus anchas siempre,
Con los corceles de la tarde.

Alcanzará los llanos y montes.
Y bosques y lagos.
Y valles serán suyos, y arroyos.

Y, rezando como las sombras rezan,
Llegará la noche no esperada,
Hiriendo el cielo como un potro airado,
Con su tristeza repentina y amarga,
Robando bullicio
A las horas que bostezan.

Alcanzará estanques y charcas.
Alcanzará los mares y playas.
Las calas serán suyas, los cantiles.
Y, rezando
Como las sombras rezan,
Llegará la sombra rigurosa,
Hiriendo el cielo, sus balconadas tomando,
Con su amargura mezquina.

(de Las campanas de la muerte, 2008)

José Ramón Muñiz Álvarez
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