Casa de Diciembre (I)
Te esperaba,
estación de intrépida niñez,
(tuyo es el tesoro de estar).
Traerías para mí un columpio
sujeto a tu amable frío.
Mi vida mecería una vez más
en los hilos generosos de tus lluvias.
Te esperaba.
Dichosa, caminaría en ti
la rica neblina de mi barrio.
Adoraría tu luna de nuevo
como a un cierto
e imposible amor.
Te esperaba.
Sólo llegaron días.
Te aguardo
como quien vela un relámpago.
Casa de Diciembre (II)
…donde ser feliz consiste
solamente en ser feliz.
Fernando Pessoa
Mira cómo tejen los aires estos días
y en su intrépida inocencia sobrepasa el viento las horas.
Observa cómo de verde se tiñe
la lluvia entre las ramas (manos de ávidos pintores).
Detente,
recoge los pedazos de luna dormidos en los pozos.
Bebe del sol que ha llegado ahora en su abrigo de niebla. Guarécete
en estas mañanas de oro.
Toca las manos temblorosas de este frío amoroso. Procúrate una habitación
en la pequeña nuez que acarició la ardilla.
Ten presente
hasta el último de tus poros.
Quédate,
infinita y cierta,
en esta, nuestra Casa de Diciembre.
Casa de Diciembre (VII)
Para Areani
Estás aquí.
Por todo adorno
te han clavado
puertas de amarga venganza.
Hasta se diría que algún niño
muere hoy en tu dintel y sus alegrías agoniza
mientras un destartalado juguete estruja
con silente dificultad.
Pero al fin has llegado.
Irremediables e insobornables te aguardan
las esquinas de mi niñez templaria.
Serás casa que pasa con ríos de brisa fresca
el puente de las estrellas.
...................................A la salida te espero
con un puñado de sueños
y esta bandada de pájaros
reunida entre las almas.
Pondré el tibio mantel de cielo,
aquella silla de hierbas, un tapiz de araguaney.
Casa de Diciembre,
............................a la salida te espero.
Peregrino
“…a tierra que fluye leche y miel”
Éxodo
Cuando tú llegas
la mano de Moisés abre los mares,
entre humanos —vencedores por certezas vencidos—
a limpio tacto avanza el cuerpo peregrino.
Cuando tú llegas
—carnita entusiasmada—
tierra de leche y miel
la vida se desnuda.
La chácara
A mi madre
Por toda lengua te concedieron
un silencio apedreado.
Carretenas y carretenas,
así nombraste los interminables y hoscos parajes
que con pies desnudos y una gallina en brazos
—del tamaño de tus cuatro años—
doliste por días incontables
entre la procesión de los huyentes hambrientos.
En los pocos soles que te duraron los tuyos,
bajo cielo y copas de árboles por todo techo,
enjugaste el llanto con la mano de la brisa,
el sudor entre el pelaje de una cabra,
el miedo a los bichos nocturnos con la luna fresca,
sobre todo, la sangre en la carne rota con la carne.
Cuando fuiste entregada a tus amos,
te aferraste a tu tapara de leche
y así viste desfilar por años las palabras y el rejo
contra el cuerpo,
lejos del oro de la tierra
Como el buey golpeado y recio,
sanaste bajo las jamugas.
Flor con pétalos de aire
te acogiste al precepto del silencio puro y redondo
y comprendiste lo necesario:
el dolor no tiene nombre
pero tampoco olvido
Por eso la lengua que me legaste, mamá,
está surcada por tu flecha
siempre punzante en la chácara
que resguarda mi corazón.
(De Del reino a veces, 1990)
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