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Schagerl Serenade, por José Ramón Muñiz Álvarez

lunes 5 de marzo de 2018
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Dedicatoria

La Schagerl Serenade no es una serenata, pero sí que es, de algún modo, una composición musical, porque, como es indiscutible, quien compone versos lo hace para emular al músico, jugando con los acentos del idioma y buscando proporcionar un deleite al oído de quien escucha. El hecho de que la poesía se transmita por escrito casi ha borrado el recuerdo de aquella época lejana en que la poesía se escribía para ser cantada, acompañado el canto por tañedores de distintos instrumentos, porque la música pide de la medición del verso y del ingenio para encajar las sílabas en cada golpe de voz que suponen las notas que llevan la melodía del canto. Pero la Schagerl Serenade es también una obra literaria, y como tal, la forman una serie de palabras que se suceden evocando imágenes y pensamientos, imágenes y pensamientos de la Viena actual, de la vieja Viena Imperial, de los paisajes de la Baja Austria, de donde es nuestro Schagerl, y un homenaje merecido para un artista que no debería conformarse solamente con este discreto regalo, porque los dioses lo merecen todo.

 

Soneto I

Sonó en el instrumento aquel acento
cuajado de bellezas, que, no en vano,
las luces dibujó, cuando, temprano,
sus brillos extendió en el firmamento.

El aire hirió, rozó la voz del viento,
pues supo alzar un gesto soberano,
el genio del violín que, veterano,
su gracia demostró con su talento.

La música, la magia del ambiente,
el halo perfumado y misterioso
si trémolos dibuja, quimerista,

se oyeron en la sala, lentamente,
como el susurro tierno, perezoso
que puso allí la mano del artista.

 

Soneto II

La helada con la nieve su gobierno
pactaron en regiones que el olvido
somete al hielo, al viento y al gemido,
si anhelan el verano dulce y tierno.

Llegó con sus legiones el invierno
al campo donde, siempre sometido,
suspira el sueño y pide ese sonido
que el hielo quiebra, beso del averno.

Y suena ese violín que, solitario,
inspira primaveras de fragancia
donde una primavera no se atreve.

Y vuela su sonido legendario,
y el aire corre, llama la abundancia
y quiebra la tristeza de la nieve.

 

Soneto III

La luz del sol robó, robó el lucero
del alba cuando viene con granizo,
aquel violín, milagro del hechizo,
canoro como el canto del jilguero.

La luz robó, robando su platero,
su llama, que con brillo antojadizo,
mostrando la belleza se deshizo
en un jardín de músicas sincero.

La luz del sol robó la partitura
que enlaza las pasiones y colores
que el arte quiere en cada melodía.

La luz robó del sol en la locura
que supo confundir con los albores
la luz al declinar la luz del día.

 

Soneto IV

Vendrán los vendavales y el granizo
al alba, cuando nazca el nuevo día,
sabiendo que se torna triste y fría
la voz de la mañana con su hechizo.

Y atrás queda la llama que deshizo
las nieves con los oros que encendía
la luz de la alborada que prendía
su fuego melancólico y rojizo.

Muy lejos de las brisas del verano
parecen bostezar esas colinas
calladas en su sueño silencioso.

Y es triste saludar al viento vano
que corre, rumoroso, las esquinas
donde un violín se escucha jubiloso.

 

Soneto V

Las nieves que descienden de los cielos,
manchadas por los brillos blanquecinos,
mostró la luz del sol por los caminos
que tejen las escarchas de los suelos.

El aire, que, agitándose en los hielos,
el alba halló y sus brillos coralinos,
los sabe en el espacio peregrinos,
cansados, fatigados tras sus vuelos.

Tras un otoño vino el nuevo invierno
que, al encender su furia con bravura,
besó la escarcha triste de la helada.

Y un eco sugirió el violín más tierno,
que, dulce y elegante en su finura,
voló como un suspiro hacia la nada.

 

Soneto VI

Las rosas son del sur con su añoranza
y el vuelo de una voz que, en primavera,
admira del Danubio en la ribera
la luz del cielo azul que nadie alcanza.

Sabores son, unidos a una danza,
bombones para Viena y, dondequiera,
la viuda que se alegra cuando espera
el ritmo de una polka que se lanza.

Un tres por cuatro alegra cada tarde,
y llega el sol febril, con lento paso,
al horizonte llano y las colinas.

La cuerda del violín es un alarde
que endulza la tristeza del ocaso
que encienden las antorchas más mezquinas.

 

Soneto VII

Los brillos arden tristes y guerreros
tras un atardecer que, con su prisa,
el sol apura donde se divisa
el eco de la noche y sus arqueros.

La cítara alcanzó en los merenderos
a ver de los vieneses la sonrisa,
que quieren los otoños otra brisa
al tiempo que se esconden los luceros.

Los valses de otros tiempos cada día
encienden una Viena vivaracha
que tiembla cuando nieva y hace frío.

Y todo se hace hechizo y alegría
que corre como corre una muchacha
tras un amor romántico con brío.

 

Epílogo

En cualquier caso, estos sonetos no son un regalo de los dioses, pero sí que son un regalo para los dioses, siguiendo la costumbre pagana de ofrecer algo en sacrificio a los dioses, bien para complacerlos o bien para mitigar sus furores. Este es un regalo muy humilde para el divino Schagerl, pero se ofrece con la misma veneración con la que las gentes de los pueblos antiguos entregaban un carnero en el altar de sus dioses patronos. El profesor Schagerl, sus amigos y admiradores, y todos los amantes de la música vienesa tendrán aquí una composición para cada día de la semana: la pena es que no haya podido componerse en lengua alemana.

José Ramón Muñiz Álvarez
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