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Poemas por Ciudad Juárez, por Rosina Conde

lunes 12 de marzo de 2018
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Rosina Conde

La presente muestra de Rosina Conde da testimonio de una serie de crímenes y asesinatos en una entidad de México, Ciudad Juárez, que como muchas otras ciudades ha sido escenario donde la maldad se hace presente. Una de las tendencias actuales de la poesía mexicana, además de la barroca y conversacional, es la escrita bajo el signo social y político; muchas veces los propios poetas asumen una postura ideológica. La autora que ahora se presenta forma parte de esta manera de escribir poesía, no obstante también prevalece la inquietud, actualmente, por la literatura testimonial, una suerte de hibrido literario que conjunta el lirismo permeado por el discurso periodístico, la nota diaria de las noticias principalmente de índole social.

Fernando Salazar Torres
Responsable de la selección

De la serie Voces actuales de México

I

Lloro por las cosas pequeñas
y por las grandes también,
y a veces no distingo entre unas ni otras:
lloré cuando vi en televisión a Enriqueta Basilio encender la Llama Olímpica;
cuando Neil Armstrong pisó por primera vez la Luna;
cuando Sebastião Salgado retrató Serra Pelada en Brasil;
cuando las aves del Golfo se ahogaron en el oro negro,
y cuando escuché el llanto de mi primera nieta al nacer.
Igualmente lloro cuando se suma uno más a la lista de desaparecidos;
mueren más migrantes al cruzar la frontera;
aparecen los miembros de una mujer esparcida en el desierto;
o presiento una muerte tras el impacto de una bala que silba tras la noche.
Lloro, también, con las cifras de las muertas de Juárez;
de los caídos en las huelgas de hambre;
de los masacrados en las guerras;
de los secuestrados;
de los violados…
Lloro cuando una anciana famélica toca a mi puerta;
cuando un niño aúlla atropellado por el hambre;
cuando dos globos penden danzantes de los glúteos de una joven embarazada en el crucero de la esquina.
Asimismo lloro cuando asesinan una saraguata para secuestrar a su pequeño;
o cuando los delfines se suicidan en las playas del Pacífico.
Simplemente, lloro:
cuando me doy cuenta de mi impotencia;
cuando me dicen que es absurdo llorar por nada;
cuando me preguntan por qué lloro si estoy viva;
cuando la vida pasa y todo es lloro…

 

II

Día con día vivimos el thriller
que nos mantiene pegados a la butaca,
contemplando el asalto del vecino;
el secuestro express, el no tan express
y el de largo plazo;
padeciendo al hacker bancario;
soportando las cárceles privadas…
Nos arrojamos en el laberinto del suspenso
y pagamos por un sueño de acción,
convencidos de que el vengador del futuro
llegará con arrojo y firmeza a resolverlo todo;
pero no hay héroes que basten:
al igual que los semidioses griegos,
los contemporáneos han ido cayendo poco a poco,
y los del futuro aún no nacen…

 

III

Hastiada de recoger brazos y piernas;
de amortajar cabezas,
la Supermujer vomitó el polvo que había tragado del desierto,
polvo mágico que la mantenía incólume ante la Amenaza Sangrante.
No sabía si los poderes le alcanzarían para unir los miembros de las Coyolxauhquis norteñas,
ni si llegaría a salvaguardar a las hembras
que florecían en las plantas industriales.

¿Qué hacer para atrapar la palabra más audaz…
capaz de mantener su palabra?

 

IV

Adolorida en sus fueros,
la diosa de la tierra aspira el cansancio de las hembras que han floreado el desierto,
que han iluminado el horizonte con su cauda de ébano.
Mujeres-montaña languidecen ante la custodia del cactus.
Cual diosa azteca se calcinan en la cama de arena;
entre ortigas y yucas resplandecen en la sangre del buitre.

Vergüenza me da vivir frente a su tumba expuesta;
vergüenza de no dar mi vida por ellas,
si ya habíamos dicho “ni una más”

vergüenza me da.

 

V

Jocosa, alegre y majadera se paró a la puerta.
Sin tocar, entró la bullanguera
y con gemido plañidero se mesó ante todos los cabellos.
No supo en qué momento le penetró los huesos;
se acicaló la frente y se absorbió en sus poros.
Bailando cumbia y quebradita arremetió con su afán conquistador,
con su afán grosero y perenne.
No hay muerte más segura que la que llega sola,
sin que la busquen,
sin que la esperen:
solita se invita la cabrona.

 

VI

Un grito apagado se esparce por el viento de Juárez
desierto plagado de pendones
testigos mudos de silencio
guijarros acompasados por el soplo del rastro que dejaran las huellas de una ninfa
incapaz de convertirse en laurel.

El acero atraviesa mi corazón
y lo rompe intencionadamente en partes
para que siga, doliente, el amago de su golpe:
desprecio, odio, insulto, mote.

 

VII

Un desierto mutilado muestra sus carnes sin rostro.
Sediento se alza:
antiguo mar de sirenas cercenadas,
sol durmiente,
silencioso grita la desesperanza.

Muda ante el misterio de la ruta,
trazada por un brazo,
una pierna,
un pezón,
una lágrima que no fue escuchada,
la prensa se duerme en los brazos de la duda:
un graznido de perros
es lo que un ladrar de cuervos para sus orejas.

 

VIII

No es necesaria una gota de sangre
para gritar contra el odio y la violencia
Ni una gota de sangre me basta
para sentir el dolor de la víctima.
Ni una gota de sangre:
ni una más…

Y aun así
cientos de nuevas víctimas se suman
a la enorme lista de sacrificados,
desaparecidos,
torturados,
secuestrados,
mutilados.
No es necesario escuchar el llanto de una niña violada
o un niño arrojado a las alcantarillas
para luchar contra la barbarie y el genocidio.

Un padre implora impotente ante la súplica inaudible;
una madre exige justicia frente a la cámara de diputados;
un hermano grita en la cúspide del perdón…
mas nadie responde.

También el silencio es violencia.

 

IX

Tanto coraje reprimido
tanta palabra amordazada
tanto grito en la arena…

No es preciso estar en el ruedo para sentir la estocada,
para experimentar el dolor del torturado
para vivir la impotencia por el hijo o por la hermana muerta.

No es necesario, no, llegar a eso.

 

X

Primero intentaron eliminarla a tiros
después a cuchilladas
más tarde, con una ka-cuarentaisiete
y dispersaron sus miembros por la ruta del olvido.
Habían llegado los cárteles;
luego la milicia;
mas no pudieron con ella:
heroica, incólume, rutilante
Juárez se yergue con los ojos de fiesta;
con su luto a cuestas, sí,
pero airosa, altiva y cachondona:
con más fuerza se levanta
con más ímpetu,
más ganas de vivir y de mostrarse.
Reza el dicho:
Cuando uno esparce granos de arroz en su camino,
aunque mil detrás vengan barriendo, no lograrán limpiarlo
.

Rosina Conde
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