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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Tres sonetos fúnebres dedicados a José Álvarez Menéndez

• Viernes 20 de julio de 2018

Introducción

Dejó por fin el valle que, doliente, se queda en este otoño desolado que ignora la esperanza y la alegría. Por eso la tristeza que nos llena, por eso este dolor y esta amargura que quieren convocar ese recuerdo. Pues no hemos de escuchar su voz risueña ni ver su gesto amable, que, aunque irónico, jamás tuvo maldad ni fue perverso. No habréis de verlo más, pues, como suelen los barcos que se van con la mañana, dejó esta orilla, yendo a otros lugares. De nuevo es ese niño en el regazo que pudo ser ha tiempo, pues su madre lo junta en otros reinos a su pecho. Llorar no sirve ya, pues ha partido, que triste fue ese adiós que recordamos en días de un invierno repentino.

 

Soneto I

Las nieves que llegaron en enero,
cuajando lentamente sobre el prado,
admiran el paisaje en que, callado,
el hielo es de las briznas carcelero.

Tal vez lo sabe el frío prisionero
del beso de la tierra, si, escarchado,
lo toma con dureza, pues, helado,
sujeta la nevada con su acero.

El alba lo vio ayer, pero dormido,
dejado de su aliento que derrama
la vida a otras mansiones y baluartes.

El alma con apuro huyó al olvido,
quedando solo y triste en una cama
que muestra sus oscuros estandartes.

 

Soneto II

No quiero hablar del brillo soberano
que nace cuando llega, a la mañana,
el brillo de la aurora que se ufana
de ser el resplandor bello y temprano.

Malsano lo diré, pues, si es lozano,
sus luces quiebran vida cuando gana
la llama que bosteza con desgana,
dejando su destello sobre el llano.

Sabed que en ese enero silencioso
no fue agradable ver la rosa muerta
que llora en el jardín si quiere el viento.

Hallarlo así fue triste y doloroso,
como una voz que calla y no despierta,
no habiendo voz ni luz ni pensamiento.

 

Soneto III

La luz del sol llegó, mas, despiadada,
corrió los campos todos y, en su apuro,
dejar quiso el destello donde, puro,
el cielo conquistó en su llamarada.

Y el alma ha de llorar, desconsolada,
sabiendo que el granizo triste y duro
se vuelve en este enero algo seguro
que niega la esperanza acobardada.

La sombra fue quizás de cada noche,
su gusto por robar tanta belleza
que el mundo suele ver llegado el día.

Tal vez fuera asesina, en su derroche,
la llama que regresa y que bosteza
con esa brisa dulce, triste y fría.

José Ramón Muñiz Álvarez

Escritor español (Gijón, Asturias, 1974). Licenciado en filología hispánica y especialista en asturiano. Es profesor de lengua castellana y literatura en Castilla y León.

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