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Las mansiones del silencio

viernes 5 de octubre de 2018
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En memoria de José Álvarez Menéndez

Soneto I

Los charcos vio la helada como espejos
del bello resplandor en que, sencillos,
los rayos del sol vieron esos brillos
que prestos dibujaron sus reflejos.

La aurora llegó triste con bermejos
que hirieron de la noche los castillos,
guarida de la voz de los autillos
que mudos se callaron a lo lejos.

Y todo fue silencio de invernada
en esas densidades que el enero
quebró con la crueldad de su dureza.

Preludio de la muerte alborotada,
la nieve fue tan sólo en el sendero
que cruza ese paisaje de tristeza.

 

Soneto II

La altura alcanzar quiso el raudo viento
que se agitó violento en raro rizo,
sabiendo que, si en nieve se deshizo,
primero fue el enero de su aliento.

Halló un color oscuro el firmamento
al ver cuajar la luz de su granizo
en un lugar tomado del hechizo
del aire del invierno ceniciento.

La escarcha, no muy lejos del camino,
miró el paisaje triste, que, callado,
el sol besó con gran melancolía.

Las nieves del enero mortecino
supieron del paisaje derrotado
que supo desbordar la brisa fría.

 

El hielo de la escarcha

El hielo de la escarcha
que toma los caminos
y sendas silenciosas
que suelen lamentarse en estos días,
palpita, temeroso,
sabiendo, sospechando
que llega el viento helado del enero
con voces que preludian otra muerte.

El hielo de la escarcha
que toma las veredas
y atajos olvidados
que no verán ya más las hojarascas,
palpita, quejumbroso,
sabiendo, suponiendo
que llega el viento helado de la noche
con voces que preludian otra muerte.

El hielo de la escarcha
que toma las colinas,
los prados y los bosques
que no sospecharán la primavera,
palpita, doloroso,
sabiendo, imaginando
que llega el viento helado de otros reinos
con voces que preludian otra muerte.

El hielo de la escarcha
que toma los jardines
y parques apartados
que no sabrán del alba que no llega,
palpita, perezoso,
sabiendo, lamentando
que llega el viento helado de las nieves
con voces que preludian otra muerte.

El hielo de la escarcha
que toma cada valle
y acaso cada cumbre
que duerme su letargo con paciencia,
palpita, sentencioso,
sabiendo, comprendiendo
que llega el viento helado del granizo
con voces que preludian otra muerte.

 

Supo el vuelo de un vencejo

Supo el vuelo de un vencejo,
cruzando el aire temprano,
dibujar, en lo lejano,
el más encendido espejo;
que, con su raro reflejo,
bordó el oro, en su alegría,
que el mismo cielo encendía
sobre el cristal de la helada,
donde, al brillar la alborada,
quiso alzarse el nuevo día.

Y, a quebrar la sombra oscura
con los más claros pinceles,
hirió, con puñales crueles,
los corales de la altura.
Y la callada espesura
pudo ver la gallardía
con que al fin la brisa fría
de la noche en retirada
pudo admirar la alborada
que vio alzarse el nuevo día.

Y, galopando violento,
vieron correr aquel rayo,
un agitado caballo
sobre las alas del viento.
Porque, cayendo sediento
donde la vida vivía,
la muerte, con osadía,
supo hallar allí guardada,
que, al nacer de la alborada,
supo alzarse el nuevo día.

Porque fue un pincel mortal
el que trazó su belleza,
alzando la fortaleza
de la gala matinal.
Que siempre fue de coral
la luz que la altura hería,
que, por la senda sombría,
escuchando su llamada,
la muerte halló a la alborada
donde se alzó el nuevo día.

Y, con aire fatigoso,
corrió aquel raro palacio
el destello, en el espacio,
con un bostezo gozoso.
Y fue el eco silencioso
que escucha la serranía
esa muerte que vencía
sobre la vida callada,
porque, al nacer la alborada,
quiso alzarse el claro día.

 

No fueron razonables

No fueron razonables
los ecos del silencio
que vio perder la vida
a quien dejó su aliento junto a un halo
de sueños que se tejen en la nada
y juegan a ser música
de ausencias que se pierden sin remedio.

Tampoco fueron justos
los ecos de esperanza
que hirieron con dureza
al árbol que luchaba, debatiéndose,
contra esos vendavales inclementes
que no supieron nunca
mostrarse con el mundo generosos.

Mas esos temporales
que llegan repentinos,
se van como vinieron,
y, sin aviso alguno, con apuro,
el aire deja su violencia amarga
y vuelven esas horas
de calma a estos terrenos desolados.

Y entonces es momento
de ver, en el camino,
los árboles que mueren
llevados por el golpe furibundo
que suele arremeter con las tormentas,
contento de arrancar
los árboles del bosque de la vida.

José Ramón Muñiz Álvarez
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