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Hablemos, de Octavio Santana Surez

Para María Dolores Menéndez López

• Sábado 1 de diciembre de 2018

Soneto I

El sol buscó un crepúsculo callado
Detrás de las montañas y cordales,
Las luces, las estrellas celestiales
Que al orto dan, desde su principado.

El oro fue en los mares reflejado
Y el vuelo alzaste, yendo a los cristales,
Del alba, cuyos brillos celestiales
Ardieron en un cielo despejado.

El árbol deshojado de tu risa
Las noches desnudaron sin apuro,
Las horas, las auroras y la brisa.

Desnuda pudo verte el aire puro,
Errante voladora tu sonrisa
Donde cayó, a la noche, un sol oscuro.

 

Soneto II

Sus manos delicadas, temblorosas,
Ya débiles, estaban siempre frías,
Mas no sus ojos, cuyas alegrías
Lucieron en el fuego de dos rosas.

Sus piernas caminaban temerosas
De algún tropiezo, pero ciertos días
Andaba con soltura si, en las mías,
Sus manos se apoyaban jubilosas.

Y, júbilo febril, me dio el hechizo
Que pueden dar los ángeles del cielo,
Hasta que su sonrisa se deshizo.

La luz del sol cortaba el blanco hielo
Que el prado hirió, con nieves y granizo,
Pincel de la mañana sobre el suelo.

 

Soneto III

La luz sobre las sombras se deshizo
Un viernes de noviembre donde, bella,
En el fogón ardía una centella
Que alzó la magia rara del hechizo.

La lluvia dejó paso al invernizo
Susurro de los vientos, su querella,
Cansados de quejarse, pues aquella
Más dura sonó en boca del granizo.

Las lluvias y los vientos sacudieron
Con toda su dureza los tejados,
Luciendo, firmes, su perseverancia.

Las brasas, sin embargo, resistieron
A los chubascos, viendo preparados
Viruta, carbón, leña en abundancia.

 

Soneto IV

Prendieron las antorchas su belleza,
Las luces, el color y la hermosura,
Las llamas de una súbita ternura
Que ardió sobre su frágil fortaleza.

Voló un suspiro al aire y, sin torpeza,
Cruzó el silencio triste, y su figura,
Serena, fue buscando otra postura,
Librando en su bostezo la pereza.

Sus ojos se entreabrieron y miraron
Con dulce claridad, nunca con prisa,
Gozando de la siesta y su reposo.

Las llamas de una estrella dibujaron
La bella mariposa de su risa
En su semblante dulce y cariñoso.

 

Soneto V

La sombra que borró su rostro bello
Volviéndolo cenizas en la nada
Negar quiere mi voz, cuando, callada,
Se rinde al alumbrarla en un destello.

La nieve que fue antorcha en su cabello
Haciéndolo más claro, a la alborada,
Recuerdo pudo ser, donde, apagada,
Revive, al recordarla en todo aquello.

Hirió su voz sin lucha el sinsentido
Que arranca de los pechos el aliento
Que ceden, quejumbrosos, su sonido.

La muerte arrebató su sentimiento,
Y el hielo sus rosales hizo olvido,
Hiriéndola con fuerza el raudo viento.

José Ramón Muñiz Álvarez

Escritor español (Gijón, Asturias, 1974). Licenciado en filología hispánica y especialista en asturiano. Es profesor de lengua castellana y literatura en Castilla y León.

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