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Del poemario Jornalero, ebanista, minero, revisor y camarero

viernes 1 de febrero de 2019
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Resto de dignidad

Quisiera tener algo que contarle a la enfermera del Instituto Guttmann
que, con probable impaciencia, empujará un día mi silla de ruedas.
Explicarle que soy feliz porque tú guardas la poesía que ya no tengo,
que un buen día intuí la sutil pericia de los astrónomos mayas
y el furtivo hábito del lenguaje.
Ponerle al día de cómo aprecio la arquitectura de las tijeras, la pinza y el tenedor,
que, mientras se hacía interminable la cola en el umbral del poder,
yo acampaba solitario a la sombra del poder que cobija el umbral,
que no viaja más rápido quien va más deprisa sino quien dobla por la mitad el espacio
y que consiste la vida en insertar interpretaciones personales en un texto dado.
Hablarle también de cómo las ranas saben de los terremotos y los perros de la muerte
y que más que tantas proclamas
mejor nos definen nuestros inquilinos más persistentes.
Advertirle cómo era de santo aquel viejo eremita del bosque,
porque allí nadie había oído nada de que Dios hubiera nacido, muerto y resucitado,
que mueve la historia de los humanos el hurtar y el miedo a no ser hurtado,
que guarda el fondo del mar la inmortalidad del fondo del mar
y que los dioses tienen caprichos y el destino voluntad.
En fin, que mis intereses fueron modestos,
mis pocas cualidades en las antípodas del servilismo
y que bajo la manta que cubre mis piernas
escondo la cajetilla de tabaco y guardo un resto de dignidad.
Me limpiará la babilla dejándome varado frente al principesco sol del otoño
para tomarse merecido respiro y retomar la lectura de Cincuenta sombras de Grey.

 

Se agota

Vacío, el cubo de hojalata
en el friso del pozo seco
aguarda
—paciencia inútil—
la mera posibilidad de otra zambullida.

El brillo de la yesca
en cautividad sin aire
nada enciende
mientras
se ultima.

La materia íntima
que de mí supe,
la que me diseminó
como polen,
se agota
cada vez más deprisa.

 

En el que ayer, pusilánimes, nos cobijamos

Las bestias aplauden, en el circo romano,
el deshonor y la brutalidad
cuando destrozan, sucias de dolor,
las carnes al esclavo que nos representa.
Vitoreamos, de su muerte, la agonía,
porque tal es lo que la nuestra posterga.
Nuestros abucheos lo condenan a la no clemencia
y nos salvaguardan hasta que llega la hora y pisamos la arena
y nos denuesta el tumulto
en el que ayer, pusilánimes, nos cobijamos.

 

En el final

En el final del camino llamado “Idealismo”
un mirador de nombre “Utopía”
con un letrero que reza
“Bienvenido a Vacuidad”.

 

Qué de malo

“Una nación que cría hijos que huyen de ella
por no transigir con la injusticia
es más grande por los que se van que por los que se quedan”.
Ángel Ganivet

¿Qué de malo en ser ratas huyendo del barco que zozobra
solamente porque aquel disfrazado de almirante nos exija valentía?
¿Qué de incorrecto en ir valerosos hacia la cobardía?
¿En cambiar mil toneladas de metal por un trozo de balsa?
¿La mecánica de las hélices muertas por la destreza de las palas?
¿Qué de malo en transitar del himno elegíaco a la tonadilla de la cantinera?
¿En hacer con todas las banderas manteles, sábanas, pañuelos y cortinas?

Así pues, huir, huir sin reparos ni tapujos,
porque necesitamos rescatarnos a nosotros mismos para seguir respirando
y en esas estamos, ya que aún hay cosas que decir después de Hiroshima,
aún poemas que escribir tras lo de Auschwitz y Srebrenica,
aún creaciones de sonidos y esteatitas y olores y pátinas
que honren el cosmos majestuoso y exacto
que insiste en darnos y darnos semillas.

Huir, escapar, cambiar el paso para dejar atrás etnias, idiomas, iluminados,
redenciones, epifanías, complacencias, fascinaciones,
y promover los magnánimos efectos de la realidad
los que, iluminadora existencia, nos dan continuamente vida.

 

Sangre real

Yo soy la sangre real,
el profeta de los ciegos,
y vengo del vientre del Leviatán para deciros
que la pereza es vuestro reino
y el miedo la saeta de toda la maldad.

Que nuestro cuerpo es árabe y cristiano,
hojas de palma y agua bendita,
el mirlo blanco, el león negro,
el loto sagrado, la runa de plata,
el silencio del ashram,
el sonido del cuenco tibetano
y la cruz solar.

Que la herencia de Aristóteles y Spinoza
es la paternidad de la memoria,
el yelmo de toda pugna
en la guerra contra el soñar.

Y, el inicio de lo puro,
solamente la mujer,
sin cadenas ni vicios, desvelará,
por eso os digo que en el amor
debemos ser magnánimos,
aunque lo que ella desea
él no lo pueda desear.

Con las manos cuidaremos
las semillas de tallo frágil
y segaremos con palabras ciertas
la maleza disfrazada de verdad,
para vivir hoy el mañana
y que se cumpla el después
que al imaginarlo acontecerá.

Dar la última gota en defensa
de nuestros semejantes
y semejantes solamente
los que por dar más de lo que reciben
reciben más de lo que dan.

Desnudos como la lluvia,
dispuestos a todos los contagios,
descubriremos a los humildes
escondidos entre los engreídos
¡separemos a los que fingen estar dentro
y no han entrado jamás
de los que crean no merecerlo
y son merecedores de no hacerse rogar más!

Buscando el sendero,
el del tal vez, el del quizás,
desplegaremos mudanza
desde lo que aún no somos
a lo que cuando seamos dejaremos atrás.

Y recordar lo que se intuye
en la íntima cualidad:
aprender a vivir cada uno de sus dones
sin pedir, sin quitar, sin otorgar, sin culpar,
sin dar por dar,
sin juicio final,
así no está escrito y así será:
en la culminación de lo que somos
el dar de mi semejante
será pronto mi dar
y lo que me aguarda te aguarda
porque eres el cómo de lo que haces
y el porqué de lo que serás.

 

Lo que nunca te dan

Te dan un reloj y una cuerda
una vela y un papel
una semilla
un copo de nieve
una chistera mágica
una cajita sin fondo
el sonido de la lluvia
unos puntos suspensivos
una hoguera y un pincel
un remo, una piedra,
una palabra del revés
un ojo crítico
un pulgar oponible
un drama, una comedia,
una tragedia y un entremés.
Muchas perspectivas
y una forma de ser.
Lo que nunca te dan
lo que no te dan nunca
es lo que debes hacer.

 

Posibilidad remota

Cabe remota la posibilidad de que la vida perviva
como resultado de la pugna fratricida que nos enfrenta y debilita,
ya que, de no ser así, habremos desaprovechado millones de años.
Desconozco, si ese no fuera el caso, habrán sido útiles tantos intentos fallidos,
si el poso de la tiza guardará palabras,
si el mucílago preservará lo que dejamos dicho en el grafito,
si serán accesibles los lugares profundos
donde los fósiles que atesoran lo que con tanto esfuerzo comprendimos.
Con franqueza… lo desconozco.
Aun así, no cejar es lo justo
tanto para preservar la conciencia de vida, esa facultad que nos otorgamos,
como para dejar rastro de que lo intentamos,
de que se puede intentar.

 

Encapuchados

Los encapuchados se dirigen hacia ella,
vienen bate en mano de atracar la gasolinera,
donde han pateado a alguien que no era de su tamaño,
y marchan sin pagar ni el combustible ni los congelados para la cena
(cuando los calientan nunca recuerdan
que no hay que meter nada metálico en el microondas).
Se dirigen hacia la muchacha con media sonrisa estéril
y la otra media mitad medio muerta.

Quién sabe si lo que ella está pensando es
“Señor, ¿qué quieres de mí?”.

David Pérez Pol
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