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Poemas de David Pérez Pol

lunes 1 de octubre de 2018

Centauros

a mis padres

Mi padre, el irreverente.
Mi madre sosteniendo vértigos.
Él se arrancó una muela con las tenazas,
ella empezó a estudiar cuando ya las cascadas se habían secado.
Entre ellos nunca, pero dos, tres y hasta cuatro veces besaron la lona.
En el orden de las cosas anidaba un cuervo ciego
así que trabajaron duro sin percatarse demasiado, sin darle importancia.

Creo se apreciaron con un oculto insatisfecho
que les hacía invencibles y les enfermaba
(agotan juntos una salud interminable).
Fueron héroes de una manera
que no sé, que no puedo pronunciar en voz alta.

Comunicados hace años por dos habitaciones separadas
han cultivado el lenguaje de los signos y de la paciencia
y un suave resplandor aún conmueve
a los fantasmas de las estatuas en los rincones del pasado
que los hace humanos, posibles,
guardando en mí secretos que nunca explicaré.
Tal vez, algún día, de forma velada.

La herrumbre de las heráldicas
(esas imposibilidades soñadas que nunca existieron
más que en el horizonte de las ventanas)
aún los recuerda entretenidos en constelaciones lejanas
unidos por la gravedad y el desconcierto
¡los dos tan juntos en tan diferentes sueños!

Mi padre tenía, sin saberlo, mucho dolor en las manos,
un dolor que no duele más que en los cementerios
y en la pereza del fondo de los armarios.
Se compró un Mustang rojo de tercera mano
en su deseo de ser un niño en el regazo de los Reyes Magos.
“Hijo, esa mujer no te quiere” a pleno pulmón gritó por las calles, desorientado,
buscando rescatar a mi hermano (y razones no le faltaban).

Ella, para doblegar los mareos, era habitual su sombra en los vacíos.
Besar el pan cuando lo recogíamos del suelo
era el detalle bíblico en el ritual del comer, tan pagano.
Tirar comida es pecado, decía retrocediendo al hambre del pasado.
No importa en qué, porque cualquiera puede ser muy bueno
en lo que ponga empeño y ganas, mira el peluquero,
amigo de infancia de tu padre.

Él se ponía las gafas de cualquiera.
Ella enhebraba las agujas haciendo cálculos para la cena.
No conocían el plan previo que los guiaba,
el de la dificultad de correr por un lago helado,
el del grito cerrado de la máscara sin boca.

No pusieron palos en las ruedas
y cobraron siempre, sin exigir nunca nada,
por debajo de lo que costaban.
Hicieron lo que sabían, lo que no es poco,
y, con la honra que desconocían poseer, les bastaba.

En el engrudo de la posguerra que hurtó los ojos a los espejos
y cerró las fronteras con cloroformo,
como quien cubre tumbas con cadáveres,
aún están sus pasos que se acercan hacia el reencuentro,
donde la causa primera,
cuando se miraban a los ojos y sonreír les hacía compañía,
les ofrecía consuelo.

El sentido del deber que han sabido sobreponer
a rencores, amenazas, fracasos,
a las ilusiones, que más que ilusiones eran señuelos,
aún puede, ahí están ellos, convertirse en hospitalidad y cariño.

Centauros de la indulgencia por la colina de la oscuridad avanzan.

 

Jubilación

“Conservar el espíritu libre y el juicio firme,
rezar el rosario cultivando injertos,
es esperar, seguro de sí, muy dulcemente la muerte”.
La felicidad de este mundo
, Christophe Plantin.

Compraré buenos acres de tierra
para levantar una casa de madera,
con un desván en penumbra donde preservar los recuerdos
y, en el zaguán luminoso, escanciar con humo de cigarros y de libros,
de vino y silencios, las morosas tardes de los días sin gestos.

Diseñaré un sistema de riego y plantaré árboles frutales,
cavaré un pozo y construiré un aljibe.
En la empalizada mantendré secos,
para caldear los inviernos,
los leños de pino junto a los de las encinas.
Del estío las noches de murciélagos y búhos
y, más acá, en las contraventanas,
albahaca protegiéndome de los mosquitos.

En el cobertizo, veneno para topos, ratas y otras calamidades
y, junto con las herramientas engrasadas dispuestas por tamaños,
semillas de ruda, acelgas y berros en el orden alfabético de sus bolsas etiquetadas.
En el sótano una despensa llena de conservas, compotas, congelados.

El sol y el viento sustentarán dínamos y baterías
y guardaré las tormentas en el pozo para regar durante las sequías
y esperaré la visita de los nietos limpiando de caracoles el huerto.

Y en el armario de la entrada, oculto tras los abrigos y las chaquetas,
habrá un Kalashnikov dispuesto y municiones en la repisa
de la alacena que aún perdura de tiempos, lejanos en apariencia,
y así, sentado en el porche, con los atardeceres palideciendo frente a mí,
sabré consolarme de los efectos de la lluvia ácida
y de la porción de radioactividad posmoderna
que a buen seguro habrá en correspondencia.

 

Estos papeles

Estos papeles desperdigados
llenos de palabras que se acumulan en el trasiego de las idas y venidas,
ese tiempo, ¡tanto!, dedicado,
secuestrado sin rescate,
horas y horas sólo mías
requisadas al comercio, al sueño, al trabajo,
al poniente de los faros, a la cordura del suicida,
a las noches sin terapia, a los trasplantes, a los inventos,
a la compañía de bellezas inquietantes,
a los entierros, a las tormentas, a las botas de siete leguas,
al telón del comediante, al perro de la vecina,
al dolor de muelas, de cartílagos, de caligrafías,
a los lazos familiares, al soborno de los gremios,
a los pesticidas de los huertos, a los pleitos judiciales,
a la horma de los rituales, al golpe seco de las milicias,
a los síndromes de abstinencia, a las vírgenes arrepentidas,
a las hostias consagradas, a los exámenes de conciencia,
no sostienen más paredes que unos pocos gramos de mi vida
ni valen lo que un buen puchero de judías pintas.

 

Sueño recurrente

Crecen animales lentamente horribles,
seres deformes, nuevos.
Allí, de piedras que palpitan gotean líquidos
(imposible distinguir lo animal de lo vegetal y de lo mineral).
Sapos enormes, tigres champawat con escamas
y diferentes especies de insectos
del tamaño de una cafetera, copulan
bajo las hojarascas podridas,
engendrando novedades aún más dolorosas.
Homínidos enanos de cuerpos lechosos, desnudos,
al mismo tiempo suaves y viscosos,
me miran sin párpados ni músculos en los labios.

Habitantes en un foso, colindante a mi terraza,
desde donde podría tocarlos, si me atreviera,
llagado por el olor putrefacto de sus miradas.
Una zona del patio que me pertenece,
un edén inverso y retorcido y grotesco
del que no salen, pero sé perfectamente
que podrían si quisieran.
Todo allí se mueve despacio o se aquieta vertiginoso,
extrañamente, sin violencia alguna,
mas bajo el signo permanente de la más atroz de las amenazas.

A veces descubro a mis hijos paseando
por la densidad de esa jungla inexplorable,
que por el miedo me ha sido vedada,
y no puedo hacer nada más que temer por ellos y preguntarme
¿de qué se puede alimentar esa malignidad
contrahecha y latente más que de mis propios terrores?

 

De todo un poco ha habido

He visto hombres infelices que no sabían que ya era suyo todo lo que necesitaban
y otros pletóricos que creían tener todo lo que no tenían.
He conocido fríos incandescentes, expiaciones corruptas,
la lujuria de los lutos desmedidos, vergeles donde la abyección era bendecida
y hombres en ascuas por la inminencia de pasiones amnésicas
y mujeres que de la noche esperan el desayuno perfecto.
Me han impuesto condiciones previas que lo condicionaban todo,
he jugado a juegos en los que no se me advirtió que la guerra era el punto de partida
y así he formado parte de ejércitos abanderados por líderes
que se inmolarían antes de reconocer que su rango
es una farsa más en esta contienda.
Me han abrigado con banderas desteñidas,
me han querido comprar con reliquias inmundas
y también me enseñaron la dignidad del trabajo de por vida
y que la honestidad del pobre es aún más meritoria si la calla,
mientras aprendía que así es como crean mercado los fabricantes de armas.
He saboreado el goce de las sombras, la elocuencia de la espera,
he vivido del desaliño hermoso de tantos tesoros por tantos despreciados
y de la intimidad de los restos de comida
y he sabido de miradas que son la verdad de todas las moradas.
También he conocido decimales redondos y quebrados enteros
y la soberbia de sentimentalismos sin compasión
afanados en desprestigiar mi compasión sin sentimentalismos.
He soportado al artista revolcándose en la ciénaga donde los réditos
de la vanidad insana y ventajista frente al honor de los que nunca se quejan.
He reivindicado la vida como el rostro claro que nos da sentido
y la velocidad lenta del gesto en su viaje por el universo de las caricias sentidas
y el acontecer sigiloso del remanso del río previo a los deshielos
y las diáfanas y ocultas escalinatas en su espiral hacia el firmamento
y la pausa feliz de las serpientes digiriendo
y la de los ensimismados tréboles soñando la posibilidad de una cuarta hoja.
He conocido ideas impenetrables como sotanas,
la inútil perfección de los relojes parados y la sistemática de los bueyes ciegos.
Me he despojado del desconcierto del espejo frente al vampiro,
de la posibilidad de las coronas de espinas, tanto como del ensalmo de las laureas
y también de los cantos de sirena
con las que los deprimidos evocan sus infortunios
y de los que dicen que hacen justicia cuando roban la justicia.
He visto corromper el oro a manos llenas,
he aprendido que la contabilidad acaba siempre con un ajuste de cuentas,
que mis partidas de ajedrez comienzan en posición de buscar las piezas,
que el arte solamente es arte si cotiza
y que la estabilidad psicológica que recomiendan depende
más que de reinterpretar lo sentido de sostener el azadón y comenzar la siega.

Y ya que de todo he sabido que ante cualquier situación crítica
la mejor ley es la hogaza de pan compartida,
así dejo dicho que desear vivir me hace sentir aún más vivo,
lo que, sin duda, quiero dejar constancia, no se parece a nada
y ahora, que estoy en el esfuerzo de no convertirme en una clínica,
por no añorar no añoro ni uno solo de los días consumidos.

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