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Poemas

viernes 28 de abril de 2017

Presiento el miedo
del que sin duda formo parte.

Que en el suspiro te desprendas de mí
presiento.

Dame tu mano.
Dame tu mano y abrázame.

Esencia de crepúsculo
es triste el beso que espera.

Arrebújame mujer
en el cuerpo de tu futuro.


Hicimos un muñeco de nieve
luego tuvimos que cortar no sin esfuerzo
la gran rama de la mimosa
quebrada bajo el peso de la nieve
nuestras huellas quedaron allí fijadas
más tarde vino el deshielo
y el pino canario ya nunca más dará señales de vida
y el cielo límpido y los copos cayendo y cayendo
durante toda la noche
cubriéndolo todo con la textura de la extraña paz
del silencio más excelso
los gorriones y los petirrojos oscilan
en las ramas o se citan con el frío
en medio del aire —y las urracas también—
tanta quietud balanceándose sordo rumor de espera
de respiración contenida
nada nos reclama y los vecinos parecen
más cercanos y optimistas
admiramos la belleza la tocamos la olemos la sentimos
hicimos un muñeco de nieve con gorro de lana,
gafas de sol, botones de cobre
y unos brazos con jóvenes ramitas de manzano.


Por las noches abro la puerta de la casa
contento de que el frío de la oscuridad me traiga la intemperie
un vaho de hielo circula a escasos
centímetros de la superficie de la vida
un ratón temeroso escarbando en la tierra
el denuedo de la bruma acaeciendo lento
los árboles escondidos tras sus esqueletos
y el rayo amarillo de la luna
traspasando de luz los fantasmas de la noche
paseo la vista por el haz febril de lo quieto
la intermitencia de un búho un ladrido una rama que cruje
el chasquido de las patas inmovilizadas de los insectos
en su rezo al dios de las vértebras
el atado girar al dueño de las mareas
de los planetas y las constelaciones
la respiración mínima del sueño de los gatos
el centelleo del aliento que desprenden los arbustos
la silueta de los recuerdos avecinándose
el silencio lleno de rumores
de este viejo cascarón de Ganímedes
ahora un pedazo de mí se diluye y alcanza,
desapareciendo y perdurando,
cotas en lo invisible de la imagen borrosa
y plena de las ruinas que vendrán
desasido busco en la incertidumbre
un concepto alquímico que me apacigüe esta incontinencia
este dolor de búsqueda
esta necesidad de resistir la soledad que llevamos dentro
mientras el esplendor de la tormenta que siempre,
allí en lo íntimo, se debate,
moldea rasgos de un miedo y de un amor que hacen daño
en los espejismos del mañana.


a mi ajedrez

La caja de madera de raíz conteniendo infinitos movimientos
estrategias dulcificadas por la marea de los dedos.
Dentro, un rey ve morir a sus hijos, a veces enviuda, y luego,
siempre, muere.


Quisiera desaparecerme en ti
no distinguir tus yemas de mis dedos
ser desapercibida curva
en la desnudez imprevisible de tus caderas
ser nativo en el laberinto de los decimales
de tus arrebatos pasionales
porque tantas veces me llevo
el poso amaestrado de un silencio suplente
un animal salvaje fieramente disecado
arena encallada bajo la puerta
de las preguntas insolentes
atrofias de un dolor que fue infantil
en un lejano lugar sin destino…
que ahora solamente quisiera desaparecerme en ti
para curarme de la ceguera y del hastío
para ser todo lo bueno que nunca he sido
para ser la divina acción del decir llueva y que llueva
para, ojalá pudiera, saberte dar los poderes
que aún no sé que tengo
para defenderte, ojalá supiera, de la maestría letal del mundo.


Dime, háblame de por qué me postro
tan sólo ante la lujuria de tu amor ubicuo.

Dime, háblame de la soledad del río
en su bifurcarse donde angostas soledades de sí mismo.

Háblame de tu voluptuosidad
que siempre me recibe estoicamente entregado.

Dime por qué sin darme cuenta te apremio sumiso
con la mirada buscándome.

Dime, háblame, tragaluz y noria, de por qué
me amas como me amas.

Sí, dímelo, recuérdamelo, repítemelo,
una y otra vez repítemelo.


Merezco el fin de los tiempos y de las cosas
porque no he respetado las leyes de los otros
—¡tantos!— que me rodean.

Merezco cólera y desatino
por mi egoísmo disfrazado de virtud
y recompensa merecida.

Merezco pudrirme en el trono sobre
el que despótico me gobierno.

Merezco, como todos, tener lo que tengo
y lo que no tengo.

Merezco tu indiferencia y el dolor obstinado
que provoca el desesperado regir
que me desespera.


Dentro de la gacela
respira un leopardo
que la quema.

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