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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Las lluvias de la tarde

• Viernes 22 de marzo de 2019
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I

Las lluvias de la tarde
llenaron los paisajes
dormidos de tu pelo,
los reinos de tus ojos, siempre verdes,
la luz del cristalino cuya hierba
respeta los colores vencidos del otoño.
Y, entonces,
encendiendo tu bostezo,
recorres cada parte del Aramo,
perdiéndote en aldeas olvidadas.

 

II

Y aquel abrevadero
cuajado de ilusiones
refleja las alturas,
de donde cae la lluvia que te moja,
burlándose de ti, mientras te hiere
con esos besos llenos de pura picardía.
Y, entonces,
contemplándote, mirándote,
me siento más dichoso que los montes
que saben de los pueblos apartados.

 

III

Y dices, con tu risa,
que sabes los idiomas
que hablaron las estrellas,
en esas noches llenas de misterio
que oyeron el pregón de aquellos cárabos
que cantan en la noche secretos ancestrales.
Y, entonces,
recordando aquellos días,
las tardes compartidas de las playas,
recuerdo algunos nombres de la zona.

 

IV

Me dices que un vencejo
nubló las esperanzas
de aquellos tiempos locos,
y agosto desfiló como desfilan
las gentes de las bandas militares,
luciendo sus trompetas, mostrando sus clarines.
Y, entonces,
suponiendo que el verano
se fue sin la promesa de agotarse,
septiembre se hizo lluvia entre nosotros.

 

V

De hecho, somos lluvia,
vivimos siendo lluvia,
amamos nuestros cuerpos
igual que la neblina, si no hay lluvia,
y, siempre con la lluvia que nos llena,
queremos ser cobijo de todas las auroras.
Y, entonces,
despertando de ese sueño,
la lluvia se hace gracia en los cristales
y amamos enredarnos en la lluvia.

 

VI

Y, siendo ya esa lluvia,
te vuelves un otoño
de luz y claridades,
y quiero repetirte entre mis brazos
como ese fruto dulce que nos hace
soñar sabores frescos, tan puros como el agua.
Y, entonces,
con la lluvia que te envuelve,
me explicas que eres mía, pero libre,
que nunca habrás de ser mi prisionera.

 

VII

Y sé que es paradójico
que digas esas cosas,
que quieras ser un bosque
de eterna libertad donde se pierdan
los sueños que soñé con inocencia
en un tiempo sin ti, después de tantos siglos.
Y, entonces,
porque fue el mejor momento,
te supe replicar y te maldije,
dejándote volar al ancho cielo.

 

VIII

Y sé que es paradoja
que digas que eres libre
y sepas que eres mía,
pues cierto es que te sientes prisionera,
ligada a los grilletes con que quiero
tenerte prisionera, volverte siempre mía.
Y, entonces,
porque siempre digo entonces,
dijiste la verdad, rompiendo sueños
de lluvias y de versos infinitos.

 

IX

Existen mil lugares
de prosas que son versos
y versos que son prosas.
Existen mil lugares que contemplan
la luz de las lloviznas que soñamos,
pues somos las lloviznas que bañan la esperanza.
Y, entonces,
caprichosa como siempre,
destrozas ese sueño a la deriva,
destrozas la esperanza y te repites
amando con locura el desengaño.

 

X

Ignoro si un poeta
escribe nuevas odas
que quieran halagarte.
Tal vez este septiembre nos separa,
tal vez este septiembre trae los hielos
que quieren los otoños que cantan soledades.
Y, entonces,
porque siempre será entonces,
regresas, como voz arrepentida,
al alma arrepentida de tu marcha.

José Ramón Muñiz Álvarez

Escritor español (Gijón, Asturias, 1974). Licenciado en filología hispánica y especialista en asturiano. Es profesor de lengua castellana y literatura en Castilla y León.

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