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Figura de la mirada

miércoles 5 de junio de 2019
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I.

Recuerdo en mis pies los cristales,
la ventana, el suelo,
la estela cautiva.

Mar de mi casa imaginario
e inadvertido.
Las escalinatas en aros vibrantes
de luz y color.

En los caminantes óleos de las calles
nada pertenecía si los paisajes,
si las reinterpretaciones de luminancias
fueron los ojos cerrados,
dramáticos, fugaces.

Las manchas de lluvia.
Sol naciente de Monet
como las atenuadas palabras y gestos
en que la fundición de miradas
fueron el universo afuera.

 

II.

En su pecho que eran las piedras
y lo inefable,
mis sentires se escabullían
inarticulados y convencidos.

El destino era
en mis manos
un diccionario de la piel,
del eterno retorno de las emociones.

Nada había más irrealidad nueva
que sentir la lluvia interior.
Dulce, la transparencia de estar suyo,
de estar vivo.

 

III.

Sentía mis hombros como las olas.
El canto debajo de las costillas.
Lo indecible resonaba al desarmar las pausas,
porque sentía una misma letra,
cálida en mí,
en el vibrar de las cosas.

En las respuestas de columnas blanquecinas
si enclaustraba los párpados,
si cantaba musitando
la voz suave.
No quería mirar las manos de las Moiras.

Pero si hubiese la humedad de mi carne,
hallado la intuición,
la agitación de los lugares
hasta que sólo existieran las madrugadas,
hubiese sentido los significados
del destino hilado.

Y yo recordaría —tocado mi corazón—
las pupilas en el paraje íntimo,
la certeza conmovedora,
repentina.

 

IV.

La mirada a la izquierda existía,
ingrávida,
agolpaba los vocablos.
Incorpórea,
llenaba mi vientre de peces dulces.

Andaba en amnesias,
en pupilas de puentes
y hierro y tablas de madera.

Devanaba ciudades en el caer despacio
el mago de la geografía,
el humo fragante.

 

V.

Su hálito
—soplo terso y apacible—
era la emigración de las palabras.

Mi torso manifiesto,
estático,
la expatriación del desafecto.

La garganta desierta
tenía el nombre de los umbrales;
el descongelamiento del pulso,
de un mundo interpretado por sus ojos.

Era inmutable
el áfono fulminar.

El sosiego verídico,
concluso
del ojo avizor.
La suma de mis partes.

 

VI.

La mirada era un sentir bífido,
un devenir de afectos inalterables.

Era la identidad de los sonidos
livianos
rosas
de las cogniciones.

El desplomo en la cama bastaba,
el contorno de las luciérnagas,
el andar oscilante
por la consonancia de encuentros.

El anclaje en el numen.

 

VII.

Los iris invadían el rostro
—el lienzo desposeído—
y si las ondas en ellos
eran cargadas de pintura,
de mi cabello en sombras,
nebulosa inenarrable;
los ojos estaban siempre a la izquierda,
apenas transparentes.

A nadie importaba el blanco titanio.
La melancolía desabrigada.
No ser yo misma
en los rayos de luz.

Sentirme de pinceladas
inquietantes,
despierta
a la presencia del otro.

Alondra Berber
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