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Cinco poemas de José Ramón Muñiz Álvarez

lunes 10 de junio de 2019
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El faro silencioso

I

El faro silencioso
que mira, desde el cabo,
contempla los paisajes apartados,
lejanos como el vasto precipicio
que mira la belleza más agreste.
Y tú, como esos mares
me dices con tus ojos
que formas esas olas, sus espumas,
los piélagos eternos que suspiran
el llanto de corales y de arenas.

 

II

Y el agua de la playa
se mira en tu pupila,
se advierte en tus ojuelos delirantes,
que oyeron a los viejos narraciones
de tiempos de tormentas y galernas.
Y, en tiempos de galernas,
supieron tus pestañas
del golpe de las olas, de la espuma,
de rayos en la altura y de la lucha
del mar con los pesqueros más humildes.

 

III

A veces, esa madre
se torna en un abismo,
convierte su belleza en furias vivas
que arrancan la ilusión, que hieren hondo,
que saben abatir al más valiente.
Y, hablando de valientes,
¿son pocos los que cruzan
las olas, cuando el alba se aproxima,
luchando con corrientes y con vientos,
dejando el alma allá por un salario?

 

IV

Y sé que tu pupila
contempla, con dureza
—también con hermosura—, los abismos,
el mar de los abismos que nos mira,
que sabe suspirar o amenazarnos.
El verde de tus ojos,
el verde de los mares,
la furia bella y clara que nos hiere,
sorprenden a ese faro que barrunta
después de las auroras los crepúsculos.

 

V

Y viene ya el ocaso,
y vienen los crepúsculos
y saben a tristezas, a otoñada,
a lanas y a una ropa que nos cubra,
que evite los cuchillos de la brisa.
Son estas humedades
testigos de un invierno
que ya no está muy lejos, que regresa,
que invade nuestros reinos hechizados,
los reinos del hechizo en que vivimos.

 

Las playas de Carreño

I

Las playas de Carreño
te saben de memoria,
pronuncian de memoria cada parte
del pecho que desnudas en su espuma,
pendiente de tu vientre silencioso.
Las playas de Carreño,
acaso cada arena
perdida en las corrientes del Cantábrico,
pronuncia la palabra de tus horas,
nos cuenta los misterios de tus tardes.

 

II

Y tú, como la brisa,
enciendes las pasiones
de aquellos que te miran en la arena,
de aquellos que vigilan en las playas
la voz de tu belleza inalcanzable.
Pues eres la princesa
de rocas y cantiles
que sabe de los llantos de las islas,
igual que las sirenas de Galicia,
llegando a las Asturias que te exclaman.

 

III

Y dices en Carreño,
en esos puertos tristes
y playas de la zona de Carreño,
tu nombre a las gaviotas que levantan
el vuelo hacia esos cielos que sucumben
al plomo de las densas nubaradas.
Y son las nubaradas
oscuras como el plomo,
pesadas como el plomo amenazante
que sabe de misterios, que nos dice
tu nombre en el hechizo que lo guarda.

 

IV

Y siento que en Carreño
te vuelves más divina,
que cada sortilegio te hace diosa
de un mar inesperado que madruga
igual que el bonitero con el alba.
Pues sabes que Carreño
contempla el alba siempre,
que llora la partida del marino
y goza con la espuma encabritada
que lucha con los viejos precipicios.

 

La gente de los castros

I

La gente de los castros
nos habla cuando el viento
nos habla de su historia.
Y sabes que los árboles del bosque
no dejan de cantar esas leyendas
de gentes aguerridas y valientes.
Tus ojos, que lo saben,
contemplan las escenas
que dicen los hayedos, si es que quieren
contarnos los sucesos de ese tiempo.

 

II

También los urogallos
nos dicen que los árboles
supieron de estos hechos.
Y el mar, furioso a veces, nos lo grita
en playas apartadas, bajo enormes
y viejos farallones olvidados.
En cambio, nuestros libros
ignoran que los héroes
tuvieron esos nombres que escuchamos
al viento y su lenguaje incomprensible.

 

III

Y tú, con tus ojuelos,
tus perlas de azabache,
descifras en la noche
milagros tan extraños como el alba,
que canta la derrota sin vergüenza,
sin eco de deshonra, sin deshonra,
de un pueblo que, aguerrido,
lanzándose a la lucha,
estaba condenado, sin embargo,
por más que demostrase su valía.

 

La playa de Verdicio

I

La playa de Verdicio
nos habla de las olas,
nos habla de la espuma,
contempla el viejo cabo y se lamenta,
igual que algunas veces me lamento,
igual que algunas veces
se escuchan tus lamentos,
tus voces quejumbrosas y los llantos
que saben que la playa de Verdicio
nos habla de la espuma y de las olas.

 

II

Y viendo que las olas,
la voz de las espumas,
la arena de las playas
nos hablan del amor a la poesía
—supongo la poesía si la siento—,
la playa de Verdicio,
las olas de Verdicio
no dejan de insistir con sus cadencias
bajo esos cielos grises y preciosos
que saben de la espuma y de las olas.

 

III

Por eso, si las olas
y acaso las espumas
se mezclan en la arena
y dicen lo que sienten los océanos,
podré soñar con costas solitarias
que escuchen esas voces
que quiero en cada verso
que sale de mi boca, cuando escucho,
queriendo descifrar esos idiomas
que suenan en la espuma y en las olas.

 

El eco de las playas candasinas

I

Perán, en la bahía,
sospecha la tristeza
del llanto de la espuma
que toma la palabra cuando entona,
con un recitativo casi lúgubre,
el eco de las playas candasinas.
Y el eco
de las playas nos susurra,
nos habla de sus sueños atrevidos,
de tardes de galerna en el Cantábrico.

 

II

Perán, en la bahía,
no lejos de Entrellusa,
parece recitarnos
el largo paternóster de la historia,
sabiendo de los siglos de miserias,
de duelos, de lamentos y de llantos.
Y entonces,
escuchando los quejidos
del mar, de la tormenta y su penuria,
aprendo a ser paciente con las lluvias.

 

III

Asturias nos lo impone,
acaso lo parece,
y pienso que lo impone:
quizás es que apetecen las tormentas
que hieren un ocaso desolado,
rendido en la derrota del otoño.
Y el soplo
de su aliento en la derrota
nos dice la verdad de lo que siente
en los confesionarios del crepúsculo.

José Ramón Muñiz Álvarez
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