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Poemas a Laciana

martes 15 de octubre de 2019
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Laciana

I

Laciana sigue siendo
como esa lluvia fina
que llega de la altura,
rozándonos, besándonos, haciéndonos
sentir el beso triste de septiembre.
Y callan los veranos,
y duermen los veranos
soñando cercanías de un otoño
que hiere ya los robles de la zona,
que quiere recobrar su antiguo reino.

 

II

Y vuelve a ser hermosa
en su melancolía
la luz de los paisajes,
el sol ya derrotado que se aleja
en esos vuelos bajos por el cielo.
Y en esos vuelos bajos,
en esos vuelos tristes,
se advierte la hojarasca malherida,
que llora con tristeza esa derrota
mezquina que tal vez no fuera suya.

 

III

Tal vez no merecía
dormir el sueño frío,
callado de un ocaso
que ve morir un sol fuerte en agosto,
la llama de alegría de otro tiempo.
Y en unos días solo
sabemos que las nieves
serán la certidumbre de otros meses,
pues ya comienza el curso, y los muchachos
no quieren olvidar sus vacaciones.

 

IV

Los bellos veraneos
también nos permitieron
amar otra Laciana.
Y sé que en Villablino son hermosos
los robles de los montes que nos miran.
Y sé la indiferencia
del castro que vigila
los pasos de quien sigue su camino,
quizás con el lamento de ese soplo
que hiela lentamente al que pasea.

 

V

La ruta verde duerme
la siesta del otoño,
la siesta que festeja
quizás una derrota declarada,
pues es una derrota declarada.
Y el canto del riachuelo
nos habla, con sus aguas
manchadas por la sangre y por el oro,
de aquellas viejas guerras contra Roma,
la Roma que se pierde entre los siglos.

 

VI

Y el caso es que los siglos
no quieren apurarse,
no saben apurarse
como esa espuma vil, ola con ola,
esas costas mías que están lejos.
Sabed que cada siglo
disfruta enmudeciendo,
guardando ese tesoro del secreto
que siempre los curiosos husmearon,
quién sabe si con buen o mal olfato.

 

VII

Y perros husmeando
los días del pasado,
las horas arrastradas
por vientos poderosos al vacío,
no pueden alcanzar ese propósito.
Existe algo romántico
quizás en esos robles,
quizás en esos castros de otro tiempo,
quizás en el otoño, en la derrota
febril de ese verano que se apaga.

 

VIII

Y somos como el mundo
que muestra ese paisaje
de musgos y hojarascas:
un tiempo que se fuga en Villablino,
un viento que se pierde en Villablino.
Y llora cada rama
la pérdida del tiempo,
y el aire se hace triste y nos anuncia
los golpes de un enero endurecido,
los golpes de un invierno desalmado.

 

IX

Y el golpe del invierno
sacude nuestro rostro
de modo diferente,
pues nunca nos humilla, si nos daña,
rozándonos la piel con su rudeza.
De nuevo cada nube
vendrá con las ventiscas
a darle el verde bello y merecido
del campo de esta tierra que, de nuevo,
podrá resucitar en primavera.

 

X

Laciana sigue siendo
como esa lluvia fina
que llega de la altura,
rozándonos, besándonos, haciéndonos
sentir el beso triste de septiembre.
Y callan los veranos,
y duermen los veranos
soñando cercanías de un otoño
que hiere ya los robles de la zona,
que quiere recobrar su antiguo reino.

 

Madrugada en Laciana

Soneto I

No quiera perdonar la madrugada,
a fuerza de alcanzar, en lo lejano,
el aire que, burlándose temprano,
desnuda su color ante la nada.

Ni quiera ser acaso, en la nevada,
reflejo moribundo, verso ufano
que puso ser el brillo soberano
que abrazo se volvió de la alborada.

De Robles al rincón de Villablino
se esparce su color, hilo de vida
que sabe ser la joya, su destello.

La senda seguirá del peregrino,
rozando el aire mismo con la herida
callada que dio luz al cielo bello.

 

Soneto II

No hubieron de encenderse a la alborada,
si al cabo era el momento en que nacía,
los brillos de esa luz que repetía
los llantos del misterio de la helada.

Al aire hizo hechizar y al agua helada
que vio nacer lejana y siempre fría
la luz que quiso ser el nuevo día
que vino a derrotar la madrugada.

Más luz tendrá el coral cuando amanece
que un eco de ese brillo desbordado
que el sol sabe dichoso en Villablino.

El bosque y su misterio ensortijado
dirán lo que la helada, si amanece
la llama de ese cielo cristalino.

 

El alba sobre el valle de Laciana

Soneto I

El verso de la noche se hizo helada
en un bosque de hielo y robledales
que trajo el viento triste a los cristales
en una noche fría y estrellada.

De pronto, con ser una llamarada
de hielo y de color, los ventanales
miraron esos brillos matinales
del alba que se anuncia alborotada.

Y pudo despertar de la negrura
el brillo del paisaje mortecino
que sabe la belleza de Laciana;

pues rauda se deshace, si se apura,
la llama de la aurora en Villablino,
manchando su pincel con la mañana.

 

Soneto II

Despunta el alba clara sobre el brillo
callado que, al buscarse en su reflejo,
encuentra en el embalse el oro viejo
del alba, al asomarse a su castillo.

Laciana es el lugar que el cervatillo
disfruta, si no el oso, que el bermejo
color miró del alba y el espejo
del agua del arroyo más sencillo.

La luz del alba trajo su alegría,
la llama, los destellos encendidos
que saben anunciar la luz del día.

Bostezo son los aires que, dormidos,
contemplan, al volar la brisa fría,
los campos, los paisajes encendidos.

 

Soneto III

Sabéis que es este un reino fronterizo,
pues ve como el verano, en su pereza,
se rinde y duerme cuando despereza
sus hielos el invierno antojadizo.

Noviembre alza su manto de rojizos
en bosques llenos siempre de belleza,
en cumbres sobre el verde y la maleza
que guarda su secreto y sus hechizos.

Y el brillo del crepúsculo en Laciana
nos habla de la luna cada noche,
buscando la amistad de cada estrella.

Después será la luz de la mañana
el brillo que se lance en su derroche,
dejando libre al alba, clara y bella.

 

Soneto IV

El alba, al anunciarse con los vientos,
miró el paisaje gris, y, siempre ufana,
los cielos recorrió, donde Laciana
sus brillos admiró siempre sedientos.

Hablaron del otoño los alientos
del aire que cuajó, por la mañana,
del hielo y el cristal de la ventana,
si supo de los brillos cenicientos.

Y quiso ser la helada que nacía
el beso de la escarcha silenciosa
que llora su tristeza en cada prado.

De nuevo en lo lejano se encendía
la flecha en cuyo fuego arde graciosa
la llama de un pincel claro y dorado.

 

Soneto V

El canto silencioso en que el helecho
nos habla, en su secreto, de malezas,
de otoños asesinos y durezas,
descubre más tristezas en el pecho.

Sabéis que siempre llegan al acecho
los meses del otoño y las firmezas
del eco del enero y las bellezas
calladas de la nieve y el despecho.

El viento, por lo tanto, peregrino,
se pierde en la belleza del paisaje
que anuncia la blancura de la helada.

Y Robles me da igual que Villablino,
que el hielo es la hermosura del paisaje
que llora su silencio con la nada.

José Ramón Muñiz Álvarez
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