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Poemas de Verónica Aranda

viernes 22 de noviembre de 2019
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Verónica Aranda

Nota del editor

Invitada por la Embajada de España en Venezuela, la madrileña Verónica Aranda llega a Caracas el lunes 25 de noviembre para participar en la IV Feria del Libro del Oeste, que organiza la Universidad Católica Andrés Bello bajo el lema “Ideas y letras para un mundo sustentable”. Allí, la ganadora del premio Miguel Hernández-Comunidad Valenciana en 2016 dictará el mismo lunes una conferencia sobre la visión de la poesía latinoamericana contemporánea desde España, y el jueves 28 participará en el recital “Sangre que canta”, de poesía joven. Hoy ofrecemos a nuestros lectores una selección de su obra poética, incluyendo textos inéditos.

 

De Cortes de luz
(Rialp, Madrid, 2010)

Poética

Escribir un poema
nos conduce a una luz de granjas
donde arrojamos mondas de manzana
a las vacas escuálidas
y es un acto sagrado.

 

Bundi

Mezclar los planos de la realidad.
Mi renuncia y la sed del aguador
inclinado en la fuente. En un zaguán
cuatro niños descalzos afilan las peonzas.
Barrizales, pobreza salpicada
sobre el lomo de sucios jabalíes.
Los campos de mostaza y en el lago de Kipling
las abluciones de la joven viuda,
sus pechos aún redondos en el rural noviembre.

 

Kerala

Veo morir las tardes junto al mar
desde una baranda en Travancor
en donde leo a Borges. Hay jardines
con perros color luna y bibliotecas.

La memoria, sus plazas de palomas,
el desembarco de los portugueses,
y este amor que muere lentamente,
al igual que las tardes junto al mar,
bajo la tenue luz de salones de música
y la frondosidad de las palmeras.

Porque temer la noche
no es tan sólo un oficio de cobardes
o viajeros ociosos.
Es pensar en las celdas de septiembre
e ir por tu cuerpo como por las viñas:
la embriaguez transitoria y luego el desarraigo
como única forma de regreso.

Veo morir las tardes junto al mar,
con miedo a la palabra y sus astillas.
El doble filo de la dualidad
nos hace vulnerables
más allá del ocaso y de los patios
con la ropa tendida.

 


 

De Épica de raíles
(Devenir, Madrid, 2016)

Cuanta más claridad

Cuanta más claridad,
más he buscado en la raíz del surco.
Enfoco la mirada en la mujer
que se trenza el cabello, lo recoge y deshace
casi al final de los acantilados.

Ya no recuerda su ciudad de origen,
pero está cerca el mar y aquel zumbido
de insectos diminutos al filo del verano.

Bebe achicoria en las mañanas lánguidas
y el roce de la carne
va zurciendo en sus piernas
un deseo incompleto.

Antes de la vendimia se descalza.
Diminutos rituales
que dan sentido al cosmos.

 

Despedida

Te vas para habitar un país trágico,
donde silban las balas
y hay peleas de gallos clandestinas.

No miras hacia atrás
porque es media mañana
y alguien moldea máscaras tribales.

Si acaso te demoras,
es en el territorio del granate
o en la ebriedad que da pronunciar Trípoli,
ser algo olvidadiza
y retratarte entre las hierbas altas.

 

Estirpe

Alguien afina un arpa.
De un granero en ruinas
llega luz estancada.
Y todo lo que gira en torno al vínculo,
ramas del alcornoque
que plantó la matriarca
hace más de cien años,
persisten en la luz
tenue de un junqueral.
Tuvo dieciséis partos
y su fertilidad fue tan precisa
como la arcilla azul o los regatos,
como su nombre griego
o sus ojos de cuco.
La mujer más anciana de la aldea
recuerda su estertor.
Su matriz ya es escarcha
y su dolor se pierde en los establos.

 

Road movie

Arbustos de mimosa
por una carretera
que nos conduce al norte.
En el mapa limita con la niebla;
hay túmulos y orugas
y un silencio tan frágil
que a punto está de resbalar la lluvia
por la barba del poeta visionario.

 


 

De Dibujar una isla
(Reino de Cordelia, 2018)

La casa giratoria

La casa giratoria
que no encuentra
……su centro
ni sus altas terrazas.
Si hay desvelo,
no hay labios,
ni cítrica humedad
ni caricia que mengua.

Huyes de los espejos,
de la luz contundente
que entra por la alacena,
porque tu cuerpo no convoca alféizares
y chocan las ventanas
del rincón más sagrado de la casa.

Sólo unos milímetros
y empieza la discordia.
Tanto desasosiego se concentra
en las vetas del roble.

 

La casa enfermedad

La casa son murmullos,
mantras memorizados
en sánscrito, en extrema delgadez,
cuando la enfermedad es enramada,
un solo de trombón
frente a las rosaledas.

 

Inventario

Todas las pertenencias del marino
caben en la cabina de un pesquero.
Toda la luz de julio
desgasta las maderas de los barcos
donde están retratadas
las sirenas.

 


 

Inéditos

Señales de humo

Ladran todos los perros del año nuevo chino.
Deseo transcender esta quietud,
dar un sentido bíblico
al tiempo que ha quedado a la deriva,
aplazado en el óxido
y en el glissando más acuático.
Dicen, no es trigo,
digo, puedo cuidar de las peceras,
conversar con los hombres de cabeza de pez
y frente de alabastro,
que parecen remar a la deriva.
En el lienzo se quedan impregnadas
sus señales de humo.

 

Abril

Espero que me traigas
un concierto de oboes
al lecho solitario,
pero nadie me libra de soñar
con el verde foresta
………………………………..cuando invocas cascadas.

Abril es mes cruel, lo dijo Eliot.
Abril es carcajada en el no aniversario
y libro abandonado en provenzal.
Heterónimo asceta de una fuga.

 

Envidia

Envidias, en el fondo,
la quietud de mis días.
Interrogas pinceles, rosaledas,
la voz pausada que nos narra
leyendas de tortugas.

Cuando estás sobre mí
realzas los posesivos.

 

Gula

Al regresar del viaje,
el silencio en la casa
no trazaba siluetas de animales apócrifos.

Ordené la alacena,
tiré todas las latas de conservas
que quedaban intactas
de ese largo verano que fue nuestro,
y cené sola y libre
bajo el cuarto creciente.

Verónica Aranda
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