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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Candás a través de sus paisajes
Palabras ofrecidas a Carreño

lunes 21 de septiembre de 2020
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A todos los que aman el brillo
del alba sobre
el mar

Quizás la madrugada nos deja sus avisos con toda su tristeza. Nos deja sus avisos, sus angustias, cansancios de la vida siempre dura y acaso puñaladas a deshora: los viejos pescadores descienden a los puertos, vencidos por el sueño. Vencidos por el sueño, por el frío, los viejos pescadores, como antaño, regresan a esos mares solitarios.

Las horas de la noche evocan esos tiempos que vieron los abuelos. Las sombras, al mirar en las alturas el brillo de una estrella peregrina, sospechan esa helada que nos hiere. Los puertos saben siempre que queda en lo lejano el brillo de una estrella. Y el alba nace pronto sobre el piélago, llegando con la capa luminosa de reina en los palacios celestiales.

Y, reina en sus palacios, el alba nos invita, nos llena con su júbilo. Qué bello es el color, cuando amanece, del mar donde se miran las espumas, princesas en la magia de un espejo. No es poca su alegría: su luz nos muestra el mundo, nos dona su regalo. Y el caso es que el regalo es la poesía del verso en que se evoca la mañana que nace en ese mar acostumbrado.

 

El alba llega rápido

I

El alba llega rápido,
corriendo los espacios,
cruzando el aire limpio.
Las viejas humedades siguen siendo
como esos testimonios de neblina
que envuelven la emoción en lo profundo.
Y vemos en Carranques
las olas, cuya prisa
se vuelve en el destino de la arena.
Y el sueño de la muerte se hace arena,
le pone fin al beso de la espuma.

 

II

Y veis aquellas lanchas
que quedan a lo lejos.
Tal vez esos pesqueros
no saben los secretos que en el alba
dibujan los caprichos de los mares
—o acaso no sospechan que los cielos
dibujan sus colores
en ese mar callado.
El día que comienza se hace día,
rompiendo los cristales de la noche
—¿rompiendo sus cristales o cortinas?

 

III

Y vemos, hacia Luanco,
Candás en primer término,
después ese Antromero
que sabe presumir con el islote,
que juega con el brillo del islote,
luciéndolo en los mares del Cantábrico.
Y queda oculto el faro
de Peñas, ese faro
que vive contemplando un horizonte
que sabe a marejada cuando hay viento,
que sabe a lluvia y muros de caliza.

 

IV

Y vemos los pesqueros,
los barcos que faenan,
la gente que trabaja.
Y el alba va perdiéndose de golpe,
torrente que inaugura esa mañana
que sueña con el sueño de un amante.
Los mares son amantes
que, alzando sus cuchillos,
no temen en sangrar, con su dureza,
con toda su maldad, a quien se atreve
a ser un invitado en esos reinos.

 

V

Y grita la mañana
los nombres de Entrellusa,
los de Huelgues.
Y quiero imaginarme en el Tranqueru.
Y sé que en el Tranqueru soy un aire
de mar que se ilusiona, y esa brisa
me sabe hacer más mío,
me vuelve más alegre,
me llena de febril melancolía,
pensando en los que faltan, en los versos
que vuelan donde ya no queda nada.

 

VI

De pronto, en cada chigre
la sidra se hace sidra
y el vino sabe fuerte.
El vino ha de ser fuerte en la garganta
del viejo que sufrió en los boniteros
dormidos en los limbos de aquel siglo.
Pasaron ya los tiempos
del hambre y la pobreza,
y el alma del espíritu se pierde,
se pierde como suelen los corales
perderse en el ayer de los suspiros.

 

VII

Y pienso en esos ocles
que duermen esas siestas
que llenan cada tarde.
La muerte del verano ya es un hecho,
y es tiempo de sedales y de anzuelos,
de extrañas mafañeras en el fondo.
La noche de las algas
conoce, como todos,
los rayos, los tentáculos traviesos
que buscan en el mar esa aventura
de tintas y silencios entre olvido.

 

El día se hace duro

I

El día se hace duro,
tan duro como el viento,
que sigue su deriva.
Las horas se hacen lentas y la gente
se duele del cansancio del trabajo,
flagelo que maltrata a los humildes.
Y lloran esos mares,
las olas, las espumas
que vienen de un lugar indefinido.
Y vienen de un lugar indefinido,
sin nombre ni palabra que lo diga.

 

II

Y veis aquellos barcos
Nos hablan de otros siglos.
El mundo se hace viejo,
parece más arcaico ante la aurora,
disfruta con las horas de la aurora,
que llega blanquecina a nuestros mares,
que llega blanquecina,
que se hace casi nuestra.
Y va viniendo calmo el mediodía.
Qué cruel el mediodía cuando viene.
Y el mar es una estepa desolada.

 

III

Hablar de los licores,
del vino y de la sidra,
quizás de las tabernas
que saben de los hombres de otro tiempo,
que vieron a los hombres de otro tiempo,
que existen por los hombres de otro tiempo.
Y pasa la mañana
Y ve callado el faro.
¿Y ve callado el faro la mañana?
La luz del sol es única, y el cielo
no pide de los brillos de los faros.

 

IV

Y en estas soledades,
de mares que se apartan,
el beso del salitre.
El beso del salitre es siempre nuestro,
que el verso que se pierde en el salitre
condensa lo que somos, desde el alba.
La esencia que nos hizo
nos sabe a mar y a brisa,
nos sabe a inteligencia de esos pájaros
que vuelan sobre el mar, gaviotas mías
que quieren paraísos para todos.

 

V

Y grita en Entrellusa
sus nombres la mañana,
digamos que Carranques.
Y quiero imaginarme en esos mares.
Y sé que soy el mar, cuando me miro
en ese mar que besa lo que besa,
que sabe que me besa
la voz de sus espumas,
eterno canto blanco de tristeza,
llorando siempre a todos los que faltan
en estos universos de los mares.

 

VI

Y vive la esperanza
del vino merecido
por esos chigres pobres.
La vida es el cansancio que nos llena
si somos en el mar como el pequero
que busca los paisajes de la vida.
Y todos los paisajes
que llenan nuestra vida
son siempre los paisajes de la costa,
son costas que reviven en nosotros,
lugar para el albatros, cuando vuela.

 

VII

Y siento que los ocles
perfuman el ambiente,
se mezclan con nosotros.
Y digo que los ocles son los ocles,
las algas de ese mar imaginado
como una madre mala que nos mata.
Y pienso en lo profundo.
Acaso me imagino
que habito lo profundo, y lo profundo
me abraza con el halo de los sueños
que suelen ser indicio de la muerte.

 

Estampas de Candás (Carreño)

Las horas que discurren detrás de la ventana nos hablan del paisaje. Son lentas esas tardes de domingo, son lentas esas tardes de septiembre que quieren abrazar una añoranza. Y sé que la añoranza fue tiempo de verano. Los baños en los mares del Cantábrico, las olas en los mares del Cantábrico, la arena en esos mares del Cantábrico…

Candás llora la pena que quieren los otoños en días tan ambiguos. El sol no es el de agosto, desde luego, su fuego se apagó y su luz, callada, se torna en lo lejano un algo débil. Y quiero que la tarde recobre nueva fuerza: lo cierto es que el otoño venidero nos habla, con su aliento desatado, del oro de la Fuente de los Ángeles.

Son tardes de la infancia perdidas en los años, dejadas en la fuente. Recuerdo esos otoños que el olvido permite imaginar con otra forma, distintos pero iguales, si los hubo. Y pienso en esas playas que siguen siendo mías. No quieran arrancármelas los vientos que llegan con noviembre y nos azotan, si llegan de los reinos del Atlántico.

José Ramón Muñiz Álvarez
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