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Un ángel en el cielo soberano

• Viernes 20 de noviembre de 2020
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A María del Carmen Álvarez Menéndez

Previa

Quisiera ser prudente, pero dudo: os dejo estos sonetos melancólicos que miran a la altura en que los grises dibujan, entre nubes, las tristezas. Diréis que son románticos, barrocos, que tienen cierto estilo clasicista, tal vez que son los ripios de un idiota. En cambio, yo imagino —y me equivoco— que tienen un valor, no sé si escaso, que pueden publicarse sin temores. Miradlos, si es que así se os apetece, y, al cabo, condenadlos, si es preciso. Los dejo ante el criterio que tuviereis.

 

Soneto I

El verso que alcanzó, en la madrugada,
los verdes más intensos con su beso,
dejar el hielo supo, en el que preso
quedó el color febril de la alborada.

Y tú, como esa llama que, dorada,
mostró, por fin, el brillo más travieso,
partiste al cielo oscuro, sin regreso,
buscando aquella luz enamorada.

Y el alba te vio bella en la hermosura
del aire que cubrió la luz del día,
el llanto que produjo tal ausencia.

El hielo vio partir la noche oscura,
tu beso para el alba en que moría,
herida, la razón de tu dolencia.

 

Soneto II

El hielo que en tu pelo se hace extraño
te enseña, ante el espejo, esa dulzura
que tuvo ya tu madre cuando, pura,
los cielos alcanzó sin desengaño:

no pierdes tu belleza ni en el daño
que quiso arrebatarte la hermosura,
y el golpe que deshace tu figura
no puede confundirla en el engaño.

Y al ver volar así la madrugada,
sabiendo el alba clara por el prado,
sospecho que la aurora viene fría:

te lleva de mi lado, con la helada,
el verso que me sabe desolado,
las lágrimas que buscan ser poesía.

 

Soneto III

Tu nombre preguntó el espacio inerte,
después de contemplarte en lo lejano,
un ángel que, en el cielo soberano,
no deja de ser bello con la muerte.

Tras esas nubaradas, quiero verte,
tenerte, convencerte, pero, en vano,
sabiendo que el ascenso no es liviano,
si el caso es ascender y recogerte.

Y el caso es ascender y hacerte mía:
te quiero con la vida, ya que vivo,
y darte un verso nuevo por palacio.

El cielo halló tu nombre, el alba fría,
y quiere tu regreso, cuando escribo,
el verso que te busca en el espacio.

 

Breve explicación

I

Después de los exámenes,
las llamas del verano
brindaban sus colores,
lucían, en la altura,
mostrando unas mañanas diferentes,
mostrando unos paisajes encendidos,
haciendo la promesa inesperada
de aquella infancia tierna
no lejos de las fuentes, de los bosques,
no lejos de las costas y pedreros.

 

II

Y costas y pedreros
pudieron ser espacios
para esparcir alegre
la dicha de ser niño
y el tiempo en bicicleta, descubriendo
pantanos y arboledas, viejas charcas,
lugares donde garzas y otras aves
gozaban de ese espíritu
que nunca imaginaron los muchachos
que estaban en la escuela en aquel tiempo.

 

III

Volar siempre es un sueño.
Entonces, la experiencia
del vuelo, como un símbolo,
se hacía una metáfora
del alma, cuando sueña libertades;
del cielo, cuando ofrece sus espacios;
de aquellas carreteras que bajábamos,
con aires imprudentes,
sabiendo suponer que el aire fresco
rozaba así a los pájaros, si vuelan.

 

IV

Pensad en las gaviotas
de picos afilados.
Pensad en los milanos.
Teníamos costumbre
de hablar como los viejos, y los viejos,
mirando ratoneros, los llamaban
milanos, como todos sus mayores.
Y el pájaro del agua
—tal nombre era frecuente en los ochenta—,
volaba al asomarse ya la noche.

 

V

El pájaro del agua
me hablaba cada noche.
Mi abuela lo decía,
mi madre lo decía:
la noche está poblada por lechuzas
que esconden sus secretos en la sombra.
Y yo miraba siempre esas cortinas,
sin ver, llegado abril,
la magia misteriosa del autillo
que canta, entre las sombras, su reclamo.

 

VI

Aquella primavera
sintió su voz hermosa,
y el pájaro del agua
quería entretenernos.
Y fue un verano bello aquel verano
callado, sosegado con los grises
del cielo malherido en las Asturias.
Las tardes y la lluvia
también eran hermanas en verano.
No faltan los paraguas en la zona.

 

VII

Y amábamos la pesca.
Los trueles y las nasas,
los viejos terrafinos
que pudo darme un día
mi padre, de los tiempos en que él mismo
—entonces siendo mozo—, utilizaba,
pescando en los pedreros del concejo,
sabían que, algún día,
tendría una escopeta y la invernada
vería mis curiosas travesuras.

 

VIII

Y vino aquel verano.
Recuerdo la sonrisa
dichosa de mi madre,
recuerdo la sonrisa
de aquellas dos abuelas, tiernas siempre,
dichosas en su edad, joviales, llenas
del brillo vivaracho de la vida,
si hay brillos vivarachos
en gente que mantiene la hermosura
que muestra la energía de estar vivo.

 

IX

Y hoy queda la alegría
de amar esos recuerdos,
de hacer de esos recuerdos
mil versos en que pueda
tener esa memoria de otros años
asida, retenida, que es preciso
tenerla para siempre, retenerla,
querer aprisionarla,
hallarla en las prisiones de ese pecho
que no quiere perder esos pretéritos.

 

X

Y así es que se me ocurre
brindarles los sonetos
que se hacen esperanza
de darles nievo aliento.
La muerte borra todo lo que existe
y el tiempo borrará cada suceso,
cada momento mágico en la vida,
pues somos esa magia
que no quiere morir, al consumirse,
que no quiere perderse entre la nada.

 

XI

Y soy olor a bosque,
y admito ser un bosque,
los árboles que lloran
al ver esos otoños
que vieron como cuajan las escarchas
que quieren, con la luz de su belleza,
que todas las auroras, despertando,
nos hablen con tristeza
del eco de la muerte que nos hiere,
del beso del aliento del vacío.

José Ramón Muñiz Álvarez
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