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Poemas entonados a una madre

viernes 18 de diciembre de 2020
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A María del Carmen Álvarez Menéndez

El Duje nos engaña

El Duje nos engaña, nos miente como el Dobra, también como el Aramo, quizás como las cumbres del Aramo, tal vez la del Monsacro o la del Pienzu, y el reino de los celtas se guarece. Y Liébana, que un día fue también del reino nuestro, perdido para siempre, recuerda con el Sella una Vadinia que nunca fue cordial a los romanos.

El Dobra nos engaña, los cabos nos engañan en costas silenciosas, y rompen las espumas el silencio de las mentiras vagas que la brisa nos trae de los lugares mencionados. El Duje mentiroso nos cita en sus corrientes leyendas ancestrales de ondinas que no existen, pues la xana no habita ya las cuevas de los cuélebres.

Pero hoy no es el momento de hablaros de Vadinia, del Duje o del Aramo, ni cabe hablar de Abamia y de su tejo, del Cuera y de ese Bulnes aguerrido que besa cada nube cuando pasa. No cabe hablar de Asturias como un lugar hermoso, por mucho que lo sea —pues justo es predicar tanta belleza—, que es tiempo de lanzarnos a sus mares.

Pensad que, tras la costa, se extiende la llanura de un mar inabarcable que busca, tras corrientes y galernas, formar imperios vastos, reinos mágicos que tengan su lugar en cada cuento. Los niños nunca pierden su mucha fantasía, y es lógico que el alma vencida del poeta, cuando escribe, os hable de los tiempos ancestrales.

 

Tal vez en San Antonio

I

Tal vez en San Antonio
las lluvias del otoño
nos hablan de galernas.
El faro llena el cabo con su calma,
mirando con los ojos de los viejos
la espuma de las olas de noviembre.
Quizás en San Antonio
recuerda el precipicio los años de miseria,
aquellas
tardes negras cuyo cielo
poblaron las más densas nubaradas.

 

II

Y vengo a ser un huérfano
que grita a los crepúsculos
pidiendo tu regreso.
Es un milagro en vano, si lo pido:
no quieren los umbrales de la noche
que vuelva a ser tu abrazo el brazo mío.
Y miro las espumas,
jugando a adivinarte, señora de la brisa
que dice
los secretos que yo ignoro,
bajo esas nubaradas siempre nuestras.

 

III

La muerte nos separa,
la muerte nos castiga,
igual que el viento fuerte.
Quedó el verano atrás, el tiempo bueno
de aquellos boniteros que salían
buscando en mares anchos la aventura.
La vida es aventura,
la vida es aventura, y advierto en la aventura
el golpe
de todas las mareas que se agolpan
en contra de ese puerto derrotado.

 

Los castros olvidados

I

Los castros olvidados,
perdidos tras los siglos,
nos dicen lo que sienten:
vencidos por la furia del guerrero,
los hombres de esta tierra se asentaron,
formaron sus poblados y sus fuertes.
Y, huyendo de la lluvia,
de aquellos temporales que nadie frenó nunca,
quisieron resguardarse
en valles más amables y callados,
quebradas y laderas silenciosas.

 

II

No lejos, esos verdes
que lucen en los claros
que no cierran los árboles.
También allí se escuchan los arroyos
que cantan ritos celtas con la brisa,
que sienten que son celtas con el viento.
Y, celtas como el aire,
esclavos del aliento que corre con el aire,
amaron cada lago,
amaron cada río silencioso
y el eco de su pulcra incertidumbre.

 

III

Hoy hablo de los castros,
bendigo cada piedra,
venero cada piedra.
Y sé que en cada piedra vive el alma
de todos los astures orgullosos
que quieren enfrentarse a las legiones.
Las sangres de esta tierra
no tienen de serviles ni el soplo ni el aliento
que olvidan levantarse,
que ignoran levantarse nuevamente,
prendiendo su bravura contra el moro.

 

IV

La tierra vive libre,
los bosques, los cordales
que gritan orgullosos:
no hay nada más hermoso que esas cumbres,
no hay nada más agreste que esas cumbres,
no hay nada más gallardo que esos picos
que muestran su grandeza.
Los castros olvidados, perdidos tras los siglos
nos hablan del pasado,
nos dicen que el pasado no es pasado,
que sigue entre nosotros de algún modo.

 

V

Y noto que los dólmenes
esconden en la tierra
secretos milenarios.
Igual que el aire mismo te guarece,
te esconde de mis ojos cuando pasas
por bosques, por malezas y cantiles.
En cambio, yo imagino
que no te fuiste nunca, que sigues con nosotros,
que vives a mi lado,
oculta como el tiempo más pretérito,
presente como siempre están las madres.

José Ramón Muñiz Álvarez
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