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Tres poemas de José Ramón Muñiz Álvarez

viernes 14 de mayo de 2021
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Las lluvias en Asturias son constantes

Para Mael Muñiz Vega y para Jimena Muñiz Fernández

Las lluvias en Asturias son constantes.
El alba lo declara cuando llega,
manchando el horizonte con sus brillos,
callados, tras las nubes de noviembre.
Las luces que despliega la mañana
lo gritan con sus grises, y sus grises
son parte del milagro de la lluvia.
Y entonces, el milagro de la lluvia
despierta sensaciones en la gente
que ve nacer el alba en lo lejano.

Las lluvias en Asturias son constantes.
Lo dicen los que van en los pesqueros,
cruzando el mar, atentos a las olas,
sabiendo adivinar las tempestades.
Y siempre el temporal llega a la tierra,
nos viene por Galicia, nos empuja
con la sonrisa ilusa de un chiquillo.
La gente le hace caso a los que dicen
que son caprichos raros del Nuberu,
que azota con violencia cada villa.

Las lluvias en Asturias son constantes.
Y hay veces en que caen de las alturas
las nieves y granizos con la furia
que quieren los inviernos despiadados.
A veces, la llegada del invierno
también habla de lluvias y de luces
que miran cómo duermen las pallozas.
La braña del pastor, en las Asturias,
quizás en los Ancares, que está cerca,
nos hablan de los cielos del Atlántico.

Las lluvias en Asturias son constantes.
No dejan un respiro a la arboleda,
parecen querer dar al eucalipto
regalos a deshora en cada monte.
No cesan cuando llega ya la tarde,
que ve morir al níscalo que crece
sereno entre humedades y pinares.
Y tú, que ves la lluvia silenciosa,
sus voces por detrás de los cristales,
no entiendes que la lluvia es la poesía.

 

Los chorcos

I

Las nieves y las cumbres
hermanan sus palabras,
se abrazan en un beso
de blancos, bajo el brillo de la luna,
y el hielo que contemplan las estrellas
recubre las lagunas y los lagos.
Asturias, porque sigue
siendo bella,
esconde los desnudos del hayedo,
los viejos castañares derrotados.

 

II

Y entonces recordamos
los tiempos no vividos
que vieron otras gentes,
tal vez esos discursos que escucharon,
al ver la chimenea, los ancestros,
testigos de las sombras de las brujas.
Aquellos fueron tiempos
terroríficos,
si hacemos caso al eco de rumores
de viejas que contaban sus historias.

 

III

El lobo y sus aullidos
llenaban esas noches
de llantos y de vientos,
y el grito en lo lejano era advertencia,
llegando, amenazante, de los montes
a valles y villares de la zona.
Enero era ese mes
en que las horas
del lobo se averaban a los pueblos,
quebrando con su voz la calma misma.

 

IV

Los viejos siempre hablaban
del lobo y del raposo,
de aquellos seres míticos
que llenan desde antaño nuestros sueños
y encienden en el pecho los temores
de aquellas alimañas respetadas.
Y, al cabo, siendo adultos,
los temores
quedaron tan atrás como las tardes
de niebla y de nostalgia en lo lejano.

 

V

Pero hubo un tiempo virgen,
distinto de estas épocas
de aceras y de asfalto,
de noches cuya luz es como el día,
a costa de farolas en las calles,
las plazas y los nuevos arrabales.
Y, en ese tiempo virgen
que os ofrezco,
los chorcos eran zona de aventura,
si el lobo descendía hacia nosotros.

 

VI

La piel del lobo muerto,
su sangre por la tierra,
sus gritos lastimeros
después de sus fatigas en la lucha,
quizás la humillación de su derrota,
no hallaron la piedad en los vecinos.
Aquella era una muerte
deseada
por gentes campesinas y labriegos,
los viejos enemigos de los lobos.

 

VII

En cambio, si escuchamos
las voces de los lobos,
sentimos algo nuestro,
buscamos con tristeza en sus aullidos
un algo de nosotros en las selvas
de asfalto y alquitranes perniciosos.
Y el lobo es un hermano
que nos habla
del mundo que perdimos en los bosques
que siguen ofreciéndonos sus reinos.

 

Dejó el lugar aquel, junto a las llamas

Dejó el lugar aquel, junto a las llamas.
Sentía en lo lejano los aullidos del lobo que llamaba de lo lejos:
la voz del lobo, lúgubre y sombría, le hablaba del dolor del plenilunio, después de las borrascas y las nieves;
la voz del lobo, lúgubre y sombría, le hablaba de las largas soledades que no se acaban nunca en el invierno, si quedan hoy inviernos que no cesan.

Dejó el lugar aquel, junto a las llamas.
Sabía que la noche, siempre densa, quería confesarle sus rarezas:
los cárabos, a veces, son voceros del mundo de los muertos, de las sombras, de todos los demonios que se esconden;
los cárabos, a veces, son voceros del más allá, del beso de la muerte, quizás como los lobos cuando bajan, y enero era momento de los lobos.

Dejó el lugar aquel, junto a las llamas.
Las luces de las velas encendían la sala, suponiendo mil presencias:
la bruja suele verse entre las sombras, guardándose de todos, guareciéndose, igual que las criaturas de la noche;
la bruja suele verse entre las sombras, y juega con las sombras cuando quiere, disfruta de las sombras cuando tiene las sombras de la noche como capa.

Pero eran solamente fantasía,
poesía que se añade a cada canto, poesía que nos llena con sus versos,
las músicas sagradas de la noche, si es cierto que la noche nos advierte peligros más allá de la ventana;
las músicas sagradas de la noche, si es cierto que la noche nos anuncia, capaz de sorprender nuestra inocencia, que somos niños siempre ante sus ojos.

Y, hablando de las músicas sagradas
que llenan cada noche con su velo de cuentos y leyendas del pasado,
dejó el lugar aquel, junto a las llamas, sintiendo en lo lejano los aullidos del lobo que llamaba de lo lejos,
sabiendo en lo lejano los aullidos del lobo que llamaba de lo lejos, que hablaba de tristezas a lo lejos, que ardía con sus cantos a lo lejos.

Y el canto de los lobos fue sincero.
Fue bella la mirada de la luna, mirándose en sus ojos, encontrándose:
volaba en el reflejo de la nada, después de que las nubes la dejaron, abriendo el cielo claro a la belleza;
volaba en el reflejo de la nada, después de que la escarcha decidiera montar su campamento en esos valles que quedan apartados de las urbes.

José Ramón Muñiz Álvarez
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