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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Los versos del concejo de Carreño

miércoles 24 de noviembre de 2021
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La voz del carcelero de palabras

Las islas Chafarinas, tal vez las Columbretes, oyeron a los viejos y rudos marineros en cubierta, charlando, degustando aquella pipa, y el humo que ascendía, lentamente, quizás los acusaba de amantes de la brisa, del salitre que llena, con la voz de las espumas, los cantos de un paisaje que mira el horizonte.

Las islas Chafarinas, tal vez las Columbretes. La piedra era orgullosa y, dibujando un círculo perfecto, le daba albergue al agua en la laguna de mar que se engolfaba entre sus brazos. Los viejos marineros, en cambio, no atendían al paisaje, con ese brillo raro ante una aurora que dura poco tiempo, rozando la mañana.

No hablaban del Caribe, no hablaban de las playas de zonas tan exóticas, hablaban de los barcos sin bandera, de un tiempo de piratas aun posibles, de aquellas aventuras de los locos que pasan contrabando. El pueblo estaba lejos, la nostalgia movía siempre el ánimo y hablaban de tiempos olvidados, de faros olvidados.

Los mapas no recogen las islas Chafarinas, las islas Columbretes. Tampoco está la playa de Entrellusa, tampoco está el islote, y Antromero, con toda su belleza, no figura. Y hablando de las playas, la playa de Palmera es sólo un trazo, igual que la Pregona, en que las olas morían a su gusto, llegando mansamente.

Las islas Chafarinas, las islas Columbretes y toda su aventura, atentas a la luz de las estrellas que no quieren callarse con el alba, que siguen alumbrando, con el alba, a gente de Carreño que sueña con regresos muy lejanos al puerto de los puertos, a ese puerto que espera su llegada, después de tantos meses.

Después es todo magia: la pesca del marrajo, las tardes en las playas y el baño del verano en la poesía que quiso ser poesía como siempre, que supo ser poesía para todos en manos de aquel hombre, el viejo carcelero de palabras, el viejo domador de las palabras que hilaban un discurso cuajado de perfumes.

Y el viejo carcelero, su voz, que los escribe fumando de mañana, los oye hablar con ese hechizo ilógico, tal vez un imposible en marineros que no pisaron nunca alguna escuela: la pesca del marrajo, las tardes en las playas, siendo niños, los hijos, la mujer, que queda en casa, la tasca, los pellejos del vino de Castilla…

La tasca, los pellejos y el vino de Castilla, mentiras y verdades que suelen espaciar esos momentos, y vuelta a la faena, como siempre, tratando de esquivar cada nostalgia. La tierra queda lejos, y hablar sobre la pesca del marrajo, quizás del extraperlo en nuestros días, tenía mayor chispa que el sol cuando bosteza.

 

El vino de la tasca

I

El vino de la tasca
dejó en su rostro viejo
la huella de sus vicios.
La piel, como los níscalos, tenía
la luz de ese rojizo de otras gentes,
mayores ya, tan buenos bebedores
como esos marineros del antaño.
Como esos marineros del antaño,
la boina bien calada
decía la verdad de sus orígenes.

 

II

Y el ceño revelaba
su mal humor, su genio,
la fuerza de un carácter.
De guaje —pues entonces eran guajes—,
solía despertar antes que el alba,
bajar con el abuelo por las calles
de aquella villa, hoy día tan distinta,
Y aquella villa, hoy día tan distinta,
le hablaba al hombre recio
que tuvo que nacer en sus adentros.

 

III

Rutilio lo decía,
Marcelo lo contaba,
lo hablaba Belarmino:
la vida trae galernas sin descanso,
los muertos viven siempre en el recuerdo,
las viudas nunca olvidan, ni los hijos,
y hay sábanas que arropan los espíritus
de náufragos sin costa en las espumas.
Y, oyéndolos, lloraba
como esos marineros que no lloran:

 

IV

jamás hubo una lágrima,
jamás hubo una queja,
jamás hubo un lamento.
El vino, en todo caso, era consuelo,
y el hombre de la boina emborrachaba
los ánimos y el cuerpo, aquellas pieles
rojizas como el níscalo que calla
en esos herbazales del otoño.
Rutilio, Belarmino,
la gente de aquel pueblo en esos días.

 

V

Y fueron sus recuerdos
las tardes de un septiembre,
los llantos de un septiembre
vencido por el vino del crepúsculo,
vencido por la voz de los ocasos,
el tinto que, cubriendo el horizonte,
nos habla de tabernas y de mares.
La brisa se hizo triste,
volviéndose infeliz a su capricho.

 

VI

Y aquellas viejas lánguidas,
heridas por los años,
cantaban en la plaza
romances olvidados de un septiembre
que quiere ser la muerte con la muerte,
si llega ya la muerte del verano,
la muerte del verano, que está próxima,
que sabe repetirnos lo que sabe,
que quiere repetirnos
que llegan ya los besos de la muerte.

 

Septiembre

I

Mirad esos tejados
que saben resignarse,
debajo de la lluvia:
debajo de la lluvia, junto al puerto,
la estampa de pesqueros amarrados
nos hace soñar siglos no vividos,
la imagen imposible en la nostalgia,
los versos repetidos por el aire
que dicen que, en la villa,
la voz de la mañana sabe menos.

 

II

Mirad esos paraguas
que van procesionando
por esas callejuelas:
por esas callejuelas, por el pueblo,
la imagen de los viejos boniteros
nos hace meditar en esas tardes
de paz y de trabajo, cuando el vino
servido en las tabernas del entonces
decía que, en la villa,
la voz de la mañana sabe menos.

 

III

Sentid la brisa fresca,
mediado ya septiembre,
con esa luz callada:
con esa luz callada, por la villa,
las lanchas amarradas en la dársena,
detrás de los vocales, ante espumas,
nos quieren repetir la cantinela
de todas las galernas del otoño,
gritando que, en la villa,
la voz de la mañana sabe menos.

 

IV

El mar y las espumas
también aman las gotas
que quiebran esas tardes.
¿Que quiebran esas tardes? Y las quiebran
con un golpe violento, cuando quieren;
con una voz tremenda, cuando quieren;
con gritos desgarrados, cuando quieren;
con esa voz que hiere cuando aclara
que, a veces, en la villa,
la voz de la mañana sabe menos.

 

V

Las playas son tristeza,
se llenan de tristeza,
de versos de tristeza:
de versos de tristeza, en cada plaza,
se empañan los cristales, con la lluvia,
y los escaparates de las calles
también son como el verso de la lluvia,
como ese verso triste de una lluvia
que advierte que, en la villa,
la voz de los ocasos se adelanta.

 

La voz de la otoñada

I

La voz de la otoñada
se asoma a la arboleda.
Los altos eucaliptos
se atreven a ignorarla.
En cambio, hay otros árboles que rinden
el fuego en que se encienden sus follajes.
Pensad en esos bellos castañares
que llenan las colinas y las lomas.
Carreño tiene suerte
de ver esos colores encendidos.

 

II

La voz de la otoñada
también ama las playas,
se pierde por las playas,
disfruta en cada playa.
Las viejas marejadas embravecen
las iras de ese mar que fue una madre,
tal vez una madraza ante unos hijos
heridos por el hambre y la miseria,
heridos por el hambre
y el duelo del dolor de cada día.

 

III

Y el mundo cotidiano
se funde en el otoño
sin la sospecha triste
que avisa del invierno.
Digamos que el verano no se esfuma
de golpe, sin querer, con cortesía,
decirnos que nos deja, que ya parte,
que vuela hacia otras tierras diferentes.
Y vuela hacia otras tierras
y busca nuevos mares en silencio.

 

Otra vez septiembre

I

Septiembre nos avisa.
¿Hablamos de septiembre?
Septiembre vuela rápido y nos dice
que ya el verano apaga sus calores.
Y hablamos de septiembre y su frescura
con algo melancólico en el alma.
Con algo melancólico en el alma,
decimos que septiembre está en nosotros.
Septiembre vuela raudo, se pierde con su vuelo,
se escapa por los valles del concejo.

 

II

Septiembre es insistente.
Hablemos de sus luces:
las luces de septiembre son más leves,
se vuelven como el brillo del crepúsculo.
Y hay algo en su crepúsculo que es triste,
y hay algo de tristeza en esos cielos.
Y hay algo de tristeza en esos cielos
que sabe que septiembre está en nosotros.
Septiembre vuela raudo, se pierde con su vuelo,
nos huye por las sendas más diversas.

 

III

Septiembre se repite.
Mirad tras la ventana:
la lluvia es la caricia de un septiembre
que abraza ese verano moribundo.
Perdemos los colores del verano,
perdemos esa luz de mayo y junio.
Perdemos esa luz de mayo y junio
y hay algo melancólico en nosotros.
Septiembre vuela raudo, se pierde con su vuelo,
Nos hiere como el río que desagua.

 

Las lanchas amarradas en el puerto

I

Las lanchas amarradas en el puerto
bostezan con el brillo del crepúsculo.
Bostezan con el brillo del crepúsculo
los cabos, los cantiles y las playas.
Los cabos, los cantiles y las playas
conocen esa paz, si no hay galerna.
Conocen esa paz, si no hay galerna,
los cielos que contemplan cada cala.

 

II

Los cielos que contemplan cada cala
también saben del sueño de la tarde.
También saben del sueño de la tarde,
del fuego de las algas en la arena.

¿Del fuego de las algas en la arena?

Del fuego de las algas en la arena,
del llanto de las algas en la arena
y el beso de la brisa y su frescura.

 

III

Y el beso de la brisa y su frescura
nos habla de bañistas y marinos.
Nos habla de bañistas y marinos
el mar azul que sabe sus secretos.
El mar azul que sabe sus secretos
bosteza con el brillo del crepúsculo.
Bostezan con el brillo del crepúsculo
los cabos, los cantiles y las playas.

 

La lluvia nos aguarda

I

La lluvia nos aguarda.
De pronto, nos saluda como amiga,
se cuela entre nosotros con su risa,
con ese gesto suyo, tan auténtico.
Y vemos que sus gotas van corriendo
por el cristal, después de golpearlo.
Su música es el raro pizzicato
que bebe la emoción de los otoños,
que juega, como juegan los otoños,
a verse en el cristal de la ventana.

 

II

La lluvia nos aguarda.
Lo nuestro son paseos por el puerto,
nostalgias añadidas a ese puerto
que ya no es el de siempre, que no entraña
la imagen de los años de penuria.
Y vamos caminando por el puerto,
buscando sinfonías en las olas,
oyendo ese ballet que no termina.
Nos gusta ese ballet que no termina,
queremos escucharlo cada tarde.

 

III

Y vamos a las playas.
La lluvia se conjuga con la arena
quizás en un abrazo impertinente.
La lluvia impertinente se hace arena,
la arena impertinente se hace lluvia,
y todo, a la marea, se hace océano.
Y todo, a la marea, se hace océano,
mirando el cabo Torres, contemplando
el castro y las bombonas, a lo lejos.
Y todo se confunde con el aire.

 

Carreño tiene costas silenciosas

I

Carreño tiene costas silenciosas
con playas arenosas y con piedra
que mira mares verdes a lo lejos.

 

II

Que mira mares verdes a lo lejos
el faro de Candás lo sabe el alba
que ve morir las luces de los faros.

 

III

Que ve morir las luces de los faros,
que ve morir la lluvia cuando para,
que sabe sospechar otra mañana.

 

IV

Que sabe sospechar otra mañana,
que sabe sospechar la luz del día,
que sabe sospechar la voz del viento.

 

V

Y sabe sospechar la voz del viento,
la luz del nuevo día, la mañana,
los brillos de los faros a lo lejos.

 

VI

Y el brillo de los faros a lo lejos
nos dice la verdad de lo que sueña,
supone la verdad de lo que sueña.

 

VII

Carreño tiene costas silenciosas
con playas arenosas y con piedra
que mira mares verdes a lo lejos.

José Ramón Muñiz Álvarez
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