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Tres poemas de José Ramón Muñiz Álvarez

lunes 20 de diciembre de 2021

Los túneles del tiempo transcurrido

I

Los túneles del tiempo transcurrido
supieron, en las sombras de la noche
—las sombras de su noche, desde luego—,
venir a despertar esa memoria
de tardes de castañas y bellotas,
por los paisajes bellos del otoño,
no lejos de caudales que murmuran
baladas de tristeza, entre malezas
que gustan de escuchar sus paternóster.

 

II

Y gustan de escuchar sus paternóster,
llegada ya la tarde, los raíles
que ven correr los trenes del pasado,
que quieren que los parques que los vieron
nos digan a los niños de esos días
que sigue habiendo trenes que se pierden
por esta geografía en que los coros
del agua del arroyo nos repiten
los viejos repertorios que acostumbran.

 

III

Los viejos repertorios que acostumbran
las aguas, los arroyos y las lluvias,
manchando de humedad los derroteros,
contándose penurias, como siempre;
diciéndose miserias, como siempre;
sabiéndose monótonas y, siempre,
dispuestas a las voces repentinas
del viento, en los azules y los verdes,
gritándonos que ronca el eucalipto.

 

IV

Gritándonos que ronca el eucalipto,
tal vez como solían en los tiempos
que vieron nuestros juegos infantiles,
los juegos de los padres, los abuelos,
quizás los bisabuelos de esas décadas
del hambre y la carencia en los hogares,
pues fueron unos tiempos más difíciles,
más fríos, más lluviosos y embarrados,
en tardes de castañas y bellotas.

 

V

Y somos los paisajes del otoño,
vendidos como un alma a la intemperie,
los mismos que, cuajados de crepúsculo,
buscamos juventudes ya perdidas,
queriendo refugiarnos en los años
perdidos para siempre de la infancia,
mecidos en columpios ancestrales
de afectos y de mimos a deshora,
mirando un tren que corre hacia los túneles.

 

VI

Mirando un tren que corre hacia los túneles,
que sigue hasta perderse entre las sombras,
que muere en cada sombra de sus túneles,
de pronto, ser tu sábana me basta,
me basta tu caricia y ese roce
que siento cuando siento que la lluvia
nos habla en los cristales y el granizo
nos llama, dando golpes despiadados
en las persianas tristes de tu aurora.

 

¿Volvemos a ser pobres?

I

¿Volvemos a ser pobres?
De pronto, entre las sábanas,
sentimos ese frío
que siente el que madruga tan temprano.
Los príncipes de antaño ya no existen
y ya no somos príncipes, de golpe.
El mundo tiene un dueño
distinto al que ya tuvo, y somos pobres,
debajo de las sábanas, con frío,
sintiendo en la ventana el aguacero.

 

II

Y, al cabo, somos ricos.
De pronto, en ese encuentro
que surge, entre las sábanas,
del frío que sentimos, si amanece,
resulta la riqueza del abrazo
y somos la riqueza de ese abrazo
que sabe de nosotros,
que sabe de la gloria de un reinado
que habita bajo sábanas, sin oro.

 

III

Y no queremos oro.
Queremos ese frío
que existe y nos impulsa,
de nuevo, hacia el tesoro de un abrazo
que vale, bajo sábanas y mantas,
tal vez lo que algún pecio no valiera.
Y somos, aunque ronquen
los viejos eucaliptos y los nuevos,
encuentro bajo sábanas, palacio
de todo lo que alcanza esa opulencia.

 

Y ronca el eucalipto

I

Y ronca el eucalipto:
lo ves en los pesqueros
que aguardan cada tarde;
lo ves en las neblinas que despiertan,
con un bostezo lento, esa mañana
que sabe emocionar tu cristalino;
lo ve la aurora clara
que busca el horizonte en mar abierto,
cuajando su hermosura por el mundo,
queriendo compartirla con nosotros.

 

II

Y ronca el eucalipto:
lo ves en esos rostros
que lloran la miseria;
lo sabes porque miras esos montes
que ven el baile triste de sus ramas,
que escuchan la canción de sus follajes;
lo admites porque es cierto
que ronca, como roncan, a deshora,
las siestas de los gatos del alféizar,
que gustan de entregarse al ronroneo.

 

III

Y ronca el eucalipto:
lo dicen, a la noche,
las voces del ocaso;
lo cuentan, cuando quieren los crepúsculos,
los gritos de los cárabos y el eco
del tren, entrando rápido en los túneles;
lo explican las mañanas
de nubes que discurren a su antojo,
que siguen a su antojo y nos recuerdan
la lluvia impertinente en cada valle.

 

IV

Y ronca el eucalipto:
lo saben los nordestes
que juegan con sus troncos;
lo gritan los nordestes y los troncos
del eucalipto esbelto que se dobla,
que puede someterse sin orgullo;
lo dice el aire mismo,
sabiendo que lo mueve a su capricho,
queriendo demostrar su fortaleza,
la magia de poderes invisibles.

 

V

Y ronca el eucalipto:
tus ojos lo confiesan,
los míos lo repiten;
aquí todos sabemos lo que ocurre,
no falta quien comprenda lo que pasa,
lo sabe hasta el más tonto de los tontos;
lo saben, en las ramas,
los pájaros que trajo en primavera
la brisa que decía, por entonces,
que ronca el eucalipto en todas partes.

José Ramón Muñiz Álvarez
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