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El duende de los viejos castañares

miércoles 2 de marzo de 2022

A Mael Muñiz Vega y a Jimena Muñiz Fernández

El duende de los viejos castañares abriga los otoños con su aliento, robado a los carballos de la zona, que, al verse reflejados en el agua, suspiran bajo el rojo del crepúsculo, diciéndole a la luna que regrese. Le dicen a la luna que regrese, que vuelva con su magia, que los mire, que bese a las ondinas del Danubio, que mire su belleza en las lagunas, que llene con sus brillos esos claros que sienten la paciencia del helecho.

El duende de los viejos castañares, amigo de la brisa cuando quiere, me cuenta sus mentiras de poeta, me dice versos raros que corrijo, según el aire corre a su capricho, perdido entre eucaliptos y pinares. Y huele cada lluvia del otoño, jurándole a los arces del camino la necia juventud de nuestros años, callados como el musgo en la corteza del árbol que pronuncia nuestro nombre, del árbol que pronuncia nuestro espíritu.

Y el árbol que pronuncia nuestro nombre nos dice que las horas de la vida se escapan a los ojos de la luna, se esfuman a los ojos de la luna, se evaden a los ojos de esa luna que ve cómo se van a la deriva. Y el duende, con su risa bufonesca, se burla de los vientos del ocaso, se mofa de las nieblas del ocaso, se queja de este ocaso moribundo que llora con la luna malherida, que gime con la luna malherida.

Y el bosque azul del alma melancólica prodiga su belleza por la noche, sabiendo que a los ojos de la luna los viejos eucaliptos se hacen mares que nadan como el hada de la fuente, dejada en una fuente de los bosques. El bosque azul nos mira, nos explica secretos conferidos a la lluvia, milagros regalados a una aurora que dijo al alba el nombre de su nombre, después de que el crepúsculo, dichoso, rompiera con su brillo el horizonte.

Y escucho, con el brillo de la noche que vuela a su capricho por el aire, seguro de sí mismo, mientras muere, ladridos de los perros, a lo lejos, mezclados a los cantos de la brisa que corre los espacios del vacío. Y el alma malherida por la noche suspira donde siente a las estrellas, replica donde sabe a las estrellas amigas de la bruma y de las nubes que corren, como suelen los navíos, buscando un puerto nuevo donde exista.

José Ramón Muñiz Álvarez
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