“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Versos tristes, escritos desde la añoranza
(Sonetos melancólicos)

miércoles 8 de junio de 2022

Para María del Carmen Álvarez Menéndez

Camino por los valles asturianos, me pierdo en los rincones entre helechos y siento cada brisa en los senderos, hablando a los carballos, contemplándolos, haciéndoles preguntas oportunas, pues ellos contemplaron los ocasos, hablaron muchas veces al crepúsculo, que supo revelarles sus secretos, decirles que es posible tanto hechizo: los bosques, pese a todo, nos ofrecen la historia de leyendas que no acaban, y hay brujas que convocan a los cuélebres y damas encantadas en las fuentes que siguen murmurando con paciencia. De nuevo la niñez se hace presente, dejada atrás y vuelta a la memoria, como una confesión de que hubo un tiempo distinto de este tiempo que nos llena, nos coge, nos alcanza y nos habita: las torres del pasado se mantienen en esta tierra nuestra que recuerda las luchas de los viejos caballeros, sus guerras, sus pendencias y su orgullo, manchado con la sangre y con la muerte.

Los meses de verano y bicicleta del tiempo de la infancia, ya lejana, no sospecharon nunca tu partida, la ausencia de tus ojos, su hermosura, sus pardos y sus brillos que, amorosos, hablaban del amor en una madre, y, en cambio, tras tu marcha, sigo viendo la llama de tus ojos encendidos, el raro cristalino que vigila, que mira en cada punto del paisaje: de pronto estás en toda la hojarasca, te puedo ver también entre las sombras, quizás en esos claros que rodean, heridos por el aire y por la brisa, los densos castañares que el otoño querrá ver claudicando a su derrota, y, entonces, te adivino en las espumas, te siento en las espumas de las playas que piden regresar a los veranos vendidos por los ecos de septiembre.

Estás en la hojarasca, en las espumas, te siento en los helechos maltratados por un capricho vil, si quiere el tiempo, y alcanzas a mirar desde las charcas, quizás desde un embalse o desde el agua que cierra, allá en Perán, una bahía, que vio morir el río, que lo supo besando los salitres de los mares, manchados por las algas, por los ocles, por esa grava densa y bien pulida. Y el aire que respiro te contiene, contiene tu recuerdo, ayer dichoso, feliz como tu rostro, siendo joven, hermosa como el mar y como el bosque que cierran los contornos con arroyos que saben las palabras que volaron al aire que las dijo, pues el tiempo las dijo por nosotros en las tardes en que eras una madre y yo el chiquillo feliz, despreocupado ante la vida.

Y, ahora, cuando siento que tu ausencia me llena con el frío de la escarcha, quizás como la escarcha que me hiela, despierto de la infancia y de ese sueño del niño que ya fui, si me remonto tal vez a aquellos tiempos alejados, los tiempos en que todo era belleza, leyenda y, en un cuento, uno sabía que había realmente fortalezas y príncipes y viejos caballeros. Carreño, con sus luces en otoño, los pardos en los viejos castañares y el brillo de la tarde moribunda —las tardes moribundas ya no tienen la magia del ayer que, en el olvido, bosteza como el llanto de una dama—, miraba aquellos juegos infantiles en fuentes y en los bosques, en la senda que saben custodiar, desde su altura, los raros eucaliptos de la zona.

Y ahora, en el recuerdo de tu nombre, quizás como la gente del antaño, te escribo cartas raras y poemas, en páginas gastadas y amarillas del diario del ayer y del recuerdo. Y el diario del ayer, el del recuerdo, te siente cerca, próxima a mi lado, cercana como el mar, si en una playa me arrimo ante las olas moribundas, serena en cada bosque, si camino. Por eso estos sonetos a deshora, por eso estas palabras que se pierden, por eso este momento de recuerdo con lágrimas, tristezas y nostalgias, sabiendo que las horas se nos fugan, que escapan a su antojo, que partieron a un reino diferente de este reino, distinto de ese mundo de los niños que envuelven, con un halo de inocencia, su entorno con un brillo de poesía.

 

Soneto I

La escarcha halló lugares perezosos
que dieron un bostezo al nuevo día,
sereno como el aire en que encendía
su llama los alientos misteriosos.

El pardo de los bosques silenciosos
lo pudo hallar el alba que nacía,
callado en las antorchas que prendía,
reflejo de sus brillos silenciosos.

El aire encaprichado con la helada
nos habla del ayer y de la herida,
la marcha a las alturas, a los cielos.

Y dice la belleza en que, escondida,
revive, tras la densa nubarada,
la luz de tu mirada entre los hielos.

 

Soneto II

Y vengo a repetirme en lo que siento,
después de caminar sendas oscuras,
vencido entre las nieves que apresuras,
si vuelas hacia un cielo ceniciento.

Los viejos castañares, con su acento
—lanzado, comoquiera, a las alturas—,
olvidan sus confusas travesuras,
después de deshojados por el viento.

El viento nos acecha donde, airados,
sus gritos lo hacen eco en lo perverso
que muere lastimando tu sonrisa.

Hoy sabe a despedida cada verso
en estos bosques tuyos deshojados,
heridos, maltratados por la brisa.

 

Soneto III

La voz del aire quiso, en el engaño,
volverlo todo puro y ser ventana
del cielo que la mira, con desgana,
en ese cielo oscuro y tan extraño.

De pronto, las cortezas del castaño
sospechan que, llegada la mañana,
la luz vuela del alba soberana,
los ecos de la noche te hacen daño.

De pronto, te nos vas, y la maleza
se vuelve como el beso de la helada,
terrible, melancólico y vacío.

Y queda en el camino en la llamada
que pide un verso claro en la dureza
que hiere la esperanza con el frío.

José Ramón Muñiz Álvarez
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